XVI Domingo del Tiempo Ordinario

El texto que escuchamos hace unos minutos en la segunda de las lecturas es uno de los pasajes de las cartas de san Pablo que más se ha comentado a lo largo de la historia del cristianismo[1]. Muchos se han preguntado –y de hecho la pregunta sigue abierta- qué es exactamente ésa espina que Pablo dice llevar clavada en la carne[2].

La verdad es que no tiene mucha importancia saber a qué se refiere exactamente san Pablo, lo relevante es lo que Dios responde cuando el apóstol le pide que lo libre de aquel sufrimiento: Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad.

Cuando en el evangelio le preguntan a Jesús mismo qué hacer para alcanzar la vida eterna –pregunta que seguramente cada uno de nosotros nos hemos hecho con frecuencia- la respuesta es todavía más clara: Amarás al Señor tu Dios (…) y a tu prójimo como a ti mismo[3].

Los tres amores del cristiano son pues, Dios, el prójimo y uno mismo; y este último es tan importante como los otros dos: nuestra felicidad depende del equilibrio entre estos tres amores: [es decir] de un grande amor a Dios, de un profundo amor hacia los hermanos y de un sano amor por nosotros mismos. En otras palabras: autoestima y Evangelio son totalmente compatibles[4].

Es bueno detenerse un momento en esto pues existe en la vida espiritual la tentación de ser demasiado rígido, de poner en el centro de todo la mortificación y el sacrificio y esto más que ayudar hace daño y debilita la propia espiritualidad.

A lo largo de la historia muchos han entendido la vida espiritual como pura competición, poniendo el listón cada vez más alto –para ser cada vez más dueños de sí mismos- y convirtiendo la vida espiritual en una especie de tiranía sobre las propias necesidades y deseos[5].

¿Cuál es la posición adecuada? ¿Cuál es la actitud correcta? Desde luego hay que evitar los extremos. Ni es todo absolutamente malo, ni es del todo sano dar al cuerpo todo lo que pide. En medio está la virtud[6].

¿Qué hacer frente a las propias faltas y debilidades? Luchar. Pero luchar con una actitud positiva y alegre. Sin fatalismos, sin caer en lo que se ha llamado la teología del gusano: no puedo nada, no soy nada, no valgo nada[7].

El mundo, y sus habitantes y las cosas que Dios ha creado son buenos. Quien rechaza todo placer por volverse más espiritual se vuelve insoportable y agresivo, y termina creyendo que hombres y mujeres fuimos creados únicamente para ofrecer sacrificios, no para disfrutar ni para tener una vida hermosa.

Que el sufrimiento forma parte de la vida es evidente, el fundamento de esta afirmación es que el sufrimiento mismo fue parte integral de la vida del Señor, sin el hombre no alimenta únicamente su alma de sufrimiento, o de contradicción o de mortificación. Dios hizo al hombre, lo primero de todo, para vivir, y con la encarnación del Señor ésa vida se ha vuelto plena y alegre. Muy alegre.

Si queremos vivir plenamente la vida que Dios nos regala[8] hemos de estar preparados para decir que sí al sufrimiento que vayamos encontrando a lo largo del camino de la vida[9], pero con una actitud positiva, con la certeza de que aunque haya aguijones, aunque haya espinas, aunque haya tormentas y el barco parezca llenarse de agua, nos basta Su gracia: Su poder se manifiesta en la debilidad[10]

[1] Cfr 2 Cor 12, 7-10.
[2] Aguijón puede significar en el original una estaca que alguien clava en la tierra o una espina que irrita de forma constante. Esto conlleva la idea de algo agudo y doloroso que golpea de manera profunda. Cuando Pablo hace referencia a «un aguijón en la carne» parecería como si el efecto de su presencia estuviera inhabilitándolo del disfrute de la vida y lo frustraba al reducir sus energías. Ha habido muchos intentos de identificar el aguijón, todos ellos inciertos. Algunas personas han sugerido tentaciones espirituales, dudas, depresión, sugerencias blasfemas, tentaciones sensuales. Pero ninguno parece adaptarse al caso. Cualquiera que fuera, le dolía, humillaba y limitaba. Al principio Pablo lo vio como una deficiencia restrictiva; pero cuando lo observó en su verdadera perspectiva, lo llegó a estimar como un beneficio. Dios no reserva ni incluso a sus siervos escogidos de padecer algunas veces sufrimientos agudos, pero también imparte el poder para levantarse por encima de estos aguijones. Pablo opinaba que este aguijón era un obstáculo para su ministerio, e imploró por su eliminación en tres ocasiones (2 Corintios 12.8). Él no se detuvo a preguntar por qué el mismo estaba ahí, sólo quería desprenderse de él para siempre. La suya no era una petición divagante, sino un profundo clamor del corazón, porque su afección lo estaba atormentando. Él actuó como si este fuera un dolor sin propósito. ¿Era Dios indiferente hacia el sufrimiento y la súplica de Pablo? El Señor respondió al clamor de su corazón.
[3] Lc 10, 25-27;
[4] Cfr A. Grün, Portarse Bien Con Uno Mismo, Ed. Sígueme, Salamanca 1997. cap. 3: Rigorismo en la vida espiritual.
[5] Decía Henry Bremont que el panascetismo (todo ascesis) es tan peligroso como el panhedonismo (todo placer). Que renunciar sea siempre mejor que disfrutar parece no tener nada que ver con el mensaje de Jesús. Pero igual de negativa es la postura que piensa que mi vida espiritual siempre me tiene que servir para algo, que siempre ha de tener sentimientos fantásticos. Pero el panhedonsimo puede presentarse con otros ropajes. Lamentándose, por ejemplo, de lo difícil que es todo. La postura ascética de los siglos pasados, mucho hombres la viven ahora dolorosamente: "No hay nada que hacer, así me han educado. Es todo muy difícil. No puedo cambiar de la noche a la mañana. No tengo más remedio que aceptarme como soy". En esta postura dolorosa hay mucho de falta de esperanza y de ausencia de autoestima, de agresividad ante sí mismo, mientras que una ascesis auténtica adopta una actitud positiva frente a uno mismo
[6] In medio, virtus.
[7] La perversión de la ascesis en el cristianismo ha sido sobre todo por culpa de los perfeccionistas, que han entendido mal las palabras de Jesús: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt. 5, 48). Cuando el Señor afirma que hay que ser perfectos, quiere decir ser plenos, no indefectibles. El perfeccionista quiere parecerse a Dios más cada día. Quisiera identificarse con Él. Pero la identificación con Dios como máximo paradigma, puede introducir al hombre "en una especie de espiral de exigencias cada vez más altas consigo mismo, de opresiones dolorosas y de sentimientos depresivos de inferioridad". El perfeccionista se ha construido un sistema de presión que se manifiesta en exigencias de renuncia muy concretas y en un gran número de oraciones y de ritos. Los perfeccionistas casi siempre se imponen la observancia de una serie de oraciones y de buenas obras tan rígida como pedante, cuyo cumplimiento es el objetivo de su vida. Este ritual somete al hombre, no lo libera, sino que cada día le infunde más terror, acrecienta poco a poco el número de ritos o al menos exige un cumplimiento cada vez más intenso. Cuando no se tiene en cuenta la estructura del alma humana, algo termina por forzarse. Cuando se desconoce la vida instintiva y las necesidades del cuerpo, sólo se piensa en la mortificación. La consecuencia es que los instintos reprimidos retornan y constantemente piden la palabra o como tentación o como sistema neurótico. La consecuencia de todo esto es un hombre sin sangre, sin alma y sin espíritu. Lo que queda es un alma náufraga.
[8] Cfr Jn 10, 10.
[9] Esta es una actitud típicamente pagana, tal como se presenta en la lucha de Polícrates. Polícrates tiene la sensación de que nunca podrá ser feliz, de que tras la felicidad viene necesariamente la infelicidad. Por eso no puede alegrarse con su felicidad
[10] Cfr 2 Cor 12, 7-10.
Ilustración: Georges Rouault, Equestrienne, colección particular.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris