III Domingo de Pascua

La modernidad[1] es un concepto que poco a poco, casi sin darnos cuenta se ha ido metiendo en la espiritualidad cristiana. La modernidad, que insiste en que la resurrección es un engaño, la modernidad que sutilmente considera la divinidad de Jesucristo como simple vivencia religiosa subjetiva, y la figura del Resucitado como mera creación de la piedad de la comunidad, y así termina por separar al Cristo de la fe del Cristo de la realidad[2].

La verdad es que Jesús ha resucitado. Él no sólo está vivo en la memoria de los suyos; Él no sólo sigue actuando en la historia a través de la fuerza de su palabra y de su obra sino que vive realmente como Dios y hombre, espiritual y corporalmente. Por supuesto transfigurado y glorioso. Es bueno detenerse por un momento y tomar conciencia de lo que se está afirmando aquí: es algo verdaderamente inaudito. Y si hay algo en nosotros que siente extrañeza o bien se revela ante ello, que se exprese entonces, porque tiene derecho a hacerlo.

El P. Bruckberger[3], al comentar el pasaje que escuchamos en el evangelio de este domingo[4] –el tercero del tiempo pascual- escribía:

«Me doy cuenta que algunos escritores católicos se sienten cohibidos ante las palabras, tan concretas, de los evangelios. Esos prudentes escritores preferirían que todo eso hubiera tenido lugar en la vaguedad. Pero no; a Jesucristo le horroriza la vaguedad. Está ahí en plena luz, ofreciéndose a las manos y a los ojos inquisitivos de esos hombres que van a ser sus testigos[5]. Importa que la experiencia de su realidad física se haga lealmente. En el fondo, los cerebros académicos de esos escritores tienen miedo a admitir una doble evidencia: primero, la omnipotencia de Dios desplegada en Jesús resucitado; en segundo lugar, las admirables sorpresas de la materia. Platón y el puritanismo han metido ahí su veneno. Para mi, al contrario, lo más extraordinario habría sido que ese cuerpo, ya participante de la vida eterna, hubiera seguido tan torpe como cualquier otro cuerpo sublunar. Ya no es torpe, pero es tan real como cualquier otro cuerpo sublunar»[6].

En aquel momento Jesús era todo lo contrario a un fantasma. Se coloca en medio de ellos, como siempre, como el viejo amigo que era. Sonríe, les saluda, se mueve, habla, los envuelve a todos con el calor de su mirada, parece dispuesto a reiniciar una de tantas conversaciones que ha tenido con ellos, sus apóstoles.

El Señor les tiende las manos, sus hermosas manos[7], ahora dramáticas por las heridas aún abiertas. Muestra luego su costado. Abre su túnica. Brilla su carne. Fulge su larga herida donde late el corazón. Es la misma carne que ellos han visto bajo el agua y el sol. No hay misterios. No hay magias. Es él. El de siempre. Sencillo. Fraterno.

Ellos lo tocan, tímidos aún. Vacilan todavía. Y él sonríe: ¿Tenéis algo que comer?. Se dan cuenta que no come por hambre. Lo hace sólo para que vean que está verdaderamente vivo.

Ahora sonríen todos. Una felicidad profunda comienza a brotar en los corazones de todos. Ahora saben que –como él mismo había profetizado- ya nadie será capaz de quitarles esa alegría[8].

La resurrección ya es para ellos más que una certeza, es una fiesta.

Sorprende, en verdad, ese interés de Jesús en que se compruebe la materialidad y la solidez de su cuerpo. Es él, no quiere ser confundido; es de carne y hueso, no un fantasma.

Si nos esforzamos por comprender la figura de Cristo, por pensar a la luz de su persona, nos vemos ante una disyuntiva: reelaborar nuestra concepción de Dios, aceptar una nueva imagen de Él e iniciar una nueva relación con Él, o bien diluir a Cristo y hacer de él un simple hombre, si bien muy poderoso…

En la Eucaristía se renueva continuamente la participación de ésta realidad transfigurada, divina y humana. Porque comer su cuerpo y beber su sangre es el pharmakon athanasias, el remedio que nos da la inmortalidad, como lo dicen los Padres griegos. Pero inmortalidad no de una vida “espiritual”, sino humana, corporal y espiritual, sumergida en la plenitud de Dios[9]



[1] En términos generales modernidad es un concepto filosófico y sociológico, que puede definirse como el proyecto de imponer la razón como norma trascendental a la sociedad. Desde ese punto de vista es similar al concepto kantiano de Ilustración (la mayoría de edad del individuo, que ejerce su razón de forma autónoma: el Sapere aude), y antes que éste al antropocentrismo humanista del Renacimiento (por ejemplo la Oratio pro homini dignitate de Pico della Mirandola). Fue muy significativo, para entender la diferente concepción de lo nuevo entre la Edad Media y la Moderna, el Debate de los antiguos y los modernos.
[2] R. Guardini, El Señor, Lumen, Buenos Aires, 2000, p. 530. Romano Guardini (1885-1968) fue un autor, académico y teólogo italiano que vivió la mayor parte de su vida en Alemania, donde su padre ejerció roles en la diplomacia. Químico de profesión, se ordenó sacerdote y fue uno de los líderes de los movimientos espiritual e intelectual que desencadenaron después las reformas aprobadas por el Concilio Vaticano II.
[3] Sacerdote de la orden de Santo Domingo nacido en Murat, (Francia) y muerto en Friburgo (Suiza) en 1998. Dedicó su vida a la enseñanza. En 1985 fue elegido miembro de la Académie des Sciences Morales et Politiques.
[4] Domingo 26 de Abril de 2009, Tercer Domingo de Pascua. Lecturas: Hech 3, 13-15. 17-19; 1 Jn 2, 1-5; Lc 24, 35-48.
[5] El subrayado es nuestro.
[6] Citado por J.L. Martín Descalzo en Vida y Misterio de Jesús de Nazareth, ed. Sígueme, Salamanca, p. 1201.
[7] El Canon romano hace una bellísima referencia a las manos del Señor: «Qui, pridie quam pateretur, accepit panem in sanctas ac venerabiles manus suas» (El cual, la víspera de su Pasión, tomó pan en sus santas y venerables manos)
[8] Cfr Jn 16, 22.
[9] El Señor, p. 534.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris