Jueves Santo



El jueves Santo la Iglesia lo dedica a recordar la institución de la Eucaristía y el sacerdocio ministerial. El oficio de ésta tarde tradicionalmente ha recibido el nombre de Misa de la cena del Señor[1]. Después de la homilía tiene lugar en la mayoría de las parroquias el lavatorio de los pies, a imitación del mismo gesto de Jesús en la última Cena.


Aquella noche, los apóstoles vieron acercarse a Jesús, arrodillarse ante el primero de ellos, desatarle las sandalias y comenzar a lavarle los pies. ¿Qué significaba esto? ¿Qué sentido tenía? Aquello era un gesto de un esclavo que se salía de toda lógica. ¿Era una explicación plástica de aquella humildad de la que les acababa de hablar? El silencio se hacía cada vez más espeso e incomodo mientras les lavaba los pies a todos los apóstoles, todos deseaban que terminara de una vez. Pero Jesús parecía no tener prisa, al final de aquel gesto escucharon de nuevo su voz: ¿Sabéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor. Y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, Maestro y Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros. Yo os he dado ejemplo, para que hagáis también vosotros lo que he hecho yo[2].

¿Entendieron los apóstoles lo que acababa de ocurrir? ¿Entendemos nosotros todo lo que esto tiene de importante? ¿Qué significa ésta escena? Muchos comentaristas del evangelio de san Juan se contentan con el simbolismo de la humildad, sugerido por las mismas palabras de Jesús, y no ven otro significado más profundo. Así lo entendieron San Juan Crisóstomo y Teodoro de Mopsuestia, y más recientemente así lo entendieron G. Lagrange, Bernard, Fiebig y muchos otros[3].

Romano Guardini[4], que ha profundizado mucho en la vida del Señor, insiste en que tiene que haber algo más que un simple ejemplo de humildad. Esta Interpretación –dice el autor- es demasiado realista para dar en el clavo, demasiado moral y demasiado pedagógica. La conducta de Jesucristo no obedece nunca a tales puntos de vista. Permítaseme decir que la opinión de que Jesús siempre dio “buen ejemplo” destruye muchísimos rasgos de su santa imagen. Es indudable que dio ejemplo. Fue y es el modelo por excelencia. Pero la figura de Jesús pierde toda su espontaneidad si nos empeñamos en ver en él una actitud pedagógica. Se introduce con ello en su pura imagen una falta de naturalidad y, finalmente, también de verdad. No. Jesucristo vivió entre sus discípulos e hizo toda ocasión lo que el momento exigía, sin preocuparse particularmente de dar ejemplo. Pero, precisamente por no haber pensado en ello, se constituyó en ejemplo, porque sus actos eran auténticos, justos y naturales. La ejemplaridad de Jesús estriba en que en él comienza la existencia cristiana. Por lo que “seguir sus huelas”[5] no significa “remedarle”, lo cual engendraría gestos artificiales y pretenciosos, sino vivir en él y obrar en cada momento según su espíritu. No. Hemos de profundizar mucho más[6].

El gesto de Jesús de lavar los pies a sus discípulos es, sí, preparación para predicar el evangelio, purificación de los apóstoles en virtud de la palabra de Jesús, incluso el simbolismo de la ordenación de los apóstoles, pero es mucho más. Es, sobre todo, un resumen y anticipo de todo lo que será la pasión de Jesús, una acción profética que simboliza la humillación que supone la muerte de Jesús para salvar a los demás. El lavatorio de los pies es, en suma, una escena de amor infinito.

Un Dios que no fue más que el amor infinito –dice Guardini- no obraría todavía como él. Había que buscar, pues, algo más, y hemos visto que era la humildad. Esta no nace en el hombre. Su ruta no es ascendente, sino descendente. La actitud del pequeño que se inclina ante el grande, todavía no es humildad. Es, simplemente, verdad. El grande que se humilla ante el pequeño, es el verdaderamente humilde. La encarnación es la humildad fundamental. Nuestra redención no fue para Dios un acto que realizó como un gesto lejano. Que no le conmoviera para nada. La tomó mucho más en serio.

En definitiva: Jesús no pide a los suyos sólo que sean humildes o que amen, les pide que entren por el camino del sacrificio redentor. Todo cristiano recibe, antes o después, esta invitación al anonadamiento. A ese anonadamiento que –según Guardini- el mundo considera locura; el corazón lo encuentra intolerable; la razón absurdo[7].

Lo divino desciende a nosotros bajo la forma del servicio más humilde para mostrarnos que solamente sirviendo con toda humildad podemos alcanzar lo divino.

Pidámosle a la Santísima Virgen María que nos ayude a acercarnos ésta tarde a la misa In Cena Domini con un corazón sencillo, con el deseo de recuperar la capacidad de asombro ante este Dios arrojado a los pies de los hombres, de éste Dios que no conocíamos, un Dios que se hace cercano, un Dios que, puesto de rodillas, lava los pies de sus hermanos los hombres[8] ■


[1] Jn 13, 1-15.
[2] Id., 12-16.
[3] Garrigou-Lagrange dedicó su vida entera a lo que él llamaba las «tres sabidurías» o ciencias de las cosas por su causa suprema: la Metafísica, la Teología y la Mística. Poco a poco, en escala armónica y ascendente, se va inclinando por la última. Su figura descuella entre los pensadores católicos de la primera mitad del s. XX; irradió poderosamente su doctrina, a través de la cátedra y los libros, a varias generaciones
[4] Romano Guardini (1885-1968) fue sacerdote y teólogo alemán y profesor de dogmática en Bonn (1922), de filosofía católica en Berlín (1923) y maestro en el arte de la interpretación. Ejerció una considerable influencia en la juventud católica alemana después de la I Guerra Mundial. Su cátedra fue suprimida en 1939 por el régimen nacionalsocialista. En 1945 fue invitado a enseñar en la Universidad de Tubinga y, a partir de 1948, en la de Munich, donde exponía su propio pensamiento acerca de una cosmovisión católica del mundo. Para sustituirle, tras su jubilación, se llamó a Karl Rahner. De inspiración agustiniana, su teología, que explora amplios espacios de la cultura, es más una evocación de la vida de fe que una sistematización dogmática. Entre sus muchas obras, vale la pena mencionar: El espíritu de la liturgia (1917), Cartas de autoformación (1922), El universo religioso de Dostoievski (1933), La esencia del cristianismo (1939), Libertad, gracia y destino (1948), y El Señor (1954).
[5] Tú que padeciste por nosotros para que sigamos tus huellas, Cristo ten piedad (Acto Penitencial propio para la Cuaresma. Misal Romano).
[6] Citado por J.L. Martín Descalzo en Vida y Misterio de Jesús de Nazaret, Sígueme, Salamanca, 1996, 3a ed., pp. 951.954.
[7] Ídem.
[8] En la página web de la Santa Sede, pueden encontrarse prácticamente todas las homilías que Juan Pablo II dedicó a lo largo de su pontificado a comentar diversos aspectos de éste día. Pueden consultarse en: www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/homilies/index_sp.htm

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris