XIV Domingo del Tiempo Ordinario (c)

El Señor pide a aquello setenta y dos que pasen por los pueblos y lugares contagiando paz[1]. Tarea nada fácil, pues sólo quien la posee en su corazón puede comunicarla de verdad a los demás. Las vacaciones son, sin duda, momento privilegiado para reconstruir esa paz interior, a veces, tan maltratada por el día a día. Las vacaciones de verano son un buen momento para experimentar el silencio. Tal vez sea bueno olvidarse por unos días de la televisión y la red. Nuestro espíritu lo agradecerá. Mejor todavía si sabemos encontrar algún rincón tranquilo (la sombra de un bosque, la orilla de un río, la paz de una ermita...) para estar a solas con Dios, sin prisas. El silencio nos revelará muchas cosas. Descubriremos nuestra agitación interior y nuestras tensiones. Sentiremos la necesidad de vivir de otra manera. El silencio es siempre fuerza transformadora y fuente de paz.

Hemos también de sentir nuestro cuerpo, ese cuerpo nuestro que es templo del Espíritu Santo[2]. La mayor parte del tiempo vivimos olvidados absolutamente del cuerpo, crispado y tenso por las mil preocupaciones de cada día o lo que es peor, castigándolo como si fuera el peor de los enemigos.

Las vacaciones son un momento estupendo para hacer la experiencia nueva –al menos durante unos días- de sentir nuestro cuerpo, respirar conscientemente y con calma, tomar conciencia de las diversas sensaciones, sentarnos de manera relajada, pasear sintiendo nuestro caminar. Descubriremos con más fuerza la alegría de sentirnos vivos y de poder vivir ésa vida para Dios. Tendemos a acumular en nuestro interior las experiencias negativas, sin detenernos ante lo bueno y bello de la vida.

¿Por qué no dedicar unos días a vivir más despacio, observando las cosas pequeñas y saboreando agradecidos tantos placeres sencillos que ofrece el vivir diario? Quedaremos sorprendidos de todo lo que se nos regala de manera constante.

Hemos de aprender a mirar. Casi siempre corremos de un lado a otro sin captar apenas la vida que llena el cosmos y sin abrirnos al misterio que nos envuelve, ¡qué rápido perdimos la capacidad de asombro! Es bueno tomarse tiempo para aprender a mirar el entorno más despacio. No se trata de afinar los sentidos, sino de captar la vida que palpita dentro de las personas, los seres y las cosas, y escuchar su eco en nosotros.

Las vacaciones son también un momento estupendo para sanar los recuerdos dolorosos, para recuperar la paz, para curar las heridas que nos hacen sufrir interiormente. Es un verdadero arte vivir plenamente el momento presente, aquí y ahora, y hemos de aprenderlo desde la fe: el pasado pertenece a la misericordia de Dios; el futuro queda confiado a Su bondad y Su providencia.

El cristiano no necesita ni del miedo ni de cientos de criterios para formar su criterio; el cristiano no necesita de normas como semáforos, señales de tráfico, que les aseguren si van bien o mal. Cierto que nada hay más inestable que las opiniones, los entusiasmos y los ideales del espíritu. En general nuestras pasiones carnales, nuestros hábitos físicos, son más sólidos que las sombras que pueblan el mundo de nuestra razón. Sin embargo viviremos la fidelidad, y el amor, cuando ambos estén enraizados en nuestro cuerpo, y con un amor sano amemos y cuidamos de él, de nuestro cuerpo. Lo más inconstante en nosotros es el yo, siempre hambriento, con su orgullo, su curiosidad, su sed insaciable de nuevos ídolos. Se es más fiel no cuando se piensa mejor, sino cuando se siente más profundamente. Y sentir, lo que se dice sentir, se siente con el cuerpo y, a partir de él, esa sensibilidad conecta con la del espíritu, el espíritu que tendrá siempre el auxilio de la gracia de Dios. Por eso lo verdaderamente espiritual tiene más afinidades y está más en sintonía con lo sensible que con lo intelectual, y se graba más fácilmente en una emoción corporal auténtica –limpia, honesta- que en una opinión intelectual, o en un criterio que sólo se fija por vía de razonamientos tan insípidos como una cuchara.

La vida del cristiano no es ni lo puro material o terreno, ni tampoco únicamente vivir una vida cumpliendo acciones elevadas del espíritu. Es necesario un balance entre estos dos puntos pues desde un estado de autosuficiencia, de engreimiento, de acritud, de exclusividad de alma elegida, tarde o temprano se termina en la mentira, en la decadencia y en la falsedad farisaica. Más vale arruinarse con alma de santo, que hacer obras de santo con alma ruin. La santidad no es estirada ni altiva, sino que se inclina con amor sobre cualquier necesitado, no sólo sobre los importantes o los grandes del mundo.

Un consejo para éstos días de vacaciones: ver detenidamente La Pasión –mucho mejor si antes echamos un ojo a las páginas del Evangelio- y aplicarnos cada la historia de Dios que tomó la forma de un esclavo ■



[1] Cfr Lc 10, 1-12, 17-20
[2] ¿No saben que sus cuerpos son templos del Espíritu Santo que habita en ustedes y que han recibido de Dios? Por lo tanto, ustedes no se pertenecen, si no que han sido comprados, ¡Y a qué precio! Glorifiquen entonces a Dios en sus cuerpos (1 Co 6, 19-20). 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris