Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María


La solemnidad que celebramos hoy tiene toda un color de victoria y alegría, un color de esperanza que sirve mucho en medio de un mundo triste, delante de una Iglesia de la que los medios de comunicación intentan convencernos que está condenada a desaparecer. Hoy los católicos celebramos la victoria de María, la Madre de Jesús y de la Iglesia, y nos dejamos contagiar de su alegría.

La fiesta de hoy presenta el triunfo de Cristo y de su Madre y de ésa alegría de los dos, participamos todos los seres humanos. La Virgen con su a Dios en cierto modo habló por todos nosotros, por cada uno. Y el de Dios a Ella, glorificándola, es también un para cada uno de nosotros. Hoy celebramos nuestra propia esperanza, como escucharemos en el prefacio[1]: ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; ella es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra.

La mujer que san Juan describe en la visión que escuchamos en la segunda de las lecturas, aunque sea una figura clara de la Iglesia, es también de modo eminente la Virgen María, la Madre del Mesías y auxilio constante para la Iglesia contra todos los dragones que luchan contra ella y la quieren hacer callar. En su encíclica Dominum et Vivificantem[2] Juan Pablo II se extrañaba que el mundo pudiera prescindir sistemáticamente de la presencia de Dios en su vida, acercándose cada vez más al materialismo y a la cerrazón a los valores trascendentes que afectan a la realización misma del hombre. Es verdad: los tiempos que vivimos son difíciles: el evangelio no sólo es no apreciado, sino muchas veces explícitamente marginado o perseguido. Sin embargo hoy, mirando a la Virgen, celebramos la victoria. La Asunción nos demuestra que el plan de Dios es plan de vida y salvación para todos y que se cumple, además de en Cristo, también en una mujer que forma parte de la raza humana.

La Asunción es, pues, un grito de fe en que es posible esta salvación. Es una respuesta a los pesimistas y a los perezosos. Es una respuesta de Dios al hombre materialista y secularizado que no ve más que los valores económicos o humanos. El destino del hombre es la glorificación con Cristo por El y en Él. El hombre está destinado a la vida, por eso hoy al celebrar la Eucaristía, pedimos que también a nosotros, como a la Virgen María, Dios nos conceda el premio de la gloria[3], que lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo[4].

De la misma forma en que la Virgen prorrumpió en el canto del Magnificat, así nosotros expresamos nuestra alegría y nuestra admiración por lo que Dios hace, en cantos, en aclamaciones y, sobre todo, en la Plegaria Eucarística. La santa Misa es nuestra respuesta a la acción de Dios, es nuestro Magnificat constante. Y no sólo damos gracias, sino que en la Eucaristía participamos del misterio pascual, la Muerte y Resurrección de Cristo, del que la Virgen ha participado en cuerpo y alma. Así tenemos la garantía de la vida: quien come mi Carne y bebe mi Sangre tendrá la vida eterna, y yo le resucitaré el último día[5].

La Eucaristía nos invita a mirar y a caminar en la misma dirección en la que nos alegra hoy la fiesta de la Asunción ■


[1] Parte de la misa que precede inmediatamente a la plegaria Eucarística.
[3] Oración de la vigilia
[4] Oración colecta.
[5] Cfr Jn 6

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris