III Domingo de Pascua (c)

Una de las piezas maestras del canto gregoriano es, sin duda, la secuencia de Pascua: Victimae paschali laudes (Alabanzas a la víctima pascual). Antes del concilio de Trento existían numerosas secuencias litúrgicas medievales, un canto que precedía a la proclamación del evangelio[1]. El texto latino de la secuencia de Pascua que es del siglo Xl, incluye un diálogo lleno de lirismo e ingenuidad con María Magdalena. La traducción es especialmente entrañable: ¿Qué has visto de camino, María en la mañana?. Y María responde: A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la gloria de la pascua.

María Magdalena, la que los cuatro evangelios presentan al pie de la cruz, es la gran protagonista de las primeras apariciones del Señor Resucitado. Su nombre está recogido por los tres sinópticos dentro del grupo de mujeres que fueron a embalsamar el cuerpo de Jesús y se encontraron con la tumba vacía y el anuncio de que Jesús había resucitado. En el evangelio de Juan, María Magdalena acude sola al sepulcro, lo encuentra vacío y vuelve corriendo a comunicarlo a los discípulos. Inmediatamente después continúa con la aparición de Jesús a Magdalena en la que ésta le confunde con el hortelano[2].

¿Quién fue María Magdalena? Tenemos algunos datos claros, pocos en realidad. Aparece dentro del grupo de mujeres que acompañaban a Jesús y le ayudaban con sus bienes[3]. De María Magdalena dirá Lucas que Jesús había expulsado siete demonios. Lo importante y esencial es que Maria Magdalena tiene un puesto muy importante, tanto al pie de la cruz, como en las primeras apariciones del Resucitado[4].

María Magdalena pudo haber sido aquella mujer que experimentó, en aquella comida convencional ofrecida por el fariseo al maestro, que nadie la había mirado con tanta pureza y comprensión y nadie había sabido reconocer la existencia de su mucho amor en su corazón como lo hizo el maestro. Y fue ese amor nuevo, que la limpieza de Jesús había hecho surgir dentro de su ser, el que le empujó a derramar aquella libra de nardo puro, intuyendo de alguna manera que no lo iba a poder hacer en el día de su sepultura. Y aquella mujer nueva, que amaba mucho porque sentía que se la había perdonado mucho, será la que estará firme junto a la cruz y la protagonista del anuncio inesperado de que el maestro había resucitado[5].

En este tercer domingo de Pascua en que, como dice la Secuencia, los cristianos presentamos ofrendas de alabanza, nos dirigimos a esta mujer que fue primer testigo del centro de nuestra fe: la muerte y la resurrección de Cristo. Y podemos preguntarle también con la Secuencia: ¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?. Ojala nuestra fe nos pueda decir lo que sintió aquella mujer que quizá había sido pecadora, de cuyo corazón Jesús había expulsado muchos demonios y que, fue fiel a su Señor en la cruz y en la resurrección.

Dinos, María, en esta mañana de pascua, que nadie hablaba tan de verdad al corazón como aquel a quien tú escuchabas sentada a sus pies. Dinos que tenemos que trabajar, que entregarnos a la lucha de la vida, a las personas a las que queremos... Pero que nunca nos olvidemos de lo que es últimamente lo único necesario: estar a la escucha de nuestro yo, en donde pueda resonar la palabra del Señor resucitado.

Dinos, María, que Jesús resucitado puede expulsar de nosotros todos esos demonios que están como agarrados a nuestro corazón; que él puede cambiar nuestro corazón de piedra por uno de carne y hacer que nos nazca una carne nueva sobre nuestra carne vieja y podrida.

Dinos, María, lo que sentiste cuando Jesús te miraba a los ojos y al corazón en aquella fría comida del fariseo. Dinos que podemos encontrar en Jesús a alguien que nos mira siempre con limpieza; que espera de nosotros lo mejor; que sabe descubrir en los escondrijos de nuestro ser y de nuestra vida ese poso de bondad que todos llevamos dentro. Dinos que es más importante amar mucho que errar mucho, que al que mucho se le perdona, mucho ama. Dínoslo hoy, María, al corazón...

Dinos, María, que cuando se vive en el amor se está más allá de esas lógicas fariseas que siempre calculan todo; que la fuerza del amor es inseparable del riesgo y la generosidad, hasta de cierta locura... Es lo que tú hiciste derramando sobre los pies de Jesús esa libra de nardo puro.

Dinos, María, que valió la pena estar junto a la cruz del Señor, intentándole dar aunque sólo sea tu compañía y tu amor, y que el seguidor del maestro tiene que estar junto a las cruces del hombre de nuestro tiempo.

Y dinos, sobre todo, María, en éste domingo de Pascua, que podemos sentir que Cristo resucitado nos llama por nuestro propio nombre y nos dice siempre al corazón una palabra de aliento y esperanza. Dinos que hay siempre una Galilea, una patria de bondad, en la que Cristo nos aguarda. Dinos que Cristo debe ser nuestro amor y nuestra esperanza. Dinos que ese Cristo resucitó de veras que sigue hoy vivo ante mi propia vida. Dinos, María, que ha resucitado Cristo nuestra esperanza y nos llama por nuestro nombre, con el mismo cariño con el que pronunció el tuyo; que el amor es más fuerte que el pecado y la vida más fuerte que la muerte.

Dinos, María, en esta mañana de pascua, lo mismo que la Secuencia: ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la gloria de la pascua


[1] Desde ese Concilio, quedan sólo unas pocas en la liturgia que tienen una gran calidad musical: Veni Creator (Pentecostés), Stabat Mater (Viernes de Dolores) y Dies irae (oficio de difuntos). Su creación se atribuye a Wipo de Burgundia, monje del siglo XI que fue capellán de Conrado II, pero también se ha adjudicado a Notker Balbulus, Roberto II de Francia y Adán de San Víctor. Diversas composiciones musicales se han preparado a lo largo del tiempo para el texto. Hay composiciones renacentistas y barrocas, por ejemplo, de Busnois, Josquin, Lasso, Willaert, Hans Buchner, Palestrina, Byrd, Perosi y Fernando de las Infantas. Existen también algunos himnos luteranos derivados del Victimae Paschali Laudes, como Christ ist erstanden o Christ lag in Todesbanden. El texto de la Secuencia  -junto con algunos otros muy interesantes- puede encontrarse aquí: http://interletras.com/canticum/traducc_cuares_pasc.html
[2] Cfr Jn 20, 1-18.
[3] Cfr Lc 8, 2.
[4] Es probable también que hubiese nacido en la población galilea de Magdala. Hay que añadir además que la tradición cristiana ha hecho coincidir a María Magdalena con aquella mujer, pecadora pública, que irrumpe durante la comida de Jesús con el fariseo Simón y a la que se le perdonan sus muchos pecados porque amaba mucho. Y también se la ha hecho coincidir con María, la hermana de Lázaro y Marta. Sería también, por tanto, la que escuchaba a los pies de Jesús mientras su hermana Marta se afanaba en el trabajo doméstico, la que fue testigo de la resurrección de su hermano y, también la que vertió, ante el escándalo de Judas, una libra de perfume de nardo puro sobre los pies de Jesús. Pero notemos que, según los evangelios, no es claro que se dé esta coincidencia. Según esta interpretación Magdalena sería una conversa a la que Jesús había cambiado la vida, que se mantiene fiel cuando han huido atemorizados los discípulos y que es testigo privilegiado de las primeras apariciones del Resucitado. Recientemente se han construido sobre la figura de María Magdalena otras hipótesis que carecen de todo rigor científico y de fundamento en los evangelios: recordemos desde lo que podía insinuar Jesucristo Superstar hasta La última tentación de Cristo de Martín Scorsesse.
[5] JAVIER GAFO, Dios a la vista, Homilías ciclo C, Madrid 1994.Pág. 142 ss.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris