XIII Domingo del Tiempo Ordinario

Si nos dejamos llevar por el libro más antiguo de oración que tenemos los cristianos, el libro los Salmos, encontraremos en el dos formas muy básicas para orar. Por un lado están la lamentación y la llamada de auxilio, y por otra el agradecimiento y la alabanza. De un modo más escondido, existe un tercer tipo de oración, sin súplica ni alabanza explícita, que no es más un movimiento del alma que confía en su creador: mantengo mi alma en paz y en silencio… Pon tu esperanza en el Señor, ahora y por siempre[1].

A veces la oración calla, pues la comunión apacible con Dios puede prescindir de las palabras. Acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre. Como un niño privado de su madre pero que ha dejado de llorar, así se puede estar en la presencia de Dios, y la oración entonces no necesita palabras, y quizá ni siquiera reflexiones.

¿Cómo llegar al silencio interior? A veces permanecemos en silencio, pero en nuestro interior discutimos, confrontándonos con nuestros interlocutores imaginarios o lo que es peor: luchando con nosotros mismos. Mantener nuestra alma en paz supone una cierta sencillez: No pretendo grandezas que superan mi capacidad. Hacer silencio es reconocer que mis preocupaciones no se solucionan con el ruido. Hacer silencio es dejar a Dios lo que está fuera de mi alcance y capacidades. Un momento de silencio, incluso muy breve, es como un año sabático, una tregua respecto a las preocupaciones.

Practicar el silencio significa silenciar el yo, con el propósito de abrirnos a un conocimiento que se produce más allá del yo y del mundo que el yo construye. No se trata de un conocimiento que se pueda adquirir; no se trata de llenar más las alforjas, se trata entrar en la esencia de nosotros mismos donde sólo el Absoluto puede entra. El centro del alma, Dios es, como solía decir Juan de la Cruz[2].

La agitación de nuestros pensamientos se puede comparar a la tempestad que sacudió la barca de los discípulos en el mar de Galilea cuando Jesús dormía. También a nosotros nos encontramos perdidos, angustiados, incapaces de calmarnos a nosotros mismos. Y el Señor viene en nuestra ayuda. Así como habló con fuerza al viento y al mar y entonces sobrevino una gran calma[3], el Señor puede también calmar nuestro corazón cuando éste se encuentra agitado por el miedo y las preocupaciones.

Al hacer silencio, ponemos nuestra esperanza en Dios. El salmo sugiere que el silencio es también una forma de alabanza: Para ti, oh Dios, el silencio es alabanza. Cuando cesan las palabras y los pensamientos, Dios es alabado en el asombro silencioso y la admiración[4].

En el Sinaí, Dios hablaba a Moisés y a los israelitas. Truenos, relámpagos y un sonido de trompeta cada vez más fuerte precedían y acompañaban la Palabra de Dios[5]. Siglos más tarde, el profeta Elías regresó a la misma montaña de Dios y experimentó la experiencia: huracán, terremoto y fuego, sin embargo el Señor no estaba en aquellos ruidos; cuando cesa todo y se hace el silencio, Elías oyó un susurro silencioso, y es entonces Dios le habla[6].

¿Habla entonces Dios con voz fuerte o en un soplo de silencio? ¿Tomaremos como modelo al pueblo reunido al pie del Sinaí? Probablemente sea una falsa alternativa. Los fenómenos terribles que acompañan la entrega de los diez mandamientos subrayan su importancia, porque guardar los mandamientos o rechazarlos es asunto de vida o muerte. Las palabras que se dicen con voz fuerte se hacen oír, impresionan, pero sabemos bien que éstas no tocan casi los corazones. En lugar de una acogida, éstas encuentran resistencia. La experiencia de Elías muestras que Dios no quiere impresionarnos, sino ser comprendido y acogido. Dios ha escogido una voz de fino silencio para hablar. Es una paradoja.

Cuando la palabra de Dios se hace voz de fino silencio, es más eficaz que nunca para cambiar nuestros corazones. El huracán del monte Sinaí resquebrajaba las rocas, pero la palabra silenciosa de Dios es capaz de romper los corazones de piedra. Para el mismo Elías, el súbito silencio era probablemente más temible que el huracán y el trueno. Las manifestaciones poderosas de Dios le eran, en cierto sentido, familiares. Es el silencio de Dios lo que le desconcierta, pues resulta tan diferente a todo lo que conocía hasta entonces.

El silencio nos prepara a los cristianos a un nuevo encuentro con Dios. En el silencio, la palabra de Dios puede alcanzar los rincones más ocultos de nuestro corazón. En el silencio, la palabra de Dios es más cortante que una espada de dos filos: penetra hasta la división del alma y del espíritu[7]. Al hacer silencio, dejamos de escondernos y la luz de Cristo puede alcanzar y curar y transformar, incluso aquello de lo que nos avergonzamos.

Siglos más tarde, y justo en la última noche que el Señor pasa con los suyos, dice: Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado[8]. Tenemos necesidad de silencio para acoger estas palabras y ponerlas en práctica. Cuando estamos agitados e inquietos, tenemos tantos argumentos y razones para no perdonar y no amar demasiado y con facilidad. Pero cuando mantenemos el alma en paz y en silencio, el perdón es posible. Quizás evitamos a veces el silencio porque la paz interior es un asunto arriesgado: nos hace vacíos y pobres, disuelve la amargura y las rebeliones, y nos conduce al don de nosotros mismos[9].

Graham Green solía decir que si viéramos el fondo de todo tendríamos compasión hasta de las estrellas y San Juan María Vianey hablaba con frecuencia algo muy similar: si uno se viera sin máscara, moriría. ¿Por qué si nos viéramos sin máscara moriríamos?, ¿Porque nos veríamos deformes y espantosos?, ¿porque dentro de la máscara sólo encontraríamos vacío?

Silenciosos y pobres, afortunadamente nuestros corazones son conquistados por el Espíritu Santo para ser llenados –si lo permitimos- de un amor abrasador.

En muchas menos palabras: de manera humilde pero cierta, el silencio conduce a amar ■


[1] Cfr Sal 131.
[2] Teresa Guardans, La meditación cristiana, una introducción.
[3] Cfr Mc 4.
[4] Sal 65.
[5] Ex 19.
[6] Cfr 1 Reyes 19
[7] Cfr Heb 4,12
[8] Juan 15,12
[9] «Como el alma se acabe de vaciar de todas las formas e imágenes aprehensibles, se quedará en esta pura y sencilla luz, transformándose en ella en estado de perfección, porque esta luz nunca falla en el alma; pero por las formas y velos de criatura con que el alma está velada y embarazada, no se le infunde. Que si quitase estos impedimentos y velos del todo (…) el alma se transforma en la sencilla y pura sabiduría (…) aprenda el espiritual a estarse con advertencia amorosa en Dios, con sosiego de entendimiento»… Subida II,15

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris