VI Domingo del Tiempo Pascual

Poco a poco nos vamos acercando a la enorme e importe celebración de Pentecostés [es decir] la fiesta del Espíritu Santo con la que la Iglesia concluye el tiempo pascual[1].

El evangelio que escuchamos hace unos momentos recoge las palabras del Señor en la noche del jueves Santo cuando se despide de sus apóstoles y les entrega el Mandamiento nuevo[2].

Y quizá las palabras del Señor –que escuchamos año con año- ya no tengan tanta fuerza en nuestros oídos o en nuestro corazón; quizá nos parecen incluso aburridas o tediosas. En la predicación se nos insiste tanto en eso del amor de los unos por los otros que la idea posiblemente pasa ya sobre nuestra alma como pasa el agua sobre las piedras de un río: sin empapar el interior.

Es verdad que cuando uno oye esto de que debemos amarnos unos a otros como el mismísimo Señor nos amó, se puede pensar «caray, ya bastante hago con no quejarme y aguantar, como para que, encima, deba amar a todos».

Bueno, pues justamente por eso Jesús habla de un mandamiento nuevo: porque querer a todos, comprender a todos y tener para todos una palabra de cariño es una auténtica novedad.

¿Y cómo hacer práctico, tangible ese amor de los unos por los otros? Hay tantas formas como personas sobre la tierra. Una manera práctica, efectiva y concreta de amar es, por ejemplo, escuchar. Sí: escuchar con paciencia y con atención.

Reconozcámoslo: no escuchamos. No sabemos escuchar. O, para ser exactos, no escuchamos más que la televisión. O el ipod. ¿Es porque nadie nos ha enseñado a escuchar? ¿O porque el arte de oír es mucho más difícil que el de hablar? Quizá.

Zenón de Elea decía hace dos mil años que tenemos dos oídos y una boca porque oír es el doble de necesario y dos veces más difícil que hablar...

[Y es que] para escuchar hacen falta algunas cosas: (1) tener el alma despierta –no dormida, ni aletargada por el pecado-, (2) abrirla para recibir al que, a través de sus palabras, quiere entrar en nosotros; y (3) ponernos en su situación y comprenderlo.

Pero sobre todo olvidarnos de nosotros mismos para ocuparnos por la otra persona, ¡todo un arte! ¡Todo un apasionado ejercicio de la caridad! Una forma muy práctica de amar a los demás.

Perdamos ese terrible miedo que tenemos a gastar nuestra vida, nuestro tiempo, nuestro espacio escuchando a los demás. Quizá por eso –porque somos egoístas y el egoísmo es el cáncer del amor- hay tantas personas solitarias que andan por ahí, vagando, con el alma llena de recuerdos o basuras que desearían soltar y que no saben dónde.

Escuchemos.

Justo por ése saber escucharnos pacientemente los unos a los otros, sabremos reconocernos como auténticos cristianos, sabremos que estamos actuando conforme al evangelio. Es una especie de prueba de fuego, de prueba de calidad, de ISO 9000 de nuestra fe cristiana[3].
Una señal de que hemos hecho vida en nuestra vida el Mandamiento nuevo que Jesús nos dejó la última noche que pasó entre nosotros.

Sigamos preparándonos para la alegre solemnidad de Pentecostés; preparándonos por dentro y por fuera, al tiempo que le pedimos a nuestro Señor que nos ayude a recibir su Espíritu, y con Él, con la vida de la gracia y la protección del Padre, demos testimonio de la fe cristiana que vivimos y profesamos ■

[1] Pentecostés (del griego pentekosté (heméra) "el quincuagésimo día") describe la fiesta del quincuagésimo día después de la Pascua (Domingo de Resurrección) y que pone término al tiempo pascual. Durante el Pentecostés se celebra el inicio de la actividad de la Iglesia. Es la fiesta más importante después de la Pascua y la Navidad. El fondo histórico de tal celebración se basa en la fiesta semanal judía llamada Shavuot (fiesta de las semanas), durante la cual se celebra el quincuagésimo día de la aparición de Dios en el Sinaí, por lo tanto en el día de Pentecostés también se celebra la entrega de la Ley (mandamientos) al pueblo de Israel. Pentecostés inspira también el segundo movimiento cristiano protestante más grande del mundo, el Pentecostalismo, que cuenta con más de 570 millones de seguidores.
[2] Cfr Jn 15, 9-17.
[3] La familia de normas ISO 9000 son normas de "calidad" y "gestión continua de calidad", establecidas por la Organización Internacional para la Estandarización (ISO) que se pueden aplicar en cualquier tipo de organización o actividad sistemática, que esté orientada a la producción de bienes o servicios. Se componen de estándares y guías relacionados con sistemas de gestión y de herramientas específicas como los métodos de auditoría (el proceso de verificar que los sistemas de gestión cumplen con el estándar).

Ilustración: Maurice Denis, Marta y Maria (1896), óleo sobre tela, Museo de L'Hermitage (St. Petersburg).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris