Si he sentir en mi ser
tus abrazos y cariño,
haz, Jesús, que como niño
pueda mirarte y creer.

Yo quiero ser el primero,
lo pide mi corazón; 
mas tú me das la lección,
alzado sobre el madero.

Yo quiero ser importante 
y ser voz y ser bandera,
mas no fue tal tu manera,
ni tu porte ni talante.

Si he sentir en mi ser 
tus abrazos y cariño,
haz, Jesús, que como niño
pueda mirarte y creer.

Quiero infinito querer, 
que nada me satisface,
quiero que solo me abrace
el triunfo sin padecer.

Más tú quieres mucho más, 
cuando a seguirte me invitas
y en tu corazón me citas:
Solo aquí descansarás.

Si he sentir en mi ser 
tus abrazos y cariño,
haz, Jesús, que como niño
pueda mirarte y creer.

El monte de mi deseo 
es el monte de mis sueños:
mas qué ruines y pequeños
cuando me acerco y te veo.

Mi corona y mi grandeza 
supera a todo reinado,
y es Jesús crucificado,
inclinando la cabeza.

Si he sentir en mi ser 
tus abrazos y cariño,
haz, Jesús, que como niño
pueda mirarte y creer.

Jesús, secreto escondido
en la santa comunión,
si yo gusto de este don,
lo demás es desabrido.

Jesús, dulce sacramento, 
Evangelio de mi paz, 
dame tu divina faz,
y de tu boca el aliento.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris