IV Domingo de Cuaresma

Jesús siente por Nicodemo lo mismo que siente por la muchedumbre: una gran compasión. Por eso se toma todo el tiempo del mundo –la conversación es larga- para hablar con él[1].

La pregunta del Maestro a aquel personaje que lo visita de noche -¿tú eres maestro de Israel e ignoras éstas cosas?- nos ayuda a comprender que la ciencia humana, por muy grande que sea, será siempre insuficiente, y que las verdades divinas deben ser recibidas con la sencillez de un niño, para después ser meditadas durante toda la vida con la admiración del que sabe que la realidad divina siempre supera nuestra inteligencia[2] .

La constante meditación de los misterios de nuestra fe debe llevarnos a comprender que el Señor no se encarnó para contemplarse a sí mismo. Y lo mismo sucede con la Iglesia que no existe para ella misma, para su propia utilidad o salvación; existe para los demás, para el mundo, para la gente, sobre todo para los cansados y oprimidos.

El Concilio Vaticano II dedicó un documento entero, la Gaudium et spes, a mostrar cómo la Iglesia existe «para el mundo». Comienza con las conocidas palabras: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón»[3].

Los pastores de hoy, desde el Papa hasta el último párroco de pueblo, desde esta perspectiva, debemos presentarnos y actuar como los depositarios y continuadores de la compasión de Cristo. El cardenal vietnamita Van Thuan[4], que había pasado trece años en las prisiones comunistas de su país, en una preciosa meditación dirigida al Papa y a la Curia Romana, decía: «Sueño con una Iglesia que sea una puerta santa siempre abierta, que abrace a todos, llena de compasión, que comprenda las penas y los sufrimientos de la humanidad, una Iglesia que proteja, consuele y guíe a toda nación hacia el Padre que nos ama».

Todos en la Iglesia, tras su ascensión, debemos continuar la misión del Maestro que decía Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso...[5]. Es el rostro más humano de la Iglesia, el que mejor le reconcilia con los espíritus, y que permite perdonar sus muchas deficiencias y miserias.

El padre Pío de Pietrelcina llamó al hospital que fundó en San Giovanni Rotondo Casa de alivio del sufrimiento, un nombre hermosísimo que se aplica a toda la Iglesia. Toda la Iglesia y todos en la Iglesia debemos ser una casa de alivio del sufrimiento. En parte, hay que reconocer que lo es, a no ser que cerremos los ojos a la inmensa obra de caridad y de asistencia que la Iglesia desempeña entre los más desheredados del mundo.

Aparentemente las muchedumbres que vemos a nuestro alrededor no parecen cansadas y agobiadas, como en tiempos de nuestro Señor[6], sin embargo tras la fachada de bienestar, bajo los techos de nuestras ciudades, hay mucho cansancio, soledad, desesperanza, y a veces incluso desesperación. El grito de san Agustin –nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en Ti- está más vivo que nunca[7].

Que en éste penúltimo domingo del tiempo de Cuaresma las palabras del Concilio Vaticano II que citábamos hace un momento verdaderamente nos muevan, como a Nicodemo, a replantearnos asuntos concretos de nuestra vida espiritual que conviertan la fe que profesamos en obras de amor y servicio.

Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón[8]

[1] Nicodemo es el nombre de un judío que aparece en el Nuevo Testamento, importante por ser el protagonista de un profundo diálogo con Jesucristo. Según el evangelio de san Juan, Nicodemo era un rico fariseo, maestro en Israel y miembro del Sanedrín. De él, añade que era «principal entre los judíos». Este hecho hace que sea muy apreciado entre los cristianos pues Nicodemo, al igual que Pablo de Tarso o José de Arimatea, representan al sabio judío versado en la Ley que reconoce en Jesús al Mesías y se hace su discípulo. Su memoria se celebra el 31 de agosto. Los coptos en cambio, lo recuerdan el 25 de julio.
[2] Cfr. Raneiro Cantalamessa, ofmcap, La Iglesia existe para los cansados y oprimidos, homilía del XI Domingo del Tiempo Ordinario.
[3] n. 1
[4] François-Xavier Nguyen van Thuan (1928 - 2002) fue un obispo y cardenal de la Iglesia Católica. Fue ordenado presbítero en 1953 y doctor en Derecho Canónico en 1959. Durante ocho años fue obispo de Nhatrang (1967-1975). En 1975 Pablo VI le nombró arzobispo coadjuntor de Saigón, pero a los pocos meses, con la llegada del régimen comunista al poder de Vietnam, fue arrestado. Pasó 13 años en la cárcel, 9 de ellos en régimen de aislamiento. Juan Pablo II le nombró presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz y posteriormente lo creó cardenal. Falleció el 16 de septiembre de 2002.
[5] Cfr Mt 11, 28.
[6] Me refiero a ciertas sociedades de ciertos países. Había que echarle un ojo a Camerún y Angola, por ejemplo, y ver las personas con las que Su Santidad se encontrará en los próximos días.
[7] Confesiones X, 10.
[8] Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et Spes, n. 1

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris