XXVI Domingo del Tiempo Ordinario

Para nadie resulta novedoso o sorprendente el afirmar que en el fondo de los diferentes problemas, el auténtico problema es el de la verdad: ¿Se puede conocer la verdad? O, ¿el problema de la verdad en el ámbito de la religión y de la fe es mera y simplemente inapropiado?, ¿Qué significa la fe, qué significa positivamente la religión, si no puede entrar en relación con la verdad? Quid es veritas, por decirlo en una sola pregunta, la misma que atraviesa toda la historia de la salvación[1].

A pesar de que Eldad y Maldad se habían quedado en el campamento, lejos de los setenta ancianos, el Espíritu de Dios también se posa sobre ellos y comienzan a profetizar[2]. ¿Significa esto que entre todos conocemos toda la verdad e incluso que aquellos que no profesan nuestra fe católica también se encuentran en posesión de la verdad?

Fuera del cristianismo la humanidad puede, sin duda, excepcionalmente, elevarse a ciertas alturas espirituales, y es un deber para nosotros, deber a menudo demasiado descuidado quizás, explorar esas alturas para alabar al Dios de las misericordias: la piedad cristiana hacia los que no profesan su fe, que no procede jamás del desprecio, puede nacer a veces de la admiración[3].

Se hace necesario, pues, tener claro que no todas las religiones son semejantes. «De hecho hay formas de religión degeneradas y morbosas, que no edifican al hombre, sino que lo alienan, —la crítica marxista de la religión no brotó sencillamente de la nada—. E incluso religiones a las que se debe reconocer grandeza moral y el empeño por hallarse en el camino hacia la verdad, pueden ser morbosas en algunos trechos de su camino.

»En el hinduismo (que propiamente es un nombre colectivo que agrupa gran variedad de religiones) hay elementos grandiosos, pero también hay aspectos negativos: su conexión con el sistema de castas; la cremación de las viudas, algo que se había establecido inicialmente a partir de ideas simbólicas; los abusos del saktismo[4], por referirnos tan sólo a unos cuantos ejemplos.

»Pero también el Islam, a pesar de sus grandezas, se halla en constante peligro de perder el equilibrio, de dar entrada a la violencia y de hacer que la religiosidad se desvíe hacia lo exterior y lo ritualista.

»Y, claro está, existen también, como todos sabemos perfectamente, formas morbosas de lo cristiano: por ejemplo, cuando los cruzados, al conquistar la ciudad santa de Jerusalén, en la que Cristo había muerto en favor de todos los hombres, realizaron, por su parte, un baño de sangre entre musulmanes y judíos. Esto significa que la religión exige diferenciación: diferenciación entre las formas de las religiones, y diferenciación en el interior de la religión misma, para apreciar cuál es su verdadera altura. Con la equiparación de los contenidos y con la idea de que todas las religiones son iguales en el fondo, no llegaremos muy lejos».

El texto es de Joseph Ratzinger, y se recoge en Fe, verdad y tolerancia[5].

Me quedo con la frase «la religión exige diferenciación: diferenciación entre las formas de las religiones, y diferenciación en el interior de la religión misma, para apreciar cuál es su verdadera altura».


Me pregunto cuántos estamos dispuestos a buscar de corazón, y en conciencia, «la diferenciación el interior de su religión». Dicho con otras palabras: hemos de saber diferenciar tonterías y nimiedades que llevamos en el interior de nuestra religión –debidas sin duda a ascéticas caducas que tienen más que ver con el momento histórico- del auténtico espíritu del Evangelio que nos hace libres y comprensivos y receptivos con todos los hombres. Nadie tiene el derecho de decir como Caín: ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? Nadie es cristiano para sí solo[6].

Hemos de evitar los excesos, como la afirmación –terrible- de Saint Cyran que decía que «no cae ni una sola gota de gracia sobre los paganos» y la actitud de los jansenistas[7] quienes «temían envilecer el don de Dios si lo prodigaban»[8].

Bien lo habían comprendido aquellas santas de la Edad Media que en tiempos en que la Cristiandad debía concentrarse periódicamente, replegarse por así decir sobre sí misma contra el empuje del Islam, contribuían a mantener vivo el puro ideal de la Catolicidad: Matilde de Magdeburgo[9] que quería tomar sobre sí los temores y esperanzas, dolores y alegrías de la humanidad entera, y componía una «oración universal por la salvación»; un poco más tarde Ángela de Foligno[10] que repetía en su plegaria «Que vuestro Amor abrace todas las naciones» o, cuando el gran Cisma, Catalina de Siena[11], que declaraba que su única preocupación era la salvación del mundo y, después de haber trabajado sin descanso por la paz y la unidad de los cristianos, ofrecía su vida «por el Cuerpo místico de la santa Iglesia». Esto era responder al deseo de Cristo. Era asociarse a la plegaria de aquellos sacerdotes y monjes que, en su Oficio de Maitines, símbolo de la sexta edad del mundo, soñaban en los innumerables pueblos destinados en ésta ultima edad a ser reunidos de todas las comarcas del universo, antes que la Iglesia entre finalmente en la paz[12]. Era hacer suya la frase de Metodio de Olimpia[13]: «La Iglesia está con dolores de parto hasta que todos los pueblos hayan entrado en su seno»[14]

[1] Jn 18, 38.
[2] Cfr Num 11, 25-29.
[3] H. de Lubac, Catolicismo. Aspectos sociales del dogma, Encuentro, Madrid 1988, p. 157-158.
[4] Básicamente el culto de las manifestaciones femeninas de la realidad suprema en el hinduismo y que tienen una importancia especial en Bengala y Assam.
[5] Ediciones Sígueme, ISBN: 8430115196. ISBN-13: 9788430115198.
[6] Cfr. S. Agustín, sermón 115, n. 4, PL 38, 657.
[7] El jansenismo fue un movimiento religioso de la Iglesia católica, principalmente en Europa, de los siglos XVII y posteriores. Su nombre proviene del teólogo y obispo Cornelio Jansen (1585-1638). La obra fundamental del jansenismo es el Augustinus, escrito por Cornelio Jansen pero publicado de forma póstuma debido a la controversia teológica que hubiera podido generar.
[9] Matilde de Magdeburgo (+1285> entró en el monasterio de Helfta tarde en su vida, después de haber vivido como Be­guina en Magdeburgo. Por mandato de su confesor, escribió sus revelaciones en un libro La Luz fluida de la Divinidad en el alma, que relata su intimidad con el Señor en el ministerio de su Corazón
[10] Ángela de Foligno fue terciaria franciscana, mística y escritora medieval y es venerad.
[11] Santa co-patrona de Europa e Italia y Doctora de la Iglesia Católica.
[12] Amalario, De ecclesiasticis officiis, 1.4, c.10, PL 105, 1189. Beda, In Marc. 92, 195, 7
[13] Su vida es mencionada en la obra de Jerónimo de Estridón De viris illustribus, y en la historia de Sócrates de Constantinopla. Fue sucesivamente obispo de Olimpia, Patara (Licia) y Tiro. Después de haber sido desterrado a Calcidia por las intrigas de los arrianos, sufrió el martirio.
[14] Banquete, discurso 8, c.5

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris