II Domingo de Cuaresma (c)

El tema de este domingo, difícil de expresar por su misma naturaleza, es quizá uno de los más importantes en las actuales circunstancias[1].

Acostumbrados quizá a una visión infantil de la fe cristiana que nos “resolvía” e “iluminaba” todos los problemas con respuestas hechas y almacenadas en las bibliotecas, se nos hace cuesta arriba descubrir que también la fe es oscuridad, o, si se prefiere, no elimina la oscuridad de la vida, del misterio enigmático de la vida.

Fácil hubiera sido encarar el comentario de las lecturas de hoy repitiendo viejas frases sobre la esperanza, la muerte y la resurrección, incluso sobre la gloria del maestro, sin atrevernos a mirar a Abraham y a los apóstoles como los verdaderos prototipos de esta situación concreta de creyentes que estamos atravesando. Nos resistimos a identificarnos con ese Abraham y ese Pedro que no entienden nada, porque preferimos pensar que nosotros vemos muy claro, y que ya le bastó a la humanidad la experiencia de búsqueda de ellos, por lo que nosotros podemos ahorrarnos ese trabajo. Afortunadamente hemos avanzado un poco y hoy por hoy nos acercamos a los problemas –al menos nos los planteamos- con más sinceridad, aunque por eso mismo con menos seguridad y autosuficiencia.

Necesitamos los cristianos –tan bien amurallados detrás de los catecismos y los libros de apologética- aceptar nuestra humilde condición de hombres antes de sentarnos en la cátedra de la verdad.

La Iglesia de hoy –esta Iglesia tan conflictiva y a tientas- necesita hombres que la acepten así, sin utopías ni mentiras; sin declamaciones ni adornos. Una Iglesia de hombres ansiosos y preocupados, humildes en su afán de encontrar una verdad que siempre está un poco más allá de nuestros esquemas[2]. La gente espera una predicación que exprese la búsqueda que el mismo sacerdote ha de realizar, sus conflictos, sus dudas, su oscuridad. Como cristianos no podemos seguir escondiendo nuestro miedo a ver claro detrás de una aparente seguridad que se llena de frases y expresiones que no surgen del convencimiento sino del convencionalismo.

Con demasiada ligereza hemos criticado a los apóstoles que tardaron tanto en comprender a su Maestro ¡como si nosotros, después de dos mil años, lo hubiéramos entendido mejor! De la misma forma que hemos criticado su afán de poder detrás de un Mesías político, como si en nuestro inconsciente no existiera la misma pretensión, quizá mejor disimulada en nuestros días.

La reflexión de este domingo es, pues, una sincera y apacible invitación a plantearnos con sinceridad el problema de la fe, aun a riesgo de que, como los tres apóstoles, debamos luego guardar silencio por mucho tiempo hasta llegar a entender lo que por el momento es bastante oscuro ■

[1] II Domingo del Tiempo de Cuaresma (2010, ciclo C).
[2] Cfr http://www.zenit.org/article-34318?l=spanish

Ilustración: Giovanni Domenico Tiepolo, Cristo guiando a Pedro, Santiago y Juan a lo alto del monte para la Transfiguración, (1770s/1780s), National Gallery of Art (Washington)

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris