De rodillas, Señor ante el Sagrario
que guarda cuanto queda
de amor y de unidad,
venimos con las flores de un deseo
para que nos las cambies
a frutos de verdad.
Cristo en todas las almas
y en el mundo la Paz.
Como ciervos
que van hacia la fuente,
vamos hacia tu encuentro,
sabiendo que vendrás;
porque el que busca
es porque ya en la frente
lleva un beso de paz,
lleva un beso de paz.
Como estás, mi Señor,
en la custodia,
igual que la palmera
que alegra el arenal,
queremos que en el centro de la vida reine sobre las cosas
tu ardiente caridad ■
Himno del Congreso Eucarístico de 1952 (Barcelona).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris