IV Domingo de Adviento

El evangelio de éste último domingo del tiempo de Adviento narra el preciso momento en el que el Hijo de Dios se empieza a formar en el seno la Santísima Virgen. El hecho central de éste pasaje evangélico –que tan maravillosas obras de arte ha inspirado- es…un embarazo[1].

Es inevitable plantearse inmediatamente la pregunta: ¿por qué el tema de la vida viene ocasionado tantas discusiones y debates en los últimos años? El principal motivo –o por lo menos uno de los principales- no es de tipo económico. Los nacimientos deberían aumentar a medida que se camina hacia las franjas más elevadas de la sociedad, o según se va del Sur al Norte del mundo, y en cambio sabemos que ocurre exactamente lo contrario.

El motivo es más profundo: es la falta de esperanza, con lo que implica: confianza en el futuro, impulso vital, creatividad, poesía y alegría de vivir. Si casarse es siempre un acto de fe, traer al mundo un hijo es siempre un acto de esperanza. Nada se hace en el mundo sin esperanza. Necesitamos de la esperanza como del aire para respirar. Cuando una persona está a punto de desmayarse, se grita a quienes están cerca: «¡le falta aire!». Lo mismo se debería hacer con quién está a punto de dejarse ir, de rendirse ante la vida: «¡Denle un motivo de esperanza!». Cuando en una situación humana renace la esperanza, todo parece distinto, aunque nada, de hecho, haya cambiado. La esperanza es una fuerza primordial. Literalmente hace milagros.

El Evangelio tiene algo esencial que ofrecernos a todos en este momento concreto de la historia: la Esperanza con mayúsculas, virtud teologal, que tiene por autor a Dios mismo. La esperanzas terrenas (casa, trabajo, salud, el éxito de los hijos...), aunque se realicen y sean buenas en si mismas, al final desilusionan si no hay algo más profundo que las sustente y las eleve.
Un ejemplo muy gráfico es la tela de araña: es una obra de arte, perfecta en su simetría, elasticidad, funcionalidad, tensa desde todos los puntos por hilos que tiran de ella horizontalmente. Se sujeta en el centro por un hilo desde arriba, el hilo que la araña ha tejido descendiendo. Si uno desprende uno de los filamentos laterales, la araña sale, lo repara rápidamente y vuelve a su sitio. Pero si se rompe ese hilo de lo alto, todo se distiende. La araña sabe que no hay nada que hacer y se aleja. La virtud de la Esperanza es el hilo de lo alto en nuestra vida, lo que sustenta toda la trama de nuestras esperanzas.

En este momento en que sentimos tan fuerte la necesidad de esperanza, esta fiesta de la Navidad puede representar una maravillosa ocasión para renovarnos por dentro.

El Evangelio es clarísimo: Todo aquel que acoge a este niño en mi nombre, me recibe a mí[2]. Esto vale para quien acoge a un niño pobre y abandonado, para quien adopta o alimenta a un niño de algún país con poco desarrollo; pero vale sobre todo para los padres cristianos que, amándose, en fe esperanza, se abren a una nueva vida. Muchas parejas que, cuando se anunció el embarazo, se han visto por un momento llenas de confusión e incluso tristeza seguramente sentirán que pueden hacer propias las palabras de la profecía de Isaías: ¡Acrecentaste el gozo, hiciste grande la alegría, porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado![3]

Invocando a la Santísima Virgen como esperanza nuestra, pongamos bajo su maternal protección y pidamos más luz y más alegría en estos días previos a la celebración de la Nochebuena ■

[1] Homilía pronunciada el 21.XII.2008, IV Domingo de Adviento en St. Matthew Catholic Church, en San Antonio (Texas).
[2] Cfr Lc 9, 46.50.
[3] Cfr 9, 1-7.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris