Domingo de Pascua

Cómo hablarles hoy a los demás de la resurrección del Señor? ¿Cómo contagiarles la alegría de lo que hoy celebramos? En nuestra sociedad parece como si la realidad de la resurrección ha quedado desplazada por la teoría de la reencarnación. Es como si las personas no se resistieran a morir materialmente y quieren volver una y otra vez a nuestra carne. Los cristianos no creemos en la doctrina de la reencarnación. Creemos en la resurrección. Alguno dirá que resucitar es más difícil que reencarnarse y ciertamente lo es, pero no por eso creemos que nuestro cuerpo vuelve otra vez a cumplir con un ciclo eterno de purificación. Creemos en algo que sólo Dios puede hacer: dar vida a nuestra vida ya revestida de una carne nueva y de una realidad nueva[1].

Puede ser que estos conceptos para muchas personas alejadas o de otras religiones le suenen extraños. ¿Cómo puede mi carne volver a mi vida y a la inversa? Esto sólo tiene explicación desde la muerte y la experiencia de la resurrección del Señor. Es inútil tratar de explicar la resurrección de Jesús a una persona que no ha caminado con Él por los caminos de la fe. Comprender la realidad de la resurrección significa haber aceptado previamente la vida que muere en la cruz para esperar un después más allá de la muerte.

Ver la resurrección es experimentar la presencia del resucitado más allá de lo que experimentan nuestros ojos. Captar la presencia del resucitado es mirar con el corazón los momentos y los acontecimientos de la vida. Si antes de su muerte Jesús pudo hacer milagros que otros captaron con la vista de los ojos, ahora la nueva realidad le da la hondura de la mirada del corazón.

A esto somos llamados precisamente hoy, el domingo de Pascua, a ver la realidad de la vida humana con los ojos del corazón. Resucitar es vuelta a la vida, es victoria sobre los enemigos e incluso sobre uno mismo. Resucitar es el triunfo del amor que es más fuerte que la muerte. Resucitar es empezar de nuevo de otra manera, desde otra realidad. Ya sé que todo esto que digo es poco menos que increíble, y ciertamente lo es. Esta realidad no se capta con la sola inteligencia sino con la fuerza de la fe y con la luz del Espíritu Santo. Es increíble porque sólo Dios es quien lo puede hacer. El tema no es entender la resurrección, el quid es vivir como resucitados.

Muchos nos parecemos a aquellos dos que camino de Emaús no esperaban ya nada más de la aventura con Jesús[2]. La muerte del Maestro era el final de un camino que un día habían comenzado.

¿Nos damos cuenta que lo que de verdad impresiona a la gente de la época del Señor es la manera en que el Señor mismo se entrega a los demás? Los que nos llamamos cristianos y creyentes no podemos permanecer indiferentes y debemos tender la mano siempre que nos sea posible. Y cuando no sea posible –por lo que fuere- ayudar a los demás efectivamente, guardemos silencio. No hay nada más vacío y hueco y burlesco que un “te encomiendo” dicho para salir de paso, para tranquilizar al que tenemos enfrente y del que no podemos ocuparnos.

La resurrección es la fiesta de la vida. Y de la vida en comunidad: comunidad parroquial, comunidad familiar, comunidad de ciudadanos, etc. Nunca más la muerte va a tener la última palabra en la vida de las personas. Los que seguimos al Señor –a tropezones- tenemos un horizonte más allá del que ven nuestros ojos. Los que caminamos con Él –quizá con un amor cortito y a veces frío- hemos de recorrer Su misma vida y Su misma resurrección, con lo que queda demostrado que el amor es más fuerte que la muerte


[1] Domingo de Pascua. Lecturas: Hech 10, 34, 37-43. Sal 117(118), Col 3, 1-4. Jn 20:1-9.
[2] Cfr Lc 24, 13-35. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris