LA ORACION DE TODOS LOS SENTIDOS*

III (y último)

LA LITURGIA O LA UNIFICACIÓN DE
TODOS LOS SENTIDOS.

Una lectura pausada y atenta de la obra de San Juan de la Cruz será de gran utilidad para no desconfiar de las sensaciones en la oración, sean estas auditivas, visuales, gustativas u olfativas[1]. Orar en efecto no es buscar sensaciones. Tampoco es complacerse en ellas, sino que es acogerlas, si llegan, como un don de Dios. Conviene usarlas con discernimiento: de los sentidos, como de la razón, existe una utilización divina, natural y buena, pero también una demoníaca.

La utilización divina o celeste, es la utilización que podemos hacer de ellos en la oración: orientarlos hacia Dios e ir así hacia Él con todo nuestro ser. La utilización natural o terrestre, es la utilización que podemos hacer de ellos en la meditación, para mejor escuchar, ver, gustar, tocar, respirar aquello que es.

La utilización equivocada es la utilización que podemos hacer de ellos en un narcisismo estéril y esquizoide que nos separa de lo Real. Uno se encierra entonces en una serie deshilvanada de sensaciones que son tomadas como toda la realidad y así se termina en una absolutización de lo relativo, una nueva una forma de idolatría.

Así la sensación se convierte en un icono, una imagen o un ídolo. Un icono cuando nos pone en presencia de Dios; realidad visible que nos conduce a la Realidad Invisible. Una imagen cuando nos revela la belleza de toda superficie pero sin penetrar en su profundidad. Un ídolo cuando estamos alienados a su forma particular y se siente la tentación de tomarla por la única realidad.

La liturgia en la tradición antigua, que es el lugar de la oración común, va a ser también el lugar de la purificación y de la unificación de todos los sentidos. Esta Liturgia se dirige, en efecto, no solamente al intelecto y al corazón, sino a todos los sentidos: al oído a través de los cantos, a los ojos a través de los iconos y por medio de la luz; al tacto por los gestos, la postura, las metanías (postraciones) y el contacto con los iconos, al gusto por la Eucaristía, y finalmente al olfato por el incienso. Por eso es que ningún sentido debe ser excluido de la alabanza. El hombre en su ser completo debe entrar en la Presencia. Se trata del mismo proceso de la Transfiguración.

La Liturgia, es la oración de todos los sentidos reunidos, como ovejas razonables, ante la llamada del Verdadero Pastor. Así el hombre puede entonces cantar con San Agustín: ¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre éstas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste y me abracé en tu paz[2]

*Jean-Yves Leloup (1950), es un teólogo ortodoxo conocido por sus estudios en la obra y el pensamiento de Meister Eckhart y del Hinduismo, Judaísmo y Budismo, y por difundir el hesicasmo, doctrina y práctica ascética difundida entre los monjes cristianos orientales, principalmente los de la llamada Iglesia Ortodoxa, a partir del siglo IV con los llamados Padres del Desierto.
[1] Juan de Yepes Álvarez (1542–1591), conocido como estudiante con el nombre de fray Juan de Santo Matía y más tarde como San Juan de la Cruz, fue un poeta místico y un religioso carmelita descalzo del Renacimiento español. Desde 1952 es el Patrono de los poetas en lengua española.
[2] Confesiones X, cap. XXVII, BAC, Madrid 1998, p. 424.
Ilustración: Ridolfo Ghirlandaio, La Adoración de los Pastores (detalle) 1510, óleo sobre madera, Museo de Bellas Artes de Budapest.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris