II Domingo del Tiempo Ordinario

Habla señor que tu siervo escucha. Asunto nada fácil. Como no es fácil el tema de la vocación. A muchos se nos ha roto o perdido. Algunos la hemos encontrado. Otros no. En medio de ése romper y restañar o perder y encontrar hay una cierta muerte. Y ése morirse no es fácil; no tenemos experiencia, nos faltan formas. Es la muerte en nuestro proyecto de vida[1].

Al Cristo de la Buena Muerte no se le pide la vida, se le pide ayuda para ese tránsito que es la muerte. Una buena muerte salva una mala vida y hasta una vida buena y una buena vida; y muchos pasos son la vida y un solo paso es la muerte. Es el Cristo del Viernes Santo, ese Cristo, que aún muerto, sabe como ayudarnos, tendiéndonos una mano y señalándonos el camino para volver a la vida y también a Él, si queremos[2].

Tras ese descalabro en nuestra vida que puede ser la pérdida de la vocación, o no encontrarla, o pensar que la encontramos cuando en realidad era un espejismo, Él, con su actitud, nos marca una ruta, el camino de la vida; es un Cristo para náufragos. Quizá el Cristo de los fracasados, de los que no saben hacia donde ir, de los desertores, de los despreciados, los imperfectos, los lesionados, los excluidos.

Cristo está con nosotros, ese Cristo que mencionaba y cantaba en una saeta un compañero mío aquella noche malagueña: Ha ingresao en la Legión un Cristo crucificao, ya nadie podrá decir que en el Tercio solo está la gente de mal vivir.

Cuando hay una fractura en el proyecto de vida, es necesario aceptar serenamente ése fracaso: es una realidad y de nada sirve intentar taparlo, eludirlo o esquivarlo. Pero ese fracaso no es el final, esa muerte no es la última. Lleva un tiempo, a veces largo, pero no hay otro camino. Y no pensemos que hemos de resucitar al tercer día. No. Hay que bajar al fondo de la propia derrota, al fondo del barranco. Es ahí donde hace falta la humildad, sin ella no es posible ninguna resurrección.

Y en la aventura de la vuelta a la vida no habrá testigos, como no los hubo en el momento exacto de la resurrección del Señor. La única huella que tenemos que dejar es un sepulcro vacío. Vamos solos, y en el sepulcro vacío, han de quedar en un charco de cieno todos nuestros sentimientos de culpabilidad, el remordimiento del pasado, el miedo a no tener futuro, nuestro orgullo y barnices de dignidad, el recuerdo de aquella noche en que todo se rompió, esa mala noche que tuvimos que pasar.

Aceptar un pasado implica dejar de buscar disculpas y culpas, así es más fácil ponerse en las manos del Señor, aceptando nuestra suerte. Hay que dejar de mirarse en el espejo, de mirar nuestro rostro cansado y nuestras cicatrices. Se hace necesario –y es tremendo- presentarse ante Jesús con las manos vacías, sin nada que ofrecer, quizá sin juventud ni ganas, posiblemente sin ilusión

Vengo con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas vengo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.


Al volver a empezar es posible sentir la mano de Cristo, que nos quiere como somos, y que nos ayuda a cantar con San Agustín:
¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed, me tocaste, y abraséme en tu paz[3].

Al volver a caminar el camino de la vocación –aunque sea en una brecha muy distinta- en el nuevo camino es posible ser más reflexivo; aparece una nueva vida interior, una mucho más sosegada y profunda. Vemos a las personas bajo otra perspectiva, sin ganas de juzgar; va desapareciendo ese afán de crítica y surge el interés por conocer y disfrutar lo positivo que tienen los demás, de forma más indulgente y tranquila, y si se baila y se canta es para olvidar las penas que pasamos en la otra vida:

Déjame ya Señor coger tu mano.
Dolido aún, riendo voy contigo.
El dolor de mi noche no fue en vano:
Encontré un buen padre y un amigo.

Y mis dudas y culpas y fracaso
ahogadas en aquel charco de cieno.
Lo pasado, Señor, fue un mal paso
Cuando te oigo decir: “eres muy bueno,
eres muy bueno, eres muy bueno

■ ¡Gracias, Diogneto!

[1] Homilía preparada –que no pronunciada- para el II Domingo del Tiempo Ordinario (18.I.2009).
[2] El Cristo de la Buena Muerte (1620) está considerada como la obra cumbre de Juan de Mesa (1583-1627), pertenece al patrimonio del Estado. El imaginero certificó su autoría y la fecha de realización mediante un papel que introdujo en el ensamble de la cabeza al cuerpo. Es la primera cofradía Sevillana que salió con una cuadrilla de hermanos costaleros, llevando al Cristo en 1973. Es la última hermandad gremial sevillana
[3] Confesiones X, 27, 38.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris