Vere dignum et iustum est, æquum et salutáre,
nos tibi semper et ubíque grátias ágere:
Dómine, sancte Pater, omnípotens ætérne Deus:
Et te in maternitate beátæ Maríæ semper Vírginis
collaudáre, benedícere, et predicáre.
Quæ et Unigénitum tuum Sancti Spíritus obumbratióne concépit:
et virginitátis glória permanénte lumen ætérnum mundo effúdit,
Iesum Christum Dóminum nostrum.
Per quem majestátem tuam laudant Angeli,
adórant Dominatiónes, tremunt Potestátes.
Cæli cælorúmque Virtútes, ac beáta Séraphim, sócia exsultatióne concélebrant.
Cum quibus et nostras voces, ut admítti júbeas deprecámur,
súpplici confessióne dicéntes ■ Præfátio de Beáta María Vírgine

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris