V Domingo de Cuaresma

A pocos días de asomarnos un año más a los misterios de la Pasión y muerte del Señor es bueno que saquemos tiempo para hablar con el en el silencio de la oración y meditar sobre el sentido de Su muerte, y también de la nuestra.

Con la lectura o la escucha atenta del evangelio a lo largo del año litúrgico o en la meditación personal, hemos ido observando que el Señor es consciente que tiene vida en si mismo, una vida que nadie le puede arrebatar,[1] y que por eso acepta la muerte no pasivamente sino activamente. Jesús entiende su muerte como una entrega[2], como un acto de servicio, y lo que es más importante: mientras llega la muerte se dedica a amar; intensifica más su amor cuanto más cerca tiene la muerte: Sabiendo Jesús que se acercaba su hora de pasar de este mundo al Padre amo a los suyos hasta el fin[3]. Éstas mismas palabras la Liturgia de la Iglesia quiso ponerlas en una de sus Plegarías Eucarísticas inmediatamente después de la epíclesis: Porque Él mismo, llegada la hora en que habría de ser glorificado por ti, Padre Santo, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo[4].

En éstas palabras tenemos una de las grandes claves para acercarnos a la muerte del Señor: para él morir es regresar a la casa del Padre, por eso no siente miedo ni acobardamiento, por eso tiene que amar más deprisa y más entregadamente, porque le queda poco tiempo.

La misma debe ser la respuesta de los cristianos al enfrentarnos a la muerte.

El padre Augusto Valensin lo glosaba así en un texto inolvidable:

«Los sentimientos que me gustaría tener en aquella hora (y que actualmente tengo) son estos: pensar que voy a descubrir la ternura. Yo sé que es imposible que dios me decepcione. ¡Solo esa hipóstesis es absurda! Yo iré hasta él y le diré: no me glorío de nada más que de haber creído en tu bondad. Ahí es donde esta mi fuerza. Si esto me abandonase, si me fallase la confianza en tu amor, todo habría terminado, porque no tengo el sentimiento de valer nada sobrenaturalmente. Pero, cuando más avanzo por la vida, mejor veo que tengo razón al representarme a mi Padre como indulgencia infinita.

»Aunque los maestros de la vida espiritual digan lo que quieran, aunque hablen de justicia, de exigencias, de temores, el juez que yo tengo es aquel que todos los días se subía a la terraza para ver si por el horizonte asomaba el hijo pródigo de vuelta a casa. ¿Quién no querría ser juzgado por él? San Juan escribe: Quien teme, no ha llegado a la plenitud del amor. Yo no temo a Dios, y el motivo no es tanto que yo le ame, como el que sé que me ama él. Y no siento necesidad de preguntarme por qué me ama mi Padre o qué es lo que él ama de mí. Me costaría mucho responder a estas preguntas. Sería totalmente incapaz de responder. Pero yo sé que él me ama porque es amor; y basta que yo acepte ser amado por él, para que me ame efectivamente. Basta con que yo realice el gesto de aceptar.

»Padre mío, gracias porque me amas. No seré yo el que grite que soy indigno. Porque, efectivamente, amarme a mí tal como soy, es digno de tu amor esencialmente gratuito. Este pensamiento de que me amas porque te da la gana me encanta. Y así puedo librarme de todos los escrúpulos, de la falsa humildad que descorazona, de la tristeza espiritual, de todo miedo a la muerte»
[5].

Podríamos decir que éste domingo –el V y último del tiempo de Cuaresma- es como el atardecer de la vida del Señor. Él se encamina hacia el horizonte del dolor y de la cruz. Sus años de predicación han terminado. Ha dado ya a los hombres su mensaje con palabras. Doce lo han seguido más de cerca. Se han ido a vivir con él. Ahora ya no tiene más armas que las de su carne. Habrá que demostrar, en una última semana trágica que todo lo que ha dicho es verdad. Será necesario dejar las palabras, para que se vea ya sólo a la Palabra[6].

Este Jesús de ahora es el Jesús del atardecer, al que rezaba santa Gertrudis[7]. El Jesús que encontraremos en la frontera que hay entre nuestra muerte y nuestra resurrección. El Jesús al que hoy, en el silencio de nuestra oración, en la quietud de nuestro corazón contemplamos valiente y sereno.

A éste Jesús del atardecer levantamos nuestro corazón, con la misma actitud de los griegos que se acercan a Felipe en el Evangelio[8] y tomando prestadas las palabras de otra grande de la santidad, Teresa de Jesús:

Véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego.

Vea quién quisiere
rosas y jazmines,
que si yo te viere,
veré mil jardines,
flor de serafines;
Jesús Nazareno,
véante mis ojos,
muérame yo luego.

No quiero contento,
mi Jesús ausente,
que todo es tormento
a quien esto siente;
sólo me sustente
su amor y deseo;

Véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego
[9]

[1] Cfr Jn 3,35; 7, 30-44; 8, 20; 10,39.
[2] Cfr Lc 22, 27; Mc 10,45.
[3] Jn 13,1.
[4] Cfr Misal Romano, Ordinario de la Misa, Plegaria Eucarística IV.
[5] Citado por J.L. Martin Descalzo en Vida y Misterio de Jesús de Nazareth, ed. Sígueme, Salamanca, 1989, p. 787.
[6] Cfr Jn 1, 1.
[7] Santa Gertrudis de Helfta (1256 -1302), monja cisterciense y escritora mística, también es conocida como Gertrudis la Grande, o Gertrudis la Magna. Toda la obra de Gertrudis se organiza en torno a la vida monástica, cuyo centro es la Liturgia de las Horas, la Eucaristía y la Lectio Divina. Su espiritualidad es de carácter cristocéntrico, destacando especialmente la imagen del Corazón de Jesús, símbolo del amor divino. Sus obras, junto con la de Matilde de Hackeborn, son uno de los testimonios más antiguos de esta devoción. La presencia de la Virgen María también es importante, pero su mariología se integra por completo en su cristología. Respecto a las virtudes, tiene una visión optimista y positiva, en clave de acogida de la gracia divina y de progresiva unión con Cristo, más que como una lucha contra los vicios y las pasiones. Junto a esto desarrolla la idea de la suplencia de Cristo, por la que el amor de Jesús le lleva a suplir y subsanar con sus méritos y virtudes la insuficiencia del hombre para salvarse. Todo ello entrega al hombre la libertad de corazón. Quizá este sea el rasgo que más llamó la atención a sus lectores. Gertrudis se siente soberanamente libre confiando plenamente en el amor y la misericordia de Cristo. Ello la hizo ser optimista e intrépida, manifestándolo por ejemplo en su práctica de comulgar siempre que podía, algo impensable para su tiempo, por las oraciones, ayunos y ejercicios necesarios para prepararse. Gertrudis murió el 17 de noviembre de 1302 a los 45 años de edad. Sus escritos y espiritualidad pasaron desapercibidos hasta 1536 en que los cartujos de Colonia imprimen el Heraldo. La aceptación y éxito fue enorme, y se produjo toda una corriente espiritual en torno a ella que se tradujo en reediciones continuas de sus escritos y numerosas biografías. Por tal éxito, y al desconocer el apellido, empezó a ser llamada Gertrudis la Grande o la Magna. En el siglo XVII es tal la veneración en torno a su persona que Roma considera aprobar su culto en la Orden Benedictina y en otras Congregaciones religiosas. El 22 de enero de 1678 fue inscrita oficialmente en el Martirologio Romano, y en 1739 su fiesta se elevó a memoria para toda la Iglesia Católica. Actualmente ha sido propuesta para ser nombrada Doctora de la Iglesia.
[8] Cfr Jn 12, 20-33.
[9] El P. Andrés de la Encarnación la recogió en su colección con serias dudas de su autenticidad teresiana. Parece cierto que es obra de la religiosa que se lo cantó a la Santa, sumiéndola en un dulce éxtasis, Isabel de Jesús Jimena. Cuando la santa pasaba por Salamanca solía decirle: «Venga acá, hija mía, cánteme aquella coplillas». Vicente de la Fuente, que hizo suyo todo el arsenal acumulado por los antiguos carmelitas, la publicó con el n. 4 de sus Poesías, advirtiendo: «Por mi parte, no la creo tampoco ajena de la pluma de Santa Teresa» (BAE 53, Madrid 1923, p. 510). Y para los que dicen que la vida religiosa no tiene sentido: ¡bébete esta!: http://www.youtube.com/watch?v=wdPALqJvtFM&feature=related

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris