II Domingo de Pascua (c)

Qué duda cabe: cada vez se vuelve más y más intenso el afán por exprimir la vida, reduciéndola al disfrute intenso e ilimitado del presente. Hay una frase que encuentra en todos –jóvenes y viejos, laicos y sacerdotes- mucho eco: «Lo queremos todo y lo queremos ahora». Humanos y muchas veces llevados por la debilidad del espíritu cada vez se vuelve más tentador vivir sin futuro, actuar sin proyectos, organizar sólo el presente, Carpe diem que escribiera el poeta  y que no hemos sabido comprender[1]. La incertidumbre de un futuro demasiado oscuro parece empujarnos a vivir el instante presente de manera absoluta y sin horizonte. No parece ya tan importantes los valores, los criterios de actuación o la construcción del mañana. El mañana todavía no existe. Hay que vivir el presente. Sin embargo, cada uno de nosotros vive más o menos conscientemente con un interrogante en su corazón. Podemos distraernos estrenando nuevo modelo de coche, disfrutando intensamente unas vacaciones, sumergiéndonos en nuestro trabajo diario, encerrándonos en la comodidad del hogar. Pero, todos sabemos que estamos  en cierta forma amenazados de muerte.


Y es que en el interior de la felicidad más transparente se esconde siempre la insatisfacción de no poder evitar su fugacidad ni poder saborearla sin la amenaza de la ruptura y la muerte. Y aunque no todos sentimos con la misma fuerza la tragedia de tener que morir un día, todos entendemos la verdad que encierra el grito de Miguel de Unamuno: «No quiero morirme, no, no, no quiero ni puedo quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que soy y me siento ser ahora y aquí»[2].


Este pobre hombre que somos todos y cuyas pequeñas esperanzas se ven tarde o temprano malogradas e, incluso, completamente destrozadas, necesita descubrir en el interior mismo de su vivir un horizonte que ponga luz y alegría a su existencia. Felices los que hoy, el Domingo de la Misericordia, podemos comprender desde lo hondo de su ser, las palabras de aquel periodista guatemalteco que, amenazado de muerte, expresaba así su esperanza cristiana: «Dicen que estoy amenazado de muerte... ¿Quién no está amenazado de muerte? Lo estamos todos desde que nacemos... Pero hay en la advertencia un error conceptual. Ni yo ni nadie estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de vida, amenazados de esperanza, amenazados de amor».


Estamos equivocados. Los cristianos no estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de resurrección y de vida, y de vida eterna. Amenazados con la misericordia, la paciencia –ciencia de la paz- y el perdón, porque además del Camino y la Verdad, él es la Vida, aunque esté crucificada en la cumbre del basurero del Mundo

[1] Carpe diem es una locución latina que literalmente significa "aprovecha el día", lo que quiere decir es «aprovecha el momento, no lo malgastes». Fue acuñada por el poeta romano Horacio (Odas, I, 11).
[2] Miguel de Unamuno y Jugo (1864 –1936) fue un escritor y filósofo español. En su obra cultivó gran variedad de géneros literarios.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris