XV Domingo del Tiempo Ordinario

A lo largo de la historia la Iglesia en su catequesis y en la transmisión de sus enseñanzas se ha valido de la analogía para hacerse entender. El mismo Señor usaba algo similar cuando predicaba: las parábolas[1]. A propósito de la vida del profeta Amos –de cuyo libro hoy escuchamos un breve pasaje- y de las palabras de San Pablo en la segunda de las lecturas –para esto estábamos destinados, por decisión del que todo lo hace según su voluntad: para que fuéramos una alabanza continua de su gloria- hay un texto de ésos que se cuentan por cientos en la red y que son fruto de la sabiduría popular que quizá pueda ayudarnos en éste rato de oración dentro de la celebración de la Eucaristía.

«Un día, después de mucho caminar, de no encontrar casi nada y de ver que nada tenía sentido me di por vencido. Fue así que renuncié a mi trabajo, a mis relaciones y a mi espiritualidad. Renuncié a mi vida, en una palabra. Y como también decidí que renunciaba a Dios, pensé que era el momento de tener una última conversación con Él[2].

“Oye” –le dije cuando llegué por fin después de caminar un par de horas hasta un sitio apartado-“¿te importaría decirme algo antes de marchar?”. Hubo un rato de silencio. Corría un viento suave. Era la brisa de la tarde, ésa de la que habla la Escritura[3]. Su respuesta me sorprendió. “Mira a tu alrededor”, dijo. “¿Alcanzas a ver el helecho y el bambú?”. “Sí”, respondí. “Cuando sembré las semillas del ambos las cuidé muy bien; les di luz, agua, un buen suelo. El helecho rápidamente creció. Su verde brillante cubría el suelo. Pero nada salió de la semilla del bambú. Sin embargo no renuncié a él. Durante el segundo año el helecho creció más brillante y abundante y nada de la semilla de bambú. Otra vez decidí no renunciar a él. En el tercer año nada brotó de la semilla del bambú pero volví a confiar en él. Al llegar el cuarto el bambú seguía sin hacer nada pero pensé que sería bueno darle otra oportunidad. Al cabo del quinto año un pequeño brote salió de la tierra. En comparación con el helecho era aparentemente muy pequeño e insignificante, sin embargo en sólo unos meses creció muchísimo. Durante cinco años el bambú estuvo echando raíces, esas raíces lo hicieron fuerte y le dieron lo que necesitaba para sobrevivir.

“Sabes” -continuó- “no daría a ninguna de las cosas que he creado ningún reto que no pudiera sobrellevar”. Y guardó un profundo y elocuente silencio. Al cabo de un rato, continuó: “Todo este tiempo que has estado luchando y que te has sentido terriblemente solo, lo que en realidad ha sucedido es que has estado echando raíces. No renuncié al bambú y no renuncio a ti, aunque tú renuncies a Mí. No te compares con otros. El bambú tenía un propósito diferente al del helecho, sin embargo, ambos eran necesarios y hacían del bosque un lugar hermoso. Tu tiempo vendrá, y crecerás muy alto”. “¿Qué tan alto?”, pregunté. “¿Qué tan alto crecerá el bambú?" respondió. “Tan alto como le sea posible”, dije. “Exacto”, respondió “crece tan alto como puedas”.

Aquella tarde me marché de allí en paz, entendiendo que Dios no renuncia a sus criaturas, especialmente al hombre y la mujer, que son el centro de su creación[4]. Que los buenos días dan felicidad y los menos buenos, experiencia. Que la felicidad mantiene la dulzura del corazón y los esfuerzos nos mantienen fuertes. Las penas, humano y las caídas, humilde. Y que el éxito lo vuelve a uno brillante pero sólo Dios mantiene el camino»[5]

[1] Las parábolas en realidad no son fábulas ni alegorías pues se basan en hechos u observaciones creíbles, siendo la mayoría de estas historias sobre la vida cotidiana. Las parábolas de Jesús están recogidas en los cuatro Evangelios canónicos.
[2]
[3] Cfr Gen 3,8.
[4] Cfr Salmo 8: «Señor, Dios nuestro (…)
Qué es el hombre para que te acuerdes de él;
el ser humano, para darle poder»
[5] Gaby (Naveda), ¡Muchas gracias por haber compartido éste texto! Mira dónde terminó.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris