XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario

SOBRE EL SOSIEGO Y LA QUIETUD DEL ESPIRITU

II

NECESIDAD DE ADIESTRAMIENTO.


Todo este proceso de sosiego y serenidad, impulsado en nosotros por el Espíritu, necesita de nuestra colaboración. Hace falta todo un nuevo estilo de ascesis[1] que deje crecer en nosotros la armonía y la unidad a la que estamos llamados; llamada en medio del ambiente consumista y burgués en el que nos toca vivir. Es necesaria una disciplina personal, comunitaria y ambiental. El Evangelio lo de deja claro: Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todas las demás cosas se os darán por añadidura. No os preocupéis del mañana; el mañana se preocupar de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propia dificultad[2]. El que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo[3].

Necesitamos, incluso algún método que nos acompañe durante esta peregrinación hacia el sosiego del corazón, al menos durante las primeras etapas. Las diversas generaciones creyentes han ido ejercitando en su época el método popular adecuado que conducía al sosiego y la serenidad del espíritu. Hoy también se nos ofrecen viejos y nuevos métodos para el silencio del ser. Cada uno ha de encontrar el que más le ayude. Urge, también, encontrar el espacio de soledad y el ambiente de silencio que cada uno necesita para crecer. Jesús armonizaba soledad y servicio. A veces de noche, otras de madrugada. A veces de camino a la montaña, otras internándose en el mar o en el huerto de un amigo. Otras veces en los pequeños momentos de oración que cada día realizaba como buen israelita, otras tantas [veces] en la fidelidad a los momentos semanales en la sinagoga o durante las grandes fiestas, cuando subía a Jerusalén.

Así, la soledad es imprescindible en dimensiones diversas y en equilibrio con la actividad y el tiempo dedicado a las relaciones fraternales. Cada uno según su modo de ser y las circunstancias en las que debe vivir, debe encontrar la medida de soledad que necesita para responder a las exigencias que Dios pone en su corazón.

ASI ENTRARAS EN LA QUIETUD DE ESPIRITU.

El sosiego y la serenidad de toda la persona van introduciéndonos en una activa quietud que en su momento va siendo madurada por el don de la quietud del Espíritu. La verdadera quietud es intensidad de amor. Es poner en dirección de Dios todas las fuerzas, todas las capacidades, todo el corazón. Es amar si medida a quien nos ama desmesuradamente. La quietud es como un enraizamiento en Dios; es tenerlo a Él como la única tierra en que hemos sido plantados, en la que crecemos y desde la que damos flor y fruto. Y va haciéndose en nosotros en la medida en que estamos cautivados por el único necesario: Marta, Marta, aún estás atrapada por muchas preocupaciones y no te das cuenta que sólo una es necesaria. María la ha encontrado y por eso, su quietud y su enraizamiento en la tierra auténtica[4].

Esta quietud es contemplación. Así la define San Juan de la Cruz: «la atención amorosa a Dios en paz interior y quietud y descanso»[5]. Y también: «Es una quietud amorosa y sustancial»[6]. Y en el mismo capítulo: «Poniéndose la persona delante de Dios, se pone en acto de noticia confusa, pacífica, amorosa y sosegada, en que está la persona bebiendo sabiduría, amor y sabor»[7].

La quietud es la paz de Dios que exulta en el fondo del corazón. La quietud no es inactividad. Los místicos han actuado, han hecho lo que tenían que hacer, pero desde ese núcleo sagrado y quieto de quien sólo busca la honra y gloria de Dios. La quietud tampoco es ausencia de sufrimientos: no hay verdadera quietud, sin buena cruz. Pero se puede sufrir mucho y crecer en la quietud.

Cuando este don de la quietud va asentándose en la persona de Dios, este mismo don va siendo el único Maestro, el guía espiritual del ser humano. Ya no necesita otros medios y maestros que le conduzcan en su clara oscuridad.

En soledad vivía
y en soledad ha puesto ya su nido,
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido
[8].

Es la sabiduría de Dios, la única sabiduría del que vive en esta quietud: «Sabiduría de Dios, secreta o escondida, en la cual, sin ruido de palabras y sin ayuda de algún sentido corporal ni espiritual, como en silencio y quietud, a oscuras de todo lo sensitivo y natural, ensaña Dios ocultísima y secretísimamente a la persona sin ella saber cómo; lo cual algunos llaman "entender no entendiendo»[9].

Aventura maravillosa la que hemos descrito en estas pocas líneas. Aventura esencial que va a lograr en nosotros la integración de toda nuestra persona, la fecundidad en su quehacer y el crecer sin cesar en esa tierra del único Dios.

Mi amado, las montañas,
los valles solitarios, nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos;
la noche sosegada,
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora
[10]

[1] Ejercicio del espíritu (N. del E.)
[2] Mt 6,33-34
[3] Lc 14,33; "Venid a un lugar solitario para descansar un poco" (Mc 6,31). "Si alguno quiere seguir conmigo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderé pero quien pierda su vida por mí la encontrar " (Mt 16, 24-25).
[4] Lc 10, 41-42.
[5] 2S. 13,4
[6] 2S. 14,4
[7] 2S. 14, 2.
[8] Canción 35
[9] Canción 39,12
[10] S. Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, 14,15

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris