XXXII Domingo del Tiempo Ordinario


SOBRE EL SOSIEGO Y LA QUIETUD DEL ESPIRITU

I
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Hace muchos siglos los Padres del desierto[1] vivían conducidos por este principio de sabiduría: Fuge, tace, quiesce[2]. Desde la perspectiva de quiénes estamos invitados vivir la contemplación en medio de la vida diaria creo que podríamos hacer esta traducción de aquel sabio principio: Huye de la dispersión, de la superficialidad, sosiégate, serénate, y serás conducido a la quietud del Espíritu.

Para que el agua del Espíritu que mana dentro de nosotros pueda inundarnos e inundar todo lo que tocamos, necesitamos tener una actitud de sosiego, de serenidad y de quietud, en medio del mundo de relaciones y de acontecimientos en los que vivimos. No es fácil, pero es posible y es imprescindible; si queremos dejar al Espíritu del Padre hacer su obra en nosotros.

HUYE DE LA DISPERSION, DE LA SUPERFICIALIDAD.

Los adelantos que la civilización actual ofrece al hombre, entrañan una gran dificultad para vivir desde dentro y en reposo profundo. Hoy por hoy hay más posibilidades de moverse; existe un diluvio de información y a través de los medios de comunicación recibimos estímulos de todo tipo. En una sociedad rica, pluralista y libre, nuevas comodidades y objetos de todo tipo nos rodean, y así el uso indiscriminado de estas realidades nos convierte en personas llenas de estrés; dispersas, nerviosas; seres humanos que viven fuera de sí, en busca siempre de la última novedad; personas poco dadas al silencio que no viven el presente; seres humanos evadidos y sin armonía.

En su obra El arte de amar, Erich Fromm escribe: «Nuestra cultura lleva a una forma difusa y descentrada, que casi no registra paralelo en la historia. Se hacen muchas cosas a la vez... Somos consumidores con la boca siempre abierta, ansiosos y dispuestos a tragarlo todo... Esta falta de concentración se manifiesta claramente en nuestra dificultad para estar a solas con nosotros mismos»[3].

Hemos de ser conscientes de esta situación quienes queremos dejarnos conducir por el Espíritu hacia el estado del hombre adulto, a la madurez de la plenitud de Cristo[4]. Solo así superaremos la ambivalencia de la realidad actual en la que estamos viviendo.

ES NECESARIO VIVIR DESDE LA PROFUNDIDAD.

No podremos alcanzar la contemplación si vivimos siempre una forma de vida sumida en la superficialidad. Es necesario hacer descender al fondo de las cosas, vivir desde lo hondo de nosotros, desde dentro, desde "la sustancia del alma". La vida del Espíritu es una sorprendente revelación de nuestra realidad fundamental y del Dios que vive en lo profundo de nosotros. Porque donde está tu tesoro, ahí está tu corazón[5]. Esto exige del creyente vivir desde su realidad esencial.

Viviendo desde la profundidad, nuestra personalidad se armoniza y cada pieza de nuestro rompecabezas se va colocando en su sitio y aflorando nuestro rostro original. Viviendo en ella –en nuestra profundidad- nos relacionamos con las personas desde una actitud de veracidad. Es mi yo verdadero quien sale a acoger al otro con quien me relaciono. Es desde la profundidad que puedo percibir los acontecimientos de manera objetiva y puedo implicarme y comprometerme con ellos en lo que desde mi verdadera realidad puede aportar.

Es desde la realidad de mi profundidad como me puedo dar cuenta de las ataduras y las distorsiones que desde mi falso yo proyecto sobre todo lo que me rodea; como sitúo bien las tormentas de la superficie. Sólo desde la profundidad puedo reconocer, adorar y vivir en comunión con Aquel que Es[6].

SOSIÉGATE, SERÉNATE.

Para poder vivir desde la profundidad es necesario no sólo serenar la superficie, sino hacer todo un camino de sosiego que nos introduzca en la quietud del Espíritu.

Hemos de comenzar por cuidar el lugar donde vivimos. Muchos de los ruidos y de las tensiones que nos rodean son controlables. En casa, en el trabajo, en la vida de relaciones es posible disminuir el ruido para poder construir un ambiente sereno relajado, acogedor. Una habitación ordenada, una flor, el modo de caminar, la manera de relacionarse con los demás, un tono de música apropiada, la austeridad en los muebles y la decoración…son todos medios eficaces para vivir en un ambiente de paz, serenidad y sosiego. Todos tenemos la experiencia de lugares que sólo entrar en ellos nos sosiegan y nos sitúan dentro de nosotros.

El siguiente paso es la paz interior. Soltar las tensiones musculares innecesarias, lograr un tono de relajación corporal que mantenga nuestro cuerpo en armonía. Hay que revisar nuestras costumbres en la comida, equilibrar más la tensión y el descanso, hacer un pequeño tiempo diario de ejercicio corporal...

El cuerpo es la cara del espíritu, es la expresión sensible de la trascendencia, es el templo de la divinidad... y debemos ayudarle para que pueda transparentarla[7]. Esta es la armonía de todas nuestras dificultades, consecuencia de ser señores de nosotros mismos, de nuestro ser; de vivir conscientemente cada una de nuestras actividades; de estar aquí y ahora con aquellas dimensiones del ser que ahora necesitamos ejercitar. La serenidad es el fruto de una adecuación del adentro con el afuera, en todo momento.

La serenidad será posible en la medida en que el universo interior vaya estando tomando claridad. Miedos, ansiedades, conflictos internos, influjos sutiles... todo debe irse limpiando con la luz, la fuerza y la inteligencia del Espíritu de Dios[8].

San Juan de la Cruz nos dirá que para que «el entendimiento esté dispuesto para la divina unión ha de quedar limpio del todo. Un entendimiento íntimamente sosegado y acallado, puesto en fe»[9].

Así llegamos al gran sosiego, a la serenidad fundamental: la serenidad del corazón. Es el silencio de las raíces del ser, de donde nace el desorden radical: Lo que sale del corazón del hombre es lo que contamina al hombre. Porque de dentro del corazón de los hombres salen las intenciones malas[10]. Cierto autor ha llegado a afirmar que el silencio profundo es "la ausencia de egoísmo"[11].

La persona sosegada es aquélla que vive en la paz del corazón, la que logra dominar los apetitos, la que ha logrado salir de sí para vivir en el amor al Otro y a los otros; es la persona libre que tiene todo bajo sus pies, es el indiferente positivo de San Ignacio: «Igual muerte que vida, salud que enfermedad, riqueza que pobreza...», es aquél que ve todo desde el querer de Dios: es el pobre de corazón. «En esta desnudez halla la persona espiritual su quietud y descanso, porque, no codiciando nada, nada le fatiga hacia arriba y nada le oprime hacia abajo, porque está en el centro de su humildad»[12].

Es este silencio del corazón el que nos capacita para ver a Dios. Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. Y nos capacita para ver al hermano desde la verdad, para acogerlo en su realidad, sin proyectar sobre él nuestras ilusiones o nuestras frustraciones o nuestras tentaciones de dominio. Este sosiego y ésta paz del corazón nos da la capacidad que necesitamos para amar, convirtiendo el nuestro en un amor adulto, en un amor, digamos, teologal. Un amor que nos hace salir de nosotros mismos, nos vuelve maduros y hace crecer el Reino de Dios en la vida ordinaria, la de todos los días ■

[1] Con la denominación Padres del desierto, Padres del yermo o Padres de la Tebaida se conoce, dentro del Cristianismo, a los monjes, eremitas y anacoretas que en el siglo IV tras la paz constantiniana abandonaron las ciudades del Imperio Romano (y otras regiones vecinas) para ir a vivir en las soledades de los desiertos de Siria y Egipto (famosa se hizo la Tebaida por tal fenómeno).El primero, entre los conocidos, de tales anacoretas fue el egipcio Antonio Abad. En Siria hubo otros, como Simón el estilita. En la ascesis solitaria tales padres (en arameo sing.: abba) y madres (amma) buscaban lo que en griego se ha llamado hésykia, es decir una paz interior para posibilitar la re-unión o unión mística con Dios (N. del E.)
[2] Huye, calla y reposa (N. del E.)
[3] Erich Fromm (1900-1980) fue un destacado psicólogo social, psicoanalista, filósofo y humanista alemán.
[4] Cfr Ef 4,13
[5] Mt. 6, 19-23.
[6] Cfr Ex 3,13-14 (N. del E.)
[7] Cfr 1 Corintios 6, 19.
[8] Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento
.
(Himno Ven, Espíritu divino)
[9] 2S. 9,11. San Juan de la Cruz (1542–1591) fue un poeta místico y un religioso carmelita descalzo que junto con Santa Teresa llevó a cabo la reforma de la Orden Carmelita.
[10] Mc 7, 20-23.
[11] El autor se refiere a Anthony de Melo (N. del E).
[12] I S.13,13.

Ilustración: BOSCH, Hieronymus Bosch, San Jerónimo en oración, (1505), óleo sobre taba, (80,1 x 60,6 cm), Museum voor Schone Kunsten (Gante, Bélgica).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris