EL HOMBRE INTERIOR*
I.

Desnudo el pecho y descalzo entra el hombre en el mercado,
está cubierto de barro y polvo,
pero ¡como sonríe!
Sin recurrir a poderes místicos hace florecer,
en un momento los árboles marchitos.
Cuento Zen

Atraídos por lo envolvente.

El protagonista de todos esos procesos que hemos descrito hasta aquí[1], desde Plotino y Proclo, hasta Eckhart y sus sucesores, ha sido el hombre. ¿Quién es ese hombre interior que ha permitido a Eckhart ser Eckhart, a Proclo ser Proclo y a Dionisio ser Dionisio, y, en definitiva, a todos nosotros ser aquello que somos? No hay otra misión en el hombre, no hay otro valor, no hay otra plenitud que alcanzar lo que uno ya es. Estamos llamados a ser lo que somos y por lo tanto toda la vida de interiorización nos va a conducir o nos debe conducir a ser eso que, en el fondo, ya somos; no vamos a conseguir otra cosa fuera de nosotros mismos sino lo que ya somos.

Cuando nos acercamos a esos grandes místicos que nos han fascinado y atraído, tenemos que plantearnos, precisamente, por qué nos han fascinado y por qué nos han atraído. En el fondo nos fascinan y nos atraen porque hay algo en nosotros mismos que refleja lo que ellos son.

El hombre de hoy tiene una verdadera necesidad de interiorización, de profundización. El mundo que tenemos fuera cada día nos atrae más, hay más ruido, nos atrae el consumo, el dinero, el mundo de fuera es un mundo lleno de incitaciones, y de repente, el hombre se siente como desgarrado, dividido entre eso que está fuera y nos atrae, incluso legítimamente nos atrae, y esa otra cosa que hay dentro que nos está interpelando y llamando desde una interioridad que nos cuesta mucho trabajo saber que es exactamente.

El camino de la interioridad, el camino de la contemplación es intentar oír por un instante esas voces que vienen desde dentro del hombre; intentar oír esas voces, unas voces que están veladas, ocultas, pero que nos están instando a que las oigamos, porque de ello depende nuestra felicidad.

El camino hacia dentro es el camino de la búsqueda del "yo", el camino de la búsqueda de uno mismo, del uno mismo que está ahí escondido, del uno mismo que está queriendo ser interpelado pero que está oculto en el fondo, velado, más allá de toda explicación, y ese "uno" es un Él que se convierte en Tu, para permitirme descubrir que es un Yo, y así al final de nuestro camino nos vamos a encontrar que lo que nos interpela y nos llama y nos fascina, es precisamente lo divino que hay en todo hombre. Todos nosotros guardamos una chispa divina, y esa chispa divina siente que se ahoga y que necesita ser oída. El camino de interiorización será intentar la búsqueda de esa chispa que escondida y oculta nos llama y nos interpela; y esta interpelación es para todo hombre.

Cuando hablamos de mística estamos hablando de la necesidad que tiene todo hombre de sentir, de alguna forma, la vivencia de lo envolvente, por el gran misterio; ese misterio interpela al hombre, y nos interpela a todos los hombres. La mística no está reservada a unos pocos, como si la experiencia de Dios no estuviese hecha par el hombre, cualquier hombre tiene derecho a esta experiencia y no sólo tiene derecho, sino que la necesita y la ansía. Más aún sin participar de algún modo de esa experiencia corre el serio riesgo de frustrarse como hombre.

Pero esta experiencia, en occidente, se la ha proyectado casi siempre hacia fuera, como si Dios fuese algo ajeno al hombre, cuando en el fondo se trata de un Dios íntimo, donde uno se encuentra a sí mismo, ahí va a encontrar lo divino. Por lo tanto, el camino de la interiorización es un camino al centro, es un camino hacia adentro, es un camino de interioridad, no hacia fuera. ¿Por qué? Porque cuanto más identifique yo mi propio camino con lo que yo soy, encontraré en el fondo de lo que yo soy, lo que estoy buscando, que es a Él. "Él" que es el nombre de Dios, último, definitivo, que no sabemos bien lo que significa pero presentimos que hay algo cuando decimos: Él. Él se yo y yo soy Tú y Tú eres Yo, y ahí es dónde el hombre se encuentra con la divinidad.

Más allá de la ascética.

Cuando emprendemos el camino de la interiorización, tendemos a detenernos en la parte de la ascética: hay que limpiar, hay que purificar, y hemos perdido tanto tiempo purificándonos, hemos perdido tanto tiempo en la penitencia, que nos hemos olvidado del motivo. Es como cuando se invita a alguien importante a casa y se está todo el día arreglado la casa, pero haciendo tanto hincapié en la preparación (la limpieza, la purificación, la ascética, el pecado) acabamos olvidándonos del invitado. Él llama a la puerta y no le oímos porque estamos enfrascados en el ruido de la aspiradora. Ha llegado el momento de que nos olvidemos un poco de tanta limpieza. Nosotros no hemos e perder el tiempo continuamente en purificarnos, nosotros no podemos perder el tiempo en la penitencia, porque si estamos todo el tiempo limpiando la casa y llegan las once de la noche y el invitado no ha venido, hemos perdido el fin de la invitación. No es que no sea imprescindible la limpieza para la vida espiritual, pero no es el fin de la vida espiritual[2]. Dios o el misterio, o como lo queramos llamar, esa última esencia de la realidad nos ama mucho antes de habernos purificado, no nos ama porque seamos limpios, nos ama gratuitamente: «Desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre»[3].

Nuestra vida está hecha para buscar la presencia del invitado, la vida espiritual no es más que la búsqueda de la presencia de lo envolvente. Y esa pura presencia ya es purificadora, si alguna vez alcanzáramos de verdad llevar a nuestra mesa el "invitado", su sola presencia purificaría todo lo demás. Por eso, a veces, es nuestra espiritualidad tan pobre, porque se limita a hacernos luchar, continuamente, contra el pecado, contra la suciedad. Y está claro que si uno invita a alguien tiene interés en que encuentre lo mejor posible la mesa, es obvio para las personas que se sienten atraídas por la invitación que traten de buscar la limpieza, pero no como fin, sino como medio. La purificación a la que nos lleva la ascesis es un medio para el fin, y el fin es la presencia de lo envolvente, la presencia de lo último, es Dios mismo quien queremos que esté allí, no pasarnos la vida luchando con nuestras imperfecciones, nuestras pequeñeces, nuestra falta de limpieza, nuestra opacidad; está claro que somos opacos, está claro que a veces no estamos limpios, pero todo eso es previo al encuentro, y hay que darle la importancia que tiene. La purificación está en todas las religiones de todos los pueblos de la Tierra, todo hombre sabe que la presencia de Dios por sí misma abrasa, limpia, quema, ella sola limpia todo lo demás. Es verdad que se necesita la predisposición para el encuentro, pero el encuentro mismo es purificador, es lo que se llama en la tradición clásica de nuestra mística, la purificación pasiva, ¡que más purificación que estar en la presencia del Amado!

El camino es a la vez viaje y fin, pero en la medida en que en cada instante del viaje se convierta en el encuentro con el Amado, si no hay encuentro con la Presencia, mi viaje espiritual no vale para nada. No vale nada si uno lucha con sus defectos y al final no encuentra la presencia de lo que está buscando. Solamente tengo que luchar contra mis defectos para que no me obnubile la vista ante la presencia del Amado, una vez que estoy delante de Él todo se borra.

Por eso, una primera actitud que uno descubre en los grandes místicos, es su actitud de predisposición al encuentro, indudablemente limpia, honesta, como base, pero no como fin. La predisposición última de la vida espiritual es el sentimiento profundo de una presencia incognoscible, incomprensible, inaprensible y cuando uno nota y vislumbra la presencia, puede decir que está empezando a entender qué es esto del viaje o del camino espiritual.

También el cuerpo que somos forma parte de nuestra vida contemplativa. De hecho, cuando una persona inicia una vida de oración, inicia una vida contemplativa, el cuerpo entero parece que va cambiando y se va habituando y hasta se producen cambios fisiológicos. La persona que ora normalmente tiene un cuerpo flexible, atractivo, acogedor. Los cuerpos rígidos, duros, repelen hacia fuera porque el hombre se está defendiendo y no está acogiendo. La oración siempre hace que un cuerpo sea atractivo, aunque no cumpla ninguna de las reglas de la estética, porque la oración cambia los hábitos del hombre y cambia hasta la fisonomía, un hombre que ora, un hombre contemplativo acaba teniendo un cuerpo de contemplativo, porque el cuerpo es parte de la contemplación. El cuerpo forma parte de nuestra integridad y de nuestra integridad espiritual, somos un todo espiritual.

Toda nuestra creación está gimiendo con dolores de parto[4], pero aunque gimamos con dolores de parto sabemos que un parto siempre acaba dando a luz al algo que es la vida. Y mientras gimamos tenemos que preparar el cuerpo para el cuerpo glorioso, que es en definitiva para lo que estamos llamados a ser.



* M. Toscazo, G. Ancochea, Místicos Neoplatónicos-Neoplatónicos místicos: de Plotino a Ruysbroek, Editorial Etnos-Indica.
[1] El autor se refiere a los capítulos precedentes del libro.
[2] Los tratados clásicos de mística –como hemos señalado anteriormente– siempre han hablado de las tres fases de la vida interior: la purgativa, la iluminativa y la unitiva, pero –dejando de lado el miedo visceral de todas las estructuras eclesiásticas a la experiencia mística– parece que el hombre común debiera limitarse a la fase "purgativa" y como mucho aspirar a la iluminativa, como si el resto fuese el "privilegio" de unos pocos y no, como hemos señalado, la necesidad –y, por tanto, el derecho– de todo hombre.
[3] Is 49, 1.
[4] Rm 8, 19-22.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris