Domingo de Pascua

Sin duda cada uno guardamos en nuestra memoria el recuerdo de alguna noche difícil, bien haya sido por enfermedad, por haber perdido a alguien cercano o bien por haber tenido que dormir lejos de casa, quizá y en condiciones difíciles. La noche del Viernes Santo debió ser la más terrible en la vida de aquellos hombres que habían decidido seguir al Maestro.

Los que hemos perdido a alguien sabemos que si es amarga la hora de la muerte, lo que se hace más penoso y difícil es volver a casa: todos los rincones están llenos de la ausencia de aquella persona que ya no está.

[Bien, pues] así llenos de la ausencia de Jesús estaban los discípulos del Señor; algunos se iban de Jerusalén el mismo día[1]. A casi todos el mundo se les había venido el mundo encima. Con excepción de la Santísima Virgen, nadie había permanecido junto al Señor. Nadie excepto Juan y Maria Magdalena.

A María Magdalena, a la que se le había perdonado mucho, había amado mucho y amaba mucho[2]; y san Juan, desde que vio al Cordero de Dios señalado por el Bautista estuvo especialmente cerca de Jesús. Los dos eran discípulos por amor.

Quizá esta sea la primera de las grandes lecciones del éste día: hemos de saber seleccionar bien y cuidar nuestros amores. El amor que elijamos para nuestra vida será lo que nos mueva en adelante.

Si de verdad queremos superar ese materialismo que sabemos NO es compatible con nuestra fe cristiana, si queremos sentir paz verdadera en el corazón, si queremos tener sabiduría para enfrentar lo que la vida nos va trayendo, debemos acercar nuestro espíritu, nuestra afectividad y nuestro corazón a la persona de Jesucristo, y después todo lo demás.

María Magdalena corrió la primera al sepulcro, cuando aún estaba oscuro el día, y triste y oscura estaba su alma[3]. Era el amor el que le daba luz y alas para llegar hasta el hombre que de verdad amaba[4]. Juan corrió más que Pedro y, en cuanto vio el sepulcro vacío, creyó en la luz y en la vida de su Maestro[5].

A los cristianos de hoy nos falta amor más que cualquier otra cosa. Pero amor auténtico, no sus falsificaciones. Muchas veces queremos distinguirnos de los demás por lo externo, lo que se puede ver y tocar pero lo que de verdad debe distinguirnos es el amor, el amor que nos hace sensibles a Dios y a las necesidades de los hermanos.

En la alegre mañana del domingo de Resurrección en el corazón de aquellos hombres y mujeres hubo sorpresas y capacidad de asombro. Yo me pregunto –y quisiera que cada uno se preguntara lo mismo- hoy por hoy, en mi vida ¿tengo capacidad de asombro, me sorprendo por esto que escucho en el Evangelio, o ya todo me da igual? Frederick Nietzche, el filósofo que tanto y tan amargamente cuestionó la fe cristiana, escribía no sin cierta razón: «sólo cuando los cristianos tengan mirada de resucitados podré yo creer en su Salvador»[6].

En Jesuralen muchos siguieron o dormidos o aburridos y bostezando ¿Quiénes estaban alegres y enamorados? Aquellos que descubrieron que el Señor había resucitado: Pedro y Juan, María Magdalena, los discípulos de Emaús. Todos corren a participar a los demás de su alegría, a gritar que el amor por el que habían apostado sí tenía sentido porque vieron a Jesucristo más vivo que nunca.

Y ésta es quizá la segunda gran lección de este domingo –el más importante del año. Ninguno de los que experimenta la resurrección del Señor se queda encerrado en su grupito, sino que sale a compartir con los demás. El domingo de Pascua es un día para convivir, para asistir a la parroquia [como todos los que están hoy aqui], para estar.

Nietzche decía [que] «sólo cuando los cristianos tengan mirada de resucitados podré yo creer en su Salvador».

Que se nos note que estamos celebrando la Pascua. Que sintamos ese gran orgullo de formar parte de la Iglesia Católica; que se nos note en los ojos que celebramos la Resurrección del Señor, y que como la Magdalena y Juan busquemos el amor en el corazón de Jesucristo ■

[1] Cfr Lc 24, 13-35.
[2] Id 7, 47.
[3] Cfr Jn 20, 1.
[4] «¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!
(Secuencia del Domingo de Pascua)
[5] Cfr Jn 20, 4.
[6] Citado por Pedro José Ynarja, en Un amanecer sorprendente.
Ilustración: Anónimo, Maria Magdalena anuncia la resucción a los apóstoles, Salterio de S. Albano, Iglesia de San Godehard, Hildesheim (Alemania)

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris