XXI Domingo del Tiempo Ordinario (c)

No son pocos los cristianos para quienes vivir de acuerdo con la fe consiste, en última instancia, en cumplir una serie de requisitos –leyes, obligaciones, prácticas piadosas- y evitar otra serie de actos –los pecados- para conseguir que, a la hora de morir, se puedan presentar en condiciones más o menos dignas de merecer la salvación. La recepción del sacramento de la Unción de enfermos (en algunos lugares todavía llamado extremaunción) no se ve sino como una especie de rápida limpieza general para morirse arreglado, valorándolo como algo entre mágico y mecánico. Para muchos, las prácticas piadosas se toman como si de ingresos en una libreta bancaria se tratara: cuantos más actos se tengan anotados en el haber, más segura es la entrada en el cielo.

Ciertas escuelas de espiritualidad recientes han insistido tanto en la salvación en el más allá, que han descuidado la vida en el más acá; o, en todo caso, han insistido en que en esta vida lo que importa es ir sumando puntos en el haber. Esta es la mentalidad que tienen los interlocutores del Señor en el evangelio de éste domingo, mentalidad del preocupado única y exclusivamente de sí y por sí, del que pretende conquistarse un más allá feliz por medio de fórmulas mágicas, mecánicas y simples, concibiendo lo religioso como el conjunto de medios para lograr este objetivo. La respuesta del Señor no tiene desperdicio, se trata de una parábola en la que, curiosamente, parte de los protagonistas no son imaginarios sino esos interlocutores preocupados por saber cuál es el precio de la salvación, a los que la parábola presenta como los excluidos del Reino: No os conozco; apartaos de mí. Los primeros en religiosidad, en prácticas piadosas para asegurarse el cielo, en ser del pueblo escogido, pasan a ser los últimos; por el contrario, los últimos, los despreciados, los pobres, los que tenían pocos recursos pasan a ocupar los primeros puestos.

Y es que la salvación no se gana con celestiales dividendos, la salvación no es patrimonio exclusivo de un determinado grupo social o religioso; la salvación, en definitiva, no tiene ningún precio, no hay nada cuya ejecución la consiga automáticamente. La salvación es, sencillamente, un regalo, una oferta gratuita, un don de Dios a quien confía en él, se abre a su amor y trata, con más o menos éxito, con días más buenos que otros, de corresponderle.

Es verdad que el cristiano busca su salvación, sí, pero buscar no significa comprar; y lo que como creyentes debemos hacer es buscar realmente es el Reino de Dios y su justicia, para que lo demás se nos dé por añadidura[1]. Esto es lo que responde Jesús a la pregunta sobre el número de los que se van a salvar. Aparentemente podría ser una salida por la tangente; pero esa tangente indica la dirección adecuada que como cristianos debemos seguir. Paree como si el Señor nos dijera: «no os preocupéis por cuántos serán; más aún: muchos que se creen seguros, que están convencidos de que han "comprado el cielo" han comprado, en realidad, una quimera: han dejado tranquilas sus conciencias con un engaño de lo más burdo, pero en realidad no han conseguido nada; o mejor: están perdiendo el tiempo y las "oportunidades" con ese engaño que les impide una auténtica vivencia religiosa y una confiada búsqueda del reino de Dios. No, no os preocupéis por cuántos serán: muchos primeros serán últimos, muchos que se creen seguros están perdidos, muchos que se creen perdidos están en el buen camino porque están en favor de los hombres, porque confían explícita o implícitamente en Dios».

La verdadera dificultad, lo que hace la puerta estrecha, no es el capricho de Dios sino la arrogancia del hombre, su autoseguridad, su autosuficiencia, su mucha confianza en sus propias fuerzas y su escasa o nula confianza en Dios. Es el propio hombre quien se pone difícil la salvación al negarse a aceptar el amor de Dios, al negarse a abrir sus manos y aceptar el regalo que Dios le está ofreciendo, un regalo preparado para quienes trabajan por el reino de Dios. Con mucha frecuencia se nos olvida que la suma de actos perfectos no hacen un hombre prefecto. Se pueden rezar miles de jaculatorias y hacer media hora de oración por la mañana y por la tarde y muchas cosas más, y ser un perfecto gruñón, un cascarrabias, alguien absolutamente insoportable, histérico, lejano a los intereses de los demás, engreído, agrio, avinagrado y, con frecuencia, solitario, incapaz de dar cariño y, lo que es peor, de recibirlo.

La verdadera puerta estrecha es la que se fabrica el hombre que persigue conquistar la salvación con sus solos esfuerzos, rezos, ofrecimientos, promesas, la del que cree que, por sus trabajos, conseguirá que Dios se sienta obligado a tener que salvarle.

Más que nunca la oración silenciosa  y confiada se hace indispensable para que Dios nos ayude a escucharle y a amoldar nuestra vida a Su voluntad. Muchos cristianos seguimos cumpliendo los mandamientos por miedo al castigo; al sacramento de la penitencia vamos a buscar más un lavado que una verdadera reconciliación; los funerales siguen resolviendo un problema social de despedida al difunto y de complemento en la bitácora por si faltaba algo en el haber para conseguir la salvación... Este no es el camino del evangelio. Por eso la puerta se ha vuelto estrecha. Pero Dios Padre sigue empeñado en abrírnosla de par en par para que todos podamos entrar por ella. Confiar en Él y vivir como hermanos de los hombres es lo único que se nos pide. Lo demás corre por cuenta de Dios, que no va a dudar en regalárselo a quienes han vivido como verdaderos discípulos de su Hijo ■


[1] Cfr Mt 6, 33. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris