III Domingo de Cuaresma

Las palabras del Señor que acabamos de escuchar en el Evangelio –Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre- resuenan, como cada una de las palabras de Jesús, con una autoridad tal que invitan al silencio y a la reflexión. A preguntarnos si no hemos convertido nuestras celebraciones y parroquias en mercados en los que se hace de todo menos adorar al Padre en espíritu y en verdad[1].

Los gestos y las posturas que la liturgia de la Iglesia tiene previstas para la celebración de la santa Misa son importantes; es bueno detenerse un momento y comprender su significado.

ESTAR DE PIE, es una forma de demostrar nuestra confianza filial, y al mismo tiempo la disponibilidad para la acción, para el camino[2]. Estar de pie representa también la dignidad de ser hijos de Dios; no somos esclavos delante de su amo. Estar de pie significa confianza del hijo con el padre a quien respeta profundamente y por quien siente cariño y veneración.

Cuando la liturgia nos invita a estar SENTADOS es para que nos sintamos con la confianza de estar en familia, con paz y tranquilidad. Sentados podemos hablar con el Señor que está presente, como sucedió con los discípulos de Emaús[3]. El estar sentado significa también una actitud adecuada para escuchar y aprender cuando un maestro habla[4] y en medio de nosotros está el Maestro, con mayúscula.

El estar DE RODILLAS significa varias cosas: en primer lugar que estamos en la presencia de Dios, a quien adoramos incluso con el cuerpo. Significa también que nos reconocemos pecadores en Su presencia. Una de las decisiones tomadas por los Obispos de los Estados Unidos y aprobada por Roma es que la asamblea se arrodilla inmediatamente después del Sanctus y permanece así hasta el Amen con el que termina la Plegaria Eucarística. Por razones de salud, falta de espacio o alguna otra buena razón se puede permanecer de pie. Más adelante la asamblea vuelve a ponerse de rodillas para adorar al Cordero de Dios[5].

La POSTRACIÓN, que se usa en pocos momentos de la liturgia de la Iglesia como el Viernes Santo o en las ordenaciones sacerdotales o las profesiones perpetuas, significa no tanto el abatimiento, sino la necesidad de protección de Dios y la impotencia personal. Es un profundo signo de humildad y penitencia.

Los seres humanos –y más concretamente los cristianos- no podemos vivir sin gestos y actitudes corporales, con ellos expresamos lo que pensamos y sentimos: un abrazo, un beso, un apretón de manos, las lágrimas, el silencio, etc. La liturgia contiene muchos de éstos gestos, y los usa para expresar exterior y corporalmente nuestros sentimientos hacia Dios.

Por eso es que la Iglesia ha insistido siempre en la necesidad de hacerlos bien, para que sean más significativos. La repetición constante de los ritos, sin conocer su significado, produce un inevitable desgaste y entonces los gestos terminan por no decir o expresar nada.

La liturgia no es un teatro. Es necesario conocer el significado de los gestos y ejecutarlos con convicción, haciendo de ellos auténtica expresión de nuestros sentimientos religiosos.

Hoy, en el momento de la Epíclesis[6] vamos a pedirle al Espíritu Santo –que es Quien vivifica nuestras celebraciones, Quien convierte el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor- que nos ayude a celebrar y asistir la Eucaristía no de cuerpo presente y alma ausente[7] sino con todos los sentidos, a no convertir en un mercado nuestras celebraciones, a adorar al la Trinidad en espíritu y en verdad ■

[1] Cfr Jn 4, 23.
[2] Cfr Ex 12, 11.
[3] Cfr Lc 24, 13-35.
[4] «Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte y se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo la boca les enseñaba» (Mt 5, 1-2)
[5] Cfr Arquidiócesis de Santa Fe (Nuevo México), Carta Pastoral sobre la Instrucción General del Misal Romano. El texto completo puede consultarse en:
www.archdiocesesantafe.org/ABSheehan/ABSMessages/03.11.23LetterGIRMSpan.html
[6] Epíclesis es el nombre que recibe en la celebración de la misa la parte que se dedica a la invocación del Espíritu Santo. Deriva del término griego epíklesis. Como no es posible ninguna liturgia sin la presencia del Espíritu Santo, la epíclesis es una dimensión fundamental de toda celebración litúrgica. Y puesto que el Espíritu Santo está presente y actúa en la vida de la Iglesia, su presencia y su acción se requiere para la vida de los miembros del Cuerpo de Cristo, especialmente, en la acción litúrgico-sacramental. En todo sacramento o acción litúrgica, en cuanto acontecimientos de culto de la nueva economía de salvación “en espíritu y en verdad", siempre está presente el Espíritu Santo actuando en plenitud: siempre tiene lugar la introducción del Espíritu Santo por medio de su presencia invocada (epíclesis). En la eucaristía se invoca al Espíritu para que queden consagrados los dones ofrecidos, el pan y el vino, para que se conviertan en el cuerpo y la sangre de Cristo. Y para que la comunión, ayude a la salvación de los que participan de ella y actúe sobre la comunidad eclesial celebrante, se invoca por segunda vez al Espíritu. La celebración es el lugar por excelencia en el que se invoca y se da al Espíritu Santo. En la bendición del agua bautismal. En el sacramento de la penitencia el ministro pide a Dios, "Padre de misericordia que... derramó el Espíritu Santo para remisión de los pecados", que conceda al penitente el perdón y la paz. En la unción de los enfermos, cuando hay que bendecir el óleo, se pide a Dios, Padre de todo consuelo, que envíe desde el cielo al "Espíritu Santo Paráclito". Pero es sobre todo en los ritos de ordenación donde se pone de relieve la acción del Espíritu en las epíclesis consecratorias, Sobre el obispo, el presbítero y el diácono. Por lo demás, no puede haber acción consecratoria sin la invocación del Espíritu Santo, asociada al gesto apostólico de la imposición de manos. Toda auténtica acción litúrgica es epíclesis del Espíritu, sacramento del Espíritu.
[7] La frase es de D. Juan Luis Bastero, rector del Colegio Eclesiástico Internacional Bidasoa hasta 1998.
Ilustración: Cristo en el Monte de los Olivos (s. XV), fresco en la parroquia de Brøns

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris