IV Domingo del Tiempo Ordinario

Que Jesucristo habló y actuó con autoridad queda claro a través de muchas de las páginas y acontecimientos del evangelio, y hoy por hoy son pocos los que cuestionan la autoridad de Jesucristo mismo. Concretamente la liturgia recoge éste domingo el pasaje del Señor en la sinagoga de Cafarnaum[1], «este hombre tiene autoridad», se dicen unos a otros[2].[3]

Pero ¿y la Iglesia? ¿Sigue hablando y actuando con autoridad de su Señor, o el paso de los siglos se la han hecho perder? El Papa, el sínodo de los Obispos[4], las conferencias episcopales[5], el obispo titular de cada lugar, los sacerdotes mismos ¿conservan la misma potestad?

Cuenta Juan Manuel de Prada[6] en uno de sus mejores artículos que ciertamente han sido muchas las veces en que la fe y la autoridad de la Iglesia han sido arrojadas a los perros; y, cuando ya parecía que los perros las iban a devorar, han sido los perros los que perecieron.

Y Chesterton[7] –otro autor que debería leerse más en las escuelas y en las universidades- enumera hasta cinco ocasiones [pero fueron muchas más] en que la Historia parecía que iba a presenciar el fin de cristianismo; y otras tantas en que el cristianismo volvía a alzarse de sus ruinas, mientras sus enemigos se extinguían en la noche de los tiempos[8].

Y es que, como concluye [genialmente] Chesterton, la fe cuenta con un Dios que sabe cómo salir del sepulcro.

Todas las épocas han tratado, por todos los medios de quitar autoridad a la Iglesia, señalando o resaltando sus errores, especialmente los errores de su jerarquía: el Papa, los obispos y los sacerdotes.

El laicismo, que es como el vino envenenado de nuestra época, le dice al hombre que Dios no hace falta, y que la Iglesia no tiene autoridad alguna. Le sugiere al hombre que él mismo [es decir, el hombre] es Dios, le promete la liberación de todas las ataduras, el Paraíso en la Tierra y un porvenir lleno de bienaventuranzas. Y el hombre, claro, atraído, bebe de ese vino, pero luego descubre que todas esas promesas se resumen en una terrible cruda llena de mareo y malestar.

En ese momento, el hombre de hoy, borracho de ese mal vino mira alrededor derredor y descubre a lo lejos un barco frágil y zarandeado por las olas que sin embargo persevera y sigue navegando. Y, mientras el hombre ve pasar a su lado, arrastrados por la corriente, a todos aquellos que niegan a Dios y niegan la autoridad de la Iglesia, decide subir a ese barco al que una fuerza sobrenatural impulsa[9]. Y, subido a ese barco, vuelve a sentirse vivo.

La Iglesia es ese barco frágil que navega a contracorriente. Ese barco es asaltado por piratas, desgarrado por luchas internas, acechado por arrecifes, zarandeado por mil tempestades, pero quien lleva el timón jamás desvía el rumbo. Y, cuando ya parece que se va a hundir, vuelve a resurgir.

Así, la barca de Pedro –la Iglesia- aunque parezca pequeña y débil, navega con autoridad, autoridad que le viene precisamente de haber sobrevivido a mil dificultades y de detenerse con cierta frecuencia a revisar qué cosas están bien y qué cosas no lo están.

«Se hace necesaria –son palabras del Papa Benedicto XVI- una autocrítica de la edad moderna en diálogo con el cristianismo y con su concepción de la esperanza.

»Los cristianos tienen que aprender de nuevo en qué consiste realmente su esperanza, qué tienen que ofrecer al mundo y qué es, por el contrario, lo que no pueden ofrecerle.

»Es necesario que en la autocrítica de la edad moderna confluya también una autocrítica del cristianismo moderno, que debe aprender siempre a comprenderse a sí mismo a partir de sus propias raíces»[10].

Diciendo “no pasa nada” o “estamos mejor que nunca” se pierde el norte y el barco termina por naufragar. La Iglesia ha aceptado y pedido perdón sincero por las veces en que se ha equivocado[11]. Ahí radica su grandeza y de ahí le viene el fundamento de la potestad; por eso puede hablar con la misma autoridad que ha recibido de su Señor.

Los que seguimos a Jesucristo en la Iglesia católica debemos imitarla en eso, y constantemente pedir perdón por los errores personales y comunitarios, por las equivocaciones que como personas o como instituciones –parroquias, familia, etc. hemos cometido. ¿O seremos tan arrogantes de pensar que estamos libres de pecado y entonces tenemos derecho a arrojar la primera piedra?[12]

[1] La sinagoga es la asamblea de fieles judíos y el lugar de culto y estudios de la más antigua de las religiones monoteístas. El término proviene del latín sinagōga, y éste del griego sÿnagōgē, del verbo sÿnágein (‘reunir, congregar’). En hebreo se llama Bet haKenéset (בית הכנסת) o ‘lugar de reunión’. La sinagoga es una institución muy antigua en el judaísmo. Aunque se poseen pocos datos acerca del origen de las primeras sinagogas, se piensa que ellas se remontan a la antigua Babilonia del siglo VI a. C., poco después de que los judíos fueran deportados por Nabucodonosor II tras su conquista de Jerusalén en el año 587 a. C. y la destrucción del Templo. En Babilonia, los hebreos se reunían en las sinagogas para orar y estudiar las sagradas escrituras.
[2] Cfr Mc 1, 21-28.
[3] Homilía pronunciada el 1.II.2009, IV Domingo del Tiempo Ordinario en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[4] Según el Canon 342 del vigente Código de Derecho Canónico, el sínodo de los Obispos es una asamblea de Obispos escogidos de las distintas regiones del mundo, que se reúnen en ocasiones determinadas para fomentar la unión estrecha entre el Romano Pontífice y los Obispos.
[5] La Conferencia Episcopal o Conferencia Nacional de Obispos, dentro de la Iglesia Católica, es una institución de carácter permanente, que consiste en la asamblea de los obispos de una nación o territorio determinado, que ejercen unidos algunas funciones pastorales respecto de los fieles de su territorio, para promover conforme a la norma del derecho el mayor bien que la Iglesia proporciona a los hombres, sobre todo mediante formas y modos de apostolado convenientemente acomodados a las peculiares circunstancias de tiempo y de lugar. Por el derecho mismo, pertenecen a la Conferencia Episcopal todos los obispos diocesanos del territorio y quienes se les equiparan en el derecho, así como los obispos coadjutores, los obispos auxiliares y los demás obispos titulares que, por encargo de la Santa Sede o de la Conferencia Episcopal, cumplen una función peculiar en el mismo territorio; pueden ser invitados también los ordinarios de otro rito, pero sólo con voto consultivo, a no ser que los estatutos de la Conferencia Episcopal determinen otra cosa. La conferencias episcopales tienen una larga existencia como entidades informales, pero fueron establecidas como cuerpos formales por el Concilio Vaticano II (Christus Dominus, 38) e implementadas por el papa Pablo VI en 1966 motu proprio Ecclesiae sanctae. La operación, autoridad y responsabilidad de las conferencias episcopales está generalmente gobernada por el Código de Derecho Canónico (cánones 447-459). La naturaleza de las conferencias episcopales y su autoridad magisterial fueron clarificadas por el papa Juan Pablo II en 1998 motu proprio Apostolos suos.
[6] Baracaldo 1970.
[7] Gilbert Keith Chesterton (1874-1936), escritor británico de inicios del siglo XX. Cultivó, entre otros géneros, el ensayo, la narración, la biografía, la lírica, el periodismo y el libro de viajes. Se han referido a él como el "príncipe de las paradojas”. Su personaje más famoso es el Padre Brown, un sacerdote católico de apariencia ingenua cuya agudeza psicológica lo vuelve un formidable detective y que aparece en más de 50 historias reunidas en cinco volúmenes, publicados entre 1911 y 1935.
[8] Cuando el nominalismo crece triunfante sobre los escombros de la Edad Media, aparece Tomás de Aquino en la silla de Aristóteles; cuando el Islam galopa a rienda suelta, gritan como un trueno miles de jóvenes exultantes, hijos espirituales de Francisco de Asís, que elevan al cielo un bosque de flechas; cuando el paganismo renacentista se infiltra en las mismas estructuras de la Iglesia y desemboca en la disgregación de la Reforma, surge el aguerrido Ignacio de Loyola. Y así sucesivamente en todos los crepúsculos de la Historia, una y otra vez, hasta llegar a nuestros días: cuando ya parece que la fe está a punto de sucumbir, cuando ya los hombres que la profesan parecen cansados y claudicantes, surge un movimiento que les devuelve el ímpetu; y siempre se demuestra que, cuanto más irremediable parece la claudicación, más pujante es el resurgimiento.
[9] «Yo tal vez esté muerto; y, puesto que nado a favor de la corriente, ni siquiera me habría dado cuenta. Pero para navegar como lo hace ese barco frágil hace falta estar vivo, porque sólo lo que está vivo puede navegar a contracorriente».
[10] Benedicto XVI, Spe Salvi, n. 22.
[11] El 7 de marzo de 2000, la Comisión Teológica Internacional (CTI), institución que reúne a los teólogos más prestigiosos de la Iglesia católica, presidida por el cardenal Joseph Ratzinger, publicaba en Roma La Iglesia y las culpas del pasado, documento que contenía las líneas maestras para la purificación de la memoria en el contexto del gran Jubileo, destinado a servir de ayuda a los obispos de todo el mundo para realizar los actos solemnes de petición de perdón por las culpas pasadas y presentes de los hijos de la Iglesia. Poco después, 12 de marzo de 2000, Juan Pablo II, junto con cinco cardenales y dos arzobispos, celebraba, dentro de la misa solemne, un rito especial de petición de perdón a Dios por los graves pecados de tantos hijos de la Iglesia en el milenio que termina. A ejemplo del Papa, diversas conferencias episcopales, obispos singulares, superiores religiosos y otros representantes de movimientos e instituciones eclesiales, hicieron los correspondientes pedidos públicos de perdón. El documento puede encontrarse en: http://pissoff.enemy.org/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_con_cfaith_doc_20000307_memory-reconc-itc_sp.html
[12] Cfr Jn 8, 7. y dice San Agustin: «Mirad qué respuesta tan llena de justicia, de mansedumbre y de verdad. ¡Oh verdadera contestación de la Sabiduría! Lo habéis oído: Cúmplase la Ley, que sea apedreada la adúltera. Pero ¿cómo pueden cumplir la Ley y castigar a aquella mujer unos pecadores? Mírese cada uno a sí mismo, entre en su interior y póngase en presencia del tribunal de su corazón y de su conciencia, y se verá obligado a confesarse pecador. Sufra el castigo aquella pecadora, pero no por mano de pecadores; ejecútese la Ley, pero no por sus transgresores (In Ioann Evan, 33, 5),

Ilustración: la foto está tomada en la mañana de los funerales de SS. Juan Pablo II, en la plaza de San Pedro, en Roma. La imagen recoge el momento en que los cardenales concelebrantes se acercan a venera el altar. Delante puede observarse el féretro con el Evangeliario encima. aquella mañana soplaba un viento bastante fuerte.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris