III Domingo del Tiempo Ordinario (c)


El silencio y la soledad*


Jean-Yves Leloup*

Lo que la soledad y el silencio del desierto aportan de utilidad y de divino gozo a aquellos que los aman, solo ellos lo saben, los que han hecho la experiencia. Ahí, en efecto, los hombres fuertes pueden recogerse tanto como lo deseen, permanecer en ellos mismos, cultivar asiduamente los gérmenes de las virtudes, y nutrirse con dicha de los frutos del paraíso. Ahí, uno se esfuerza por adquirir ese ojo cuya clara mirada hiere de amor al divino esposo, y cuya pureza da a ver a Dios. Ahí, uno se entrega a un ocio muy colmado y uno se inmoviliza en una acción tranquila. Ahí, Dios da a sus atletas, para la penosa labor del combate, la recompensa deseada: una paz que el mundo ignora y la alegría en el Espíritu Santo».

Así escribía San Bruno, el fundador de esa orden de «solitarios dichosos» que llamamos cartujos, a su amigo Raul de Verd, sin embargo que la soledad sea «una gracia», y que nos haga «dichosos», no resulta tan evidente.

La soledad de Bruno y sus compañeros es salvaje pero no es ni cerrada ni encerrada. Los lugares donde ellos se retiran son bosques considerados inaccesibles en la época. Inaccesibles a las miradas de los indiscretos que quisieran coger desde el «exterior» algo del secreto y de la intimidad de esos amantes en los que la desnudez y las lágrimas se muestran hoy en día, como ayer, difícilmente comprensibles. Pero ¿es el amor de los amantes algo comprensible?

«No echéis vuestras perlas a los puercos, decía ya Cristo, podrían romperse los dientes»[1]. Las perlas de la soledad no tienen nada de «comestible»; como ese azul del cielo del que Bouvard decía a Pécuchet: «eso no se come»[2].

Es así: «eso no se consume». Las perlas no son «para comer»; uno puede mejor iluminarse o regocijarse con su transparencia..., es algo del orden de la gracia. Eso no tiene precio, y es lo más caro: ¡es «gratis»!

Siglos más tarde otro autor –solitario también- nos recuerda la rareza que conlleva la soledad. No es permaneciendo inmóvil en su celda como la descubre, sino marchando sin cesar, esforzándose por «volver a su espíritu solitario a través de la plegaria monológica»[3]. Tras largos meses de práctica fiel y regular, «el peregrino ruso» puede compartir con nosotros un poco de su experiencia:

«He aquí como voy ahora, diciendo sin cesar la oración de Jesús que me es más querida que cualquier otra cosa del mundo. A veces hago más de setenta distancias en un día y no siento que camino: solo siento que digo la oración. Cuando un frío violento me coge, recito la oración con más atención y pronto estoy de nuevo totalmente caliente. Si el hambre se hace muy fuerte, invoco más a menudo el Nombre de Jesucristo y ya no me acuerdo de haber tenido hambre. Si me siento enfermo y mi espalda y las piernas me duelen, me concentro en la oración y ya no siento más el dolor. Cuando alguien me ofende, no pienso más que en la benéfica oración de Jesús; enseguida cólera o pena desaparecen y olvido todo. Me he vuelto un poco raro. No tengo necesidad de nada, nada me ocupa, nada de lo que es exterior me retiene, quisiera siempre estar en soledad»[4].

En todos los tiempos ha habido soledades dichosas y «habitadas»; pero el Peregrino Ruso precisa bien que él tiene consciencia de que a los ojos del mundo «se ha vuelto un poco raro». Así serán siempre aquellos y aquellas a los que se llama «contemplativos»: personas perfectamente insoportables, incluso inadaptados. Que se les propongan riquezas, poderes, o incluso amor y amistad; ellos no quieren nada de eso. ¡Ellos quieren nada! Sólo desean estar solos y en paz.

Invitado en Brasil a hablar a los miembros del gobierno sobre «la calidad de vida» yo les recordaba que la calidad de vida es en primer lugar la del agua y del pan; una cierta «calidad de vida material» que no es necesariamente la cantidad, o acumulación de bienes. Quien beba de esta agua tendrá siempre sed[5].

La calidad de vida, es también la calidad de nuestras relaciones. Uno puede ser pobre y poseer una gran riqueza de corazón, de atención, de ternura. En las calles de las grandes ciudades, cuando aquellos que a veces son tratados de miserables se enlazan y se ponen a bailar, ¡entonces son señores! Y por las perlas que tienen en los ojos, uno dejaría de buena gana todo el oro del mundo.

La calidad de vida, es por tanto la calidad de nuestra soledad. De ella depende evidentemente la calidad de nuestras relaciones, si no «el otro» no es más que un medio para evitar esa soledad; no es amado por si mismo.

Esta calidad, podemos aprenderla de esos seres extraños y contemplativos. Según nuestros valores, ellos no tienen nada para ser felices: ni riquezas, ni relaciones, ni haberes, ni saberes, ni poderes ¡y sin embargo ellos lo son! La carencia es un espacio que les es necesario para respirar. Ahí donde otros esperan expectantes y se aburren, ellos son felices, los hijos del instante. Estar triste o alegre no es ya más su asunto o su problema, ni incluso la felicidad. Su alegría y su paz son de otro orden, no dependen de nada ni de nadie. La palabra gracia toma ahora todo su sentido.

Algunos incluso llegan a afirmar y con razón que es una alegría que no se explica más que por la existencia de Dios. Es Él la calidad de su vida, puesto que es justamente Él, el Viviente de sus vidas.

Maestro Eckhart dirá simplemente: «Preguntareis mil años a la Vida: ¿por qué vives? Ella responderá siempre: vivo para vivir. La razón es que la Vida extrae su vida de su propio fondo y crece de su ser propio. Es por eso que ella vive sin preguntar el porque, porque no vive más que en si misma. Si se preguntara a un hombre digno de ese nombre, alguien que opera a partir de su fondo propio: «¿Porque operas tu tus obras?» Si el quisiera responder convenientemente no podría más que decir: «Obro por obrar»[6].[7]

El solitario vive en esta coincidencia con Dios Padre creador y providente, haciéndose uno con este infinito y este crecimiento, es uno con todas las cosas. Se verifica entonces que ¡«nunca se está menos solo que cuando se está solo»! Beata Solitudine. Soledad no sufrida. Soledad elegida.


Yo estoy solo
cuando yo dudo de Ti
cuando «yo» dudo...
Nunca,
si yo me abandono
a tus abandonos,
si «yo» me abandono...
Si ofrezco mi memoria
a tus olvidos,
al Olvido...
Yo estoy solo,
porque yo dudo de Ti,
yo estoy solo
porque «yo» no quiero estar solo:
El solo
el único que ama
cuando ya no hay nada
ni nadie para amar
El Amor que «queda»
cuando uno no se ama ya más,
El sol que brilla
cuando no hay ya nada que iluminar
La piedra que inciensa
cuando no hay nadie respirando...
El Amor solo
solamente el Amor
el único que ama
cuando no hay nada que amar.
Una soledad vencida
por la más Alta Soledad
aquella que ama
para nada,
para ser el Amor que Ella Es.

Jean-Yves Leloup ■


* Extraído de: La Grace de Solitude, Editions Dervy, ISBN 2-85076-959-2
* Jean-Yves Leloup (1950), es un teólogo ortodoxo conocido por sus estudios en la obra y el pensamiento de Meister Eckhart y del Hinduismo, Judaísmo y Budismo, y por difundir el hesicasmo, doctrina y práctica ascética difundida entre los monjes cristianos orientales, principalmente los de la llamada Iglesia Ortodoxa, a partir del siglo IV con los llamados Padres del Desierto.
[1] Cfr Mt 7, 6.
[2] El autor se refiere a la célebre novela de G. Flaubert Bouvard et Pécuchet que, por cierto, está inconclusa (N. del E.)
[3] El método de oración de los Padres del desierto y de los monjes hesicastas tiene como objetivo reunificar de la dispersión o la distracción por la invocación constante del Nombre de Yeshoua (Jesús).
[4] El autor hace referencia –y cita de hecho- a El Peregrino Ruso, libro de reconocida fama en la espiritualidad ortodoxa, y más concretamente de la tendencia hesicasta. Narra de forma autobiográfica el peregrinar físico a la vez que itinerario espiritual para alcanzar el conocimiento de la oración interior contínua de un peregrino anónimo o staretz, a través de la Rusia del s. XIX. Toma el camino a la oración interior como un método para acostumbrar al espíritu al recogimiento, y dar lugar a que se encienda en el espíritu la llama de la Verdadera oración y del Verdadero amor. Como camino hacia Dios. Estos textos vieron la luz por primera vez en Kazán hacia el año 1865, en forma muy primitiva, con muchas faltas. Hasta el año 1884 no se hizo una edición correcta y accesible de esta obra. Ni era posible que en pleno movimiento socialista y naturalista tuviera mucha resonancia. Sólo después del 1920 se echa en falta una nueva edición. El libro fue impreso de nuevo en 1930 bajo la dirección del profesor Vyscheslavtsev. Los relatos fueron publicados sin nombre de autor. Según el prefacio de la edición de 1884, el Padre Paisius, abad del monasterio de San Miguel Arcángel de los cheremisos en Kazán, habría copiado su texto de un monje ruso de Athos, cuyo nombre ignoramos. Se puede encontrar una referencia al libro en la obra Los hermanos Karamázov de F. Dostoyevski (N. del E.).
[5] Jn 4,14. (N. del E.)
[6] Sermón nº 56.
[7] El autor está citando a Eckhart de Hochheim O.P. (1260 –1328), también llamado Maestro Eckhart (en alemán: Meister Eckhart). Dominico alemán, conocido por su obra como teólogo y filósofo y por sus visiones místicas. Meister en reconocimiento a los títulos académicos obtenidos durante su estancia en la Universidad de París. Fue el primero de los místicos renanos. Estudió teología en Érfurt, luego en Colonia y en París. Enseñó en esa última universidad, y administró la provincia de los dominicos de Teutonia y luego en Erfurt.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris