IV Domingo de Pascua (c)

Cuarto domingo de Pascua, Domingo del Buen Pastor, día de invitar con entusiasmo a los más jóvenes a entregarse a Dios en el sacerdocio o la vida consagrada; de la maravilla que supone trabajar con y por la Iglesia ¿con y por la Iglesia? ¡Alto! ¿La Iglesia tiene algo qué decir cuando casi todo parece ponerse en su contra? ¿Es posible decir eso de una, santa, católica y apostólica? ¿Es la Iglesia la asamblea de los santos que fueron pecadores o de los pecadores que luchan para ser santos? Sí, éste es justo el mejor momento para decirlo, además poco (nos) importa que sólo llamen la atención las estadísticas de los que caen y no los nombres concretos de los que caen y se levantan. Hoy es el mejor momento para decir ¡para gritar! Que la Iglesia es una, santa, católica y apostólica. Y cada día más santa. Es como un río de fuego que devora todas nuestras maldades, por eso, es precisamente, santa porque las devora. Luego ¿hay maldades? sin duda, los periódicos nos las arrojan al rostro todos los días como si las maldades fueran un escándalo para el fuego devorador. Se les olvida –a los medios de comunicación- que ese río de fuego, está ahí, justamente, para devorarlas.

La Iglesia no es un poder político indirecto que utilice la estrategia de la fe para incrementar su dominio. Mal negocio comprar lo fugaz a costa de lo eterno. La letanía de los que ven negro todo lo blanco y nos acusan especialmente a los sacerdotes de los escándalos que ellos mismos practican y fomentan, terminará por apagarse como se ha apagado siempre, porque la Iglesia llama al pan, pan y al vino, vino, aunque ese juicio recaiga sobre ella misma y lo hemos visto –o el menos leído todos- en la semana anterior a la Semana Santa[1].

Los sacerdotes –que buscamos parecernos al Buen Pastor que hoy celebramos- no somos tan tontos que no sepamos de la vida y de lo que pasa por ahí. Se cuentan por millones mis hermanos sacerdotes que cada día son mejores y se levantan de la cama para sacar adelante sus parroquias, sus colegios, sus vicarías en medio de la selva; para atender enfermos y sanos, discapacitados y ancianos, ricos y pobres, entusiastas y depresivos. Una sola fe un solo bautismo. Miles de sacerdotes que en todas las latitudes entregan su vida, a diario, en silencio, sin –como el fariseo- ruido de trompetas y sin páginas web; miles de sacerdotes fieles sólo por dar testimonio de que Cristo vive[2].

¿Ejemplos? Se cuentan por miles, pero me detengo en dos (maravillosos) recientes: los dos últimos papas. Juan Pablo II arrastra multitudes, aun después de muerto, fascina a la juventud, víctima del terrorismo, no tuvo nunca miedo, y nos invitó durante muchos años a beber del manantial de la Iglesia que nos purifica a todos de nuestras maldades. Benedicto XVI, desde mucho antes de ser nombrado Papa, era el blanco de todas las críticas: retrógrado, integrista, inquisitorial, oscurantista. Si calló porque encubrió, si habló porque no debió hacerlo. Este es el trato que ha merecido el intelectual más lúcido de Europa, el pontífice de doctrina más ajustada a los últimos avances de las ciencias, el hombre que está informado de la última novedad del progreso científico, el que afronta los problemas cara a cara, el que prefiere preguntas a respuestas, y que, además, tiene un ipod en el que escucha a Mozart y a Bach.

Domingo del Buen Pastor. Nosotros los sacerdotes no tenemos miedo ni a la vida ni a la muerte porque estamos hechos en la misma fragua de otros miles, millones que ya murieron dando testimonio. Los sacerdotes somos una parte de la Iglesia. En muchos países nos echan, en otros nos matan, en muchos más nos acorralan y nos acusan algunas veces injustamente. Así ha sido siempre en la historia universal. Sabemos que valemos muy poco, por no decir nada, pero llevamos un río de fuego devorador. Y somos felices. Me atrevo a hablar por mis miles de mis hermanos. Ése rio de fuego no es nuestro, pero mana dentro de nosotros y va devorando toda la miseria de nuestras vidas y las vidas de los que se acercan a nosotros, dejando sólo el oro puro y liquido de la santidad.

Domingo del Buen Pastor, un domingo maravilloso para gritarle al mundo entero que la Iglesia es santa y que vale la pena trabajar por ella, con ella y en ella ■


[2] Sí: La Iglesia es santa, y además tiene el secreto de la santidad porque guarda en su depósito la fe en la vida eterna. Sacerdotes santos de nacimiento no existen, no existimos. Nos acercamos a la santidad porque los sacramentos de la Iglesia nos hacen santos a diario, porque nos hacen participar de la santidad de Dios. Somos criticados, lo sabemos. Sabemos que estamos en la mira de millones de personas. Si el sacerdote si es cariñoso, qué escándalo, seguramente anda caminando por los caminos de la pedofilia, y si no lo es, qué frio y qué lejano. Si usa el alzacuello, qué retrógrado y anticuado, y si no lo usa, qué liberal.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris