XV Domingo del Tiempo Ordinario (C)


Que estamos llamados a ser como el Buen Samaritano todos lo sabemos, y que alguna vez hemos estado tirados al borde del camino como aquel fue asaltado, muchos lo hemos experimentado. Este éste domingo –el décimo quinto del Tiempo Ordinario- quizá es buen momento para detenernos a reflexionar de forma breve sobre la actitud de aquellos dos hombres –el sacerdote y el levita- que no se detienen a brindar su ayuda a aquel hombre necesitado.

A través de otros pasajes del evangelio conocemos algunas actitudes de los levitas y los fariseos[1], hombres que –quizá como muchos de nosotros- solían hablar de Dios y de sus cosas como si lo conocieran de toda la vida, como si tomaran café y leyeran el periódico sentados a su lado, sintiéndose absolutamente convencidos de que lo suyo –es decir su criterio y opiniones- era la más pura y absoluta verdad. Los fariseos y levitas que encontramos en el evangelio no era eran malas personas, eran solamente ciegos que guiaban a otros ciegos, personas demasiado únicamente entretenidas en las cosas del espíritu y por lo mismo demasiado lejanos a sus hermanos, ¡ay si hubieran bajado a la arena donde toreaban los demás quizá no se hubieran vuelto tan distantes!

El levita y el sacerdote no prestaron atención a aquel necesitado porque llevaban quizá una vida complicada debido a los cientos de preceptos y prohibiciones de la ley, de ésa ley que conocían tan bien. Personalmente nunca he visto a Dios, pero intuyo que para llegar a Él, e incluso para verlo, no hacen falta cientos y cientos de normas y preceptos –que en muchos casos no son más que causas de escrúpulos, mentalidades infantiles, aires de aristócratas del amor y alegrías de corral- sino un corazón sincero y limpio[2].

Para que la criatura se relacione con su Creador –con Dios- lo más básico son dos cosas: el silencio y dejarse querer; lo demás… viene solo, es decir, cuando el hombre se deja amar por su Creador y se deja llenar por su ternura, el amor –afectivo, real- por los demás, hacia los demás, deviene natural.

Y atención. Aquellos dos hombres que no se detienen ante su hermano herido formaban parte de grupos, grupos que no estaban precisamente abiertos a los demás. La naturaleza del hombre de grupito –sea el grupito que sea- muchas veces está hecha –o determinada- por creer fácilmente en las cosas que les dicen que hay que hacer: “si sigues nuestros criterios te irá bien”. A eso se le llaman mecanicismos, y son algo muy cercano a la superstición, mecanismos que algunos autores han señalado como peligroso para la espiritualidad. Y los mecanismos andan muy lejos del amor, por cierto.

Cuando los mecanicismos –por lo demás a veces inútiles e innecesarios al fin propuesto- se ven coronados por el éxito, quien los vive o quien ha hecho de ellos su forma de vida tiende a repetirlos y a volverse mecanicista perdiendo así el contacto real con los demás y asociando su conducta con el premio, creyendo que en cualquier circunstancia basta con repetir ésos mecanicismos para obtenerlo (el premio); premio que nunca puede conseguirse al margen de ese tipo de conducta.  Y¡sorpresa! el premio no es la vida eterna, necesariamente, lo que se puede buscar es un estar bien consigo mismo, un fruto apostólico que se desea, una virtud que se quiere alcanzar, un milagro,[3] y entonces lo que empezó siendo noble e incluso sublime, con la falta del amor que da Dios –que no el puro cumplimiento de la ley- todo termina volviéndose vacío y sin contenido. Corruptio optima, pessima est.

Todos tenemos un poco de levita, de sacerdote, de asaltado y desde luego de Buen Samaritano. El que es malo no lo es siempre ni e lo es con todos. Se trata –mediante la lucha de todos los días- de ir siendo más buen samaritano y menos levita.

Hace no mucho tiempo vi una película en la que se cruzan varias historias de personas anónimas, en un mundo más anónimo, difícil, en la sopa donde vivimos todos[4]. Biografías que te atrapan y sobrecogen. ¿Qué es lo que hace que te quedes un buen rato sentado viendo los créditos y preguntándote quién te acaba de dar una buena ración de bofetadas durante hora y media? Una película que te agarra y se estruja a ver si reaccionas. Y es que allí todos son, simultáneamente, héroes y villanos, santidad y miseria, grandeza y pequeñez, luz y sombra, amor y egoísmo, valentía y humillación cobarde. Cada historia, cada persona, muestra lo mejor y lo peor de ellos mismos… y caes en la cuenta de que cualquiera de nosotros somos eso mismo: cualquiera de nosotros puede ser uno de ellos. No es fácil escapar a lo mejor de nosotros, y a lo peor, todos los días. No somos más que lo que somos: una mezcla de cosas buenas y malas, de azar y providencia… no somos gran cosa, esa es la verdad, pero si uno se acepta, probablemente, la vida es más bella. La belleza, ¿quién lo dijo?, salvará el mundo.

Sabemos que el mar es un pasmo, y la música que le acompaña, que la selva es lujuria y que la noche puede acariciar. Sabemos que la risa de un niño perfuma la vida, que si uno tiene la suerte de haber sido amado, y el amor le besa, uno se queda temblando para siempre. Sabemos eso, y también que en casa a veces falta una mesa, que alguien tose cerca de nosotros su noche más triste, que hay un concierto de perros sueltos en algún lugar. Y sabemos que Dios es un Poeta que crea el Verso –el Logos- que abraza a todo el mundo, que le acoge, le venda y le cura. Dios escribe Padrenuestros donde se habla de ofensores y ofendidos, de librarnos del mal, de pan, de no dejarnos caer en la tentación. Un Poeta que sabe mucho de quienes somos, de qué pasta estamos hechos.

Para muchos la fuerza de sus hábitos ha llegado a ser tan grande, es tan potente su fuerza de gravedad, que asisten como  espectadores encadenados a la comedia que se desarrolla en ellos…vemos con repugnancia todos los hilos que nos mueven, pero somos incapaces de romperlos. Esta clarividencia, sin embargo, no es fatal, triste, sin salida. Es el primer paso para empezar a ser un buen samaritano que se sabe lleno de amor de Dios y justo por eso con la fuerza suficiente para detenerse y ayudar



[1] Cfr Mt 15, 1-20; 21, 28-32; Mc 12, 38-40; 7, 21-23.
[2] Cfr Mt 5, 8.
[3] El tema de los mecanicismos y el hacer la norma por la norma roza muchas veces en la superstición y a veces parece incluso vudú. Es sabido que el vudú piensa que la posesión de un mechón de cabello, unos recortes de uña, le otorga un poder ilimitado sobre esa persona, incluso provocar la muerte.
[4] Crash (Alto impacto o Vidas cruzadas en algunos países de Hispanoamérica. Película estadounidense dirigida por Paul Haggis estrenada en Estados Unidos el 6 de mayo de 2005. Protagonizada Sandra Bullock, Matt Dillon, Don Cheadle, Brendan Fraser, Ryan Phillippe, Terrence Howard o Thandie Newton. Resultó ganadora de tres Premios Óscar en la edición de 2005, incluyendo el Óscar a la mejor película, Óscar al mejor guión original y Óscar al mejor montaje. 
Ilustración: El Buen Samaritano, Marko Iván Rupnik, S.I, capilla Redemptoris Mater, Ciudad del Vaticano. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris