Viernes Santo


Son muchos los detalles, los personajes y los acontecimientos que entretejen el Viernes Santo, el día que la Iglesia contempla la Pasión del Señor. Según una antiquísima tradición éste día la Iglesia no celebra los sacramentos, el altar se desnuda por completo, y se guarda un respetuoso silencio ante las siete palabras de Cristo en la cruz[1].

Eli Eli, lama sabactani?¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?[2] No es en realidad solamente una frase, ni una palabra, sino un grito que taladra toda la historia de la humanidad. Cristo había sudado sangre en el huerto de los olivos sin gritar[3], había soportado la flagelación, en silencio[4]. Había sufrido calladamente el ver sus manos y pies traspasados ¿Por qué grita entonces ahora? ¿Por qué grita cuando ya sólo falta lo más fácil: terminar de morir? Son estas éstas palabra –escribe Journet- las que nos descubren hasta el último fondo del misterio de la encarnación y los anonadamientos del Verbo hecho carne.

Éste escandaloso grito del Señor en la cruz ha dividido durante siglos a los comentaristas. ¿Cómo pudo el Padre abandonar al Hijo, si ambos son un único Dios? ¿Cómo pudo alejarse la divinidad, si estaba unida a la humanidad hasta formar un solo ser? ¿Puede acaso el Hijo de Dios quedarse sin Dios, cuando él mismo lo es y es el único que existe? Y la ausencia de Dios ¿no es acaso el infierno?

Algunos escritores han buscado interpretaciones más o menos metafóricas. Jesús, dicen, se queja de que su Padre le haya abandonado a la muerte, le haya entregado a tantos dolores. Sin embargo hay que decir que Jesús no estaba en la cruz para decir metáforas. Si él dice que el Padre le abandona, es porque, en realidad, de algún modo le abandona. De un modo que quizá nosotros nunca lograremos entender, pero que él experimentó como una verdadera lejanía.

Algo que puede ayudarnos a entender el misterio o, mejor dicho, a acercarnos a él un poco más, es comprender que en éste momento Cristo está llevando a la meta la redención de la humanidad, está asumiendo todos y cada uno de los pecados de todos los hombres de toda la historia.

Jesús no es, ni siquiera en este momento, pecador, pero, el algún modo misterioso, se experimenta pecador. Es como si sus manos purísimas, hechas para acariciar a los niños, hubieran acuchillado, disparado, ametrallado en las miles de guerras de la historia. Como si sus labios, que enseñaron a rezar el Padrenuestro, hubieran dicho todas las mentiras de la historia, todos los besos sucios de la historia, todos los millones y millones de blasfemias. Como si su corazón, que anoche instituyó la eucaristía, se convirtiera en el frío bloque de odios, de envidias, de avaricias, de incredulidades, de crueldad.

Aunque Jesús experimentó todos los dolores que en el infierno pueda sentir un pecador, sus dolores no fueron de pecador, sino de salvador. Su dolor fue satisfactorio, no castigo. Su pasión fue luminosa, no desesperada.

El sufrimiento luminoso de un Dios que muere por nosotros –escribe Journet- es aún más desgarrador que el sufrimiento del desesperado. Porque sólo a él es dado el medir plenamente el abismo que separa el bien y el mal, el cielo y el infierno, el amor y el odio, el “si” dicho a Dios y su negación.

Ahora es cuando más que nunca Jesús se hace radicalmente uno de nosotros. Si esa barrera del mal le distinguía de los hombres, ahora la saltará por amor.

Y la apagará en soledad, en esta terrible soledad en la que experimenta verdaderamente la lejanía de su Padre, del centro mismo de su alma. Por eso grita. Porque este dolor es más agudo que todos los de la carne juntos. Sin embargo su grito no es de desesperación. Es una queja lacerante, pero amorosa. Y segura. De hecho, toma sus palabras del salmo 21, que es un salmo de llanto, pero también de esperanza. Es incluso probable que Jesús estuviera recitando entero este salmo, aunque sólo gritara el segundo de sus versos.

En realidad buena parte de los versículos de éste salmo parecen una descripción de lo que en la cruz está ocurriendo:

1 Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has desamparado?
¿Por qué estás lejos de mi súplica,
y de las palabras de mi clamor?
2 Dios mío, clamo de día, y no respondes;
de noche también, y no hay para mí reposo.
6 Mas yo soy gusano, y no hombre,
oprobio de todos y desprecio del pueblo.
7 Todos los que me ven, escarnecen de mí;
estiran los labios y menean la cabeza, diciendo:
8 "Acudió al Señor, líbrele él;
sálvele, si tanto lo quiere".
11 No te alejes de mí, porque la angustia está cerca,
porque no hay quien ayude.
13 Abren sobre mí las bocas,
como león rapante y rugiente.
14 Soy derramado como aguas;
todos mis huesos se descoyuntan;
mi corazón, como cera, se derrite en mis entrañas.
15 Como un tiesto está seca mi boca;
mi lengua se pega al paladar;
y me has puesto en el polvo de la muerte;
16 Porque jaurías de perros me rodean,
y pandillas de malignos me cercan;
horadan mis manos y mis pies;
contar puedo todos mis huesos.
17 Me miran de hito en hito, y con satisfacción maligna;
reparten entre sí mis vestidos;
sobre mi ropa echan suertes.
18 Mas tú, oh Señor, no te alejes;
fortaleza mía, apresúrate a socorrerme.
19 Salva de la espada mi garganta,
mi faz del filo del hacha.
21 Proclamaré tu Nombre a mis hermanos;
en medio de la congregación te alabaré.
25 Comerán los pobres, y serán saciados,
alabarán al Señor los que le buscan:
Viva su corazón para siempre!
29 Me hará vivir para él;
30 Vendrán y anunciarán al pueblo aún no nacido
los hechos asombrosos que hizo.

Es así entonces como el grito de Jesús no es desesperación, sino oración. Y una oración que está directamente relacionada con la de Getsemaní. Y para que su soledad fuera más radical, ese grito suyo será interpretado en son de burla por quienes le escuchan. Jesús probablemente había pronunciado la frase aramea con el acento original galileo y los soldados, o porque realmente no le entendieron o porque encontraron ocasión de hacer un chiste que les pareció gracioso, interpretaron que estaba llamando a Elías. Y la cosa les resultó muy divertida. A Elías está llamando[5]. Y coreaban la frase a grandes carcajadas, asombrados de su propio ingenio[6]

[1] I. Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc. 23,34); II. En verdad, en verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc. 23,43); III. Mujer, he ahí a tu hijo; hijo he ahí a tu madre (Jn. 19, 26-27); IV. ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? (Mc. 15, 34; Mt. 27, 46); V. Tengo sed (Jn. 19,28); VI. Todo está cumplido (Jn. 19, 39) y VII. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc. 23, 46)
[2] Es una oración tomada del salmo 22, que probablemente recitó completo y en arameo (Eli Eli lama sabachthani), lo cual explica la confusión de los presentes que creyeron ver en esta súplica una llamada de auxilio a Elías. Esto es un acto de profunda soledad y sentido de alejamiento de su Padre Esta palabra pronunciada por el Dios crucificado es, mas que un reproche hacia Dios, la oración del justo que sufre y espera en Dios; Jesús, en lugar de desesperar y olvidarse de Dios, clama al Padre pues confía en que Él lo escucha, pero Dios no responde, porque ha identificado a su hijo con el pecado por amor a nosotros, y este debe morir, Jesús, colgado en la cruz, es rechazado ahora por el cielo y por la tierra, porque el pecado no tiene lugar. Cuantas veces en nuestras vidas hemos sentido el abandono de Dios. ¿Por qué a mi? ¿Por qué ahora? ¿Qué hice Señor? Preguntas y preguntas como la de Cristo que encuentran como respuesta el silencio de Dios. Por lo general, es la mejor respuesta que nos puede dar, pero no lo entenderemos hasta que sepamos que del silencio brota la resurrección.
[3] Cfr Lc 22, 44.
[4] Cfr Mt 27, 27.
[5] Mt 27, 47.
[6] J.L. Martín Descalzo en Vida y Misterio de Jesús de Nazareth, Sígueme, Salamanca, 1996, 3a ed., 1141- 1145.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris