V Domingo de Cuaresma (c)

Los seres humanos –y no sé si los cristianos aún con mayor acento- tenemos una predilección especial por la justicia; pero no siempre la justicia que creamos se ajusta al punto de vista de Dios. En nombre de la justicia hemos cometido a lo largo de la Historia toda clase atropellos e injusticias. Los católicos formamos parte de una Iglesia que fue injustamente perseguida, sí, pero que a su vez injustamente persiguió a otros. ¿Cómo romper la espiral de la justicia que se vuelve injusta? ¿Cómo tener la certeza de no equivocarnos cuando queremos impartir justicia? El evangelio de este domingo –el V del tiempo de Cuaresma- es una muestra de cómo el Señor logra equilibrar la justicia con la misericordia[1].

La escena sucede en el templo. Nosotros también acostumbramos a llevar al templo nuestros pecados y los de los demás. En algunas ocasiones oímos como el predicador condena reiteradas veces a las mazmorras eternas a los pecadores temporales, lo cual es una pena. Pero eso –las buenas o inoportunas homilías de nosotros, los ministros ordenados, no es el tema que nos ocupa. El asunto era serio: la mujer había cometido adulterio. Los acusados de éste crimen habían de ser condenados a muerte tal y como lo prescribía la ley judía. Es curioso, los fariseos aparecen aquí extremadamente celosos contra el pecado cuando en realidad ellos mismos no estaban libres del mismo pecado u otros del que acusaban a la mujer. Entre nosotros hay actitudes parecidas: los que son indulgentes con sus propios pecados muchas veces son muy severos con los pecados de los demás.

Le piden entonces a Jesús que diga algo, que dé su veredicto, sin embargo el Señor trae entre manos una ley distinta, una ley superior a la de Moisés en contenido y exigencias. No se trata de cumplir mecánicamente lo que hay que hacer, sino ir poco a poco teniendo un corazón limpio y una mirada limpia de la que salga todo el amor y bondad de la que se es capaz. Tener un corazón limpio es la mejor manera de entender las exigencias del Evangelio y saber aplicar las normas con una recta justicia[2].

Con frecuencia en la pastoral de Iglesia se producen acciones que quizá pueden confundirnos. Si entendemos mal lo que es la justicia que Jesús quiere y, llevados de una falsa comprensión de la caridad dejamos que el pecado siga estando en el pecador, y lo que es más triste, que tratemos de justificar el pecado en nombre de la comprensión humana, estaremos haciendo un flaco servicio al amor de Dios. ¡Atención!: es delicado tratar el pecado sin la comprensión de Dios porque siempre podemos encontrar explicaciones racionales a las cosas que hacemos. Mirar el pecado más allá de nuestras limitaciones humanas es darnos cuenta que la libertad del ser humano no siempre va orientada hacia su libertador. En pocas palabras: ser profeta –y todos estamos llamados a serlo- es descubrirle al otro la dimensión de su pecado y al mismo tiempo la llamada a la misericordia de Dios hacia un cambio real de vida.

Los cristianos no estamos llamados a poner etiquetas de pecados ni de pecadores, sino invitados a proclamar la misericordia de Dios para con los que se arrepienten. No caigamos en la trampa de pensar que utilizando la sola comprensión de las ciencias humanas (psicología, sociología...) llegaremos a entender la hondura real del pecado. El pecado es otra dimensión que sólo con el espíritu se pueden sondear y sanar, ayudándole al pecador a encontrar el camino de regreso.

Tampoco debemos buscar el origen del pecado en el pasado, ni las circunstancias nos determinan de manera absoluta. El pecado es algo presente, es ausencia de Dios en un momento concreto, por eso superar el pecado es comenzar una vida nueva donde el pasado queda ya olvidado y sólo queda mirar hacia adelante. La vida nueva es el encuentro real con Jesús.

La situación, pues, del evangelio de hoy es profundamente compleja: si Jesús perdonaba a la mujer le acusarían de contradecir la ley de Moisés y fomentar el pecado –algo indigno en quien profesaba la rectitud y la pureza de un profeta. ¿Cómo salió entonces el Señor de éste laberinto donde se confunde ley con misericordia?

Al principio se comportó como si no le diese importancia al asunto –es la única vez que el evangelio menciona al Señor escribiendo- y rápidamente da un salto y va más allá de lo meramente jurídico: va al corazón de los acusadores y allí encuentra las mismas miserias que condenaban en aquella mujer. Le insisten nuevamente con más preguntas. Esperan una respuesta. Jesús volvió contra ellos mismos el veredicto que formulaban contra la mujer. Ellos pedían un veredicto legal y Jesús les ofrece un veredicto desde sus conciencias.

Al pedir que arroje la primera piedra aquel que esté limpio de pecado el Señor no se refiere a los pecados que habían cometido en el pasado, les está preguntando por el estado actual de su alma y entonces cuando uno a uno se marchan, quedándose solamente la mujer delante de Jesús. Ella no trata de culpar a los otros ni disculparse con elaborados razonamientos, sólo espera el veredicto. Las palabras del Señor son de lo más sencillas: Vete y no peques más.

En el camino de nuestra vida material el encuentro con Jesús no es definitivo; una y otra vez estaremos escuchando la misma voz: Vete y no peques más... hasta llegar al encuentro definitivo donde la frase de Dios será distinta, muchísimo más feliz: Vengan benditos de mi Padre[3]...

No es suficiente reconocer el pecado; hay que cambiar el pecado por vida nueva.

La invitación de éste domingo es a un encuentro silencioso con el Señor, a estar cerca de Jesús para sentirse perdonado por Él y que ese perdón nos lleve a un cambio real de vida. No hay cambio si no hay encuentro con Él, aunque sea que por motivo de un pecado nos hayamos acercado al encuentro con su misericordia. Feliz culpa que nos mereció tan grande redentor, canta con gozo extraordinario el pregón pascual anunciando la resurrección de Cristo. ¿No es un escándalo proclamar feliz la culpa?¿Pero acaso no es mayor escándalo que el mismo Dios se abaje tanto para sacar al hombre del precipicio en el que ha caído, el abismo del egoísmo y la injusticia, de donde no puede salir jamás por sí mismo? El egoísmo y la injusticia son tan malos y dañinos para el hombre, que le apartan de su destino de felicidad, lo extravían del único camino, el camino del amor. El que ha probado esta orfandad y extravío, entiende la grandeza y la profundidad del amor que le ofrece la salvación. La profundidad del abismo mide también el amor y la condescendencia de Dios con nosotros. Por eso el pregón pascual canta lleno de gozo: Feliz culpa que nos mereció tan grande redentor. Feliz culpa si por ella entendemos que en el pecado no está lo mejor. Feliz culpa si por ella dejamos de confiar en nuestras propias fuerzas y ponemos toda la confianza en el amor de Dios ■

[2] Cfr Ex 36, 26.
[3] Cfr Mt 25, 31.36.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris