La Natividad del Señor

Celebra la Iglesia, un año más, llena de esperanza, el nacimiento de su Rey y Redentor, un día lleno de luz y de alegría, un día en el que sin duda alguna renace lo mejor de cada ser humano y de la humanidad en si[1].

En algún momento de su vida, preguntaron a Madre Teresa de Calcuta quién era para ella Jesús, y respondió –como en tantos aspectos de su vida- de una manera profundamente sencilla y clara y limpia y llena de luz. Luego ésa respuesta quedaría por escrito[2].

Pienso que escuchar lo que aquella religiosa albanesa respondió puede ayudarnos a todos a centrar la atención en lo que celebramos éste día: el nacimiento del Redentor. A detenernos un momento que lo realmente importante es que el Padre ha querido, un año más, que la humanidad celebre el nacimiento de su Hijo, Jesucristo.

«¿Quién es Jesús?
Para mí –respondió Teresa de Calcuta- Jesús es,
El Verbo hecho carne.
El Pan de la vida.
La víctima sacrificada en la cruz por nuestros pecados.
El Sacrificio ofrecido en la Santa Misa por los pecados del mundo y por los míos propios.
La Palabra, para ser dicha.
La Verdad, para ser proclamada.
El Camino, para ser recorrido.
La luz, para ser encendida.
La Vida, para ser vivida.
El Amor, para ser amado.
La Alegría, para ser compartida.
El sacrificio, para ser dado a otros.
El Pan de Vida, para que sea mi sustento.
El Hambriento, para ser alimentado.
El Sediento, para ser saciado.
El Desnudo, para ser vestido.
El Desamparado, para ser recogido.
El Enfermo, para ser curado.
El Solitario, para ser amado.
El Indeseado, para ser querido.
El Leproso, para lavar sus heridas.
El Mendigo, para darle una sonrisa.
El Alcoholizado, para escucharlo.
El Deficiente Mental, para protegerlo.
El Pequeñín, para abrazarlo.
El Ciego, para guiarlo.
El Mudo, para hablar por él.
El Paralítico para caminar con él.
El Drogadicto, para ser comprendido en amistad.
La Prostituta, para alejarla del peligro y ser su amiga.
El Preso, para ser visitado.
El Anciano, para ser atendido.
Para mí, Jesús es mi Dios.
Jesús es mi Esposo.
Jesús es mi Vida.
Jesús es mi único amor.
Jesús es mi Todo».


Pensemos con cuál nos quedamos cada uno. Si hay alguna de éstas frases cortas y rotundas que haya golpeado especialmente nuestra alma. Y vamos a pensar por qué. Quizá vamos caminando por la vida sin repartir amor. O quizá nos hace falta más comprensión. O darnos más a los demás.

Cada cuál es diferente, y en cada uno el Espíritu Santo –Señor y Dador de vida- sugerirá cosas distintas.

Dirigimos hoy también la mirada hacia la Virgen, la criatura sobre la tierra que mejor ha conocido a Jesús.

Cuenta una vieja leyenda que entre los pastores que acudieron la noche de Navidad a adorar al Niño había uno tan pobrecito que no tenía nada que ofrecer y se avergonzaba mucho. Llegados a la gruta, todos rivalizaban para ofrecer sus regalos[3]. María no sabía cómo hacer para recibirlos todos, al tener en brazos al Niño. Entonces, viendo al pastorcillo con las manos libres, le confió a él, por un momento, a Jesús. Tener las manos vacías fue su fortuna. Es la suerte más bella que podría sucedernos también a nosotros. Dejarnos encontrar en esta Navidad con el corazón tan pobre, tan vacío y silencioso que María, al vernos, pueda confiarnos también a nosotros su Hijo ■


[1] Homilía preparada para la misa del día en la fiesta de la Natividad del Señor en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas), el 25.XII. 2008.
[2] Madre Teresa de Calcuta, nacida como Agnes Gonxha Bojaxhiu, fue una religiosa católica albanesa célebre por su labor humanitaria en la India. Entre otras cosas nada importantes pero que sirven para situar el momento histórico de su existencia, Madre Teresa fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 1979. Juan Pablo II la beatificó en el 2003, su proceso de canonización continúa.
[3] Ésta leyenda la menciona tanto Paulo Coelho al comienzo de El Alquimista como el P. Raniero Cantalamessa OFM, Predicador de la Casa Pontificia, en un comentario al Evangelio en la Natividad del 2005.


Ilustración: Juan Bautista Foggini, Adoración de los pastores, 1675, Mármiol, 1.35x86x28 cm, L'Hermitage (San Petesburgo)

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris