Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

Dice C.S. Lewis[1] con bastante buen humor en una de sus mejores obras que cuando lleguemos al cielo (si el lector nos permite la atrevida manera de hablar) nos llevaremos una triple sorpresa. La primera será porque encontraremos personas que nunca hubiéramos pensado y esperado que estuvieran allí. También nos sorprenderá no encontrar ciertas personas que pensábamos y esperábamos que estuvieran allí. Y la más grande de las sorpresas será ¡que nosotros estemos allí![2]

La solemnidad de Jesucristo Rey del Universo con la que terminamos el año litúrgico es una buena oportunidad para reflexionar sobre la idea tantas veces hablaba y puesta por escrito de que nadie, absolutamente nadie –excepto nuestro Señor- tiene el monopolio de la Salvación.

En el camino de la vida uno se encuentra con personas que piensan y hasta cortan cabezas afirmando que sólo los católicos nos salvamos, es decir, que la salvación viene únicamente a través de la Iglesia católica, y que cuando uno tiene sus más y sus menos con Dios y con la Iglesia y pasa por una crisis –llámese divorcio, llámese separación, llámese secularización, llámese de la manera que sea- el fracaso es total, universal, definitivo e irreparable.

Su santidad Benedicto XVI escribe en Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo: «¿En dónde consta que el tema de la salvación debe asociarse únicamente con las religiones? ¿No habría que abordarlo, de manera mucho más diferenciada, a partir de la totalidad de la existencia humana?

»¿Y no debe seguir guiándonos siempre el supremo respeto hacia el misterio de la acción de Dios? ¿Tendremos que inventar necesariamente una teoría acerca de cómo Dios es capaz de salvar, sin perjudicar en nada la singularidad única de Cristo?».

Poco o más bien nada hay que agregar a sus palabras.

Y lo mismo con el tema de vocación –que es el camino personal por el que cada uno se salva (salvación entendida como madurez hacia el amor), que todo hombre tiene por el hecho de serlo. Eso es lo que llama El Papa “la totalidad de la existencia humana”. No es cuando se cae en algún error que se deja el arado. No. La desgracia viene se deja de ser quién de verdad uno debe de ser.

Para realizarse en la propia vocación se necesita tiempo –el tiempo también es gracia: y con el tiempo llega el conocimiento personal: saber quién soy, como soy, aceptarme, quererme en lo bueno y en lo malo, y darme al mundo. A partir de allí se va andando, pian pianito.

A los que nacimos en el seno de la Iglesia católica o a aquellos que libremente han querido formar parte de ella y nos va bien, pues perfecto. El que nació musulmán o adorador del Yame Luang pues también; al que le ha tocado vivir en el Budismo, pues lo mismo. Y glosamos de nuevo al Papa[3]: «Por ejemplo, hoy en día contemplamos diversas maneras en las que se puede vivir el Islam: formas destructoras y formas en los que podemos reconocer cierta cercanía el misterio de Cristo. ¿Podrá y tendrá el hombre que arreglárselas simplemente con la forma que encuentre ante sí, por la forma que en que se practica en su entorno la religión que le ha correspondido? ¿O acaso no tendrá que ser una persona que tiende a la purificación de su conciencia y que –al menos eso- va así en pos de las formas más puras de su religión?»[4]

Nada en ésta vida es solamente blanco o nada más negro. No le estoy restando importancia al misterio del mal, o al pecado. Lo que quiero decir es que no podemos ni debemos movernos únicamente en el mundo de la justicia y la medida. Dios no debe nada a nadie, y aunque hagamos sacrificios increíbles y admirables por Él, sus recompensas siguen siendo gratuitas y generosas.

Habemos ¡ay! quienes somos como los obreros de la parábola; los contratados desde la mañana hablan con el lenguaje de la justicia, exigen equivalencia entre trabajo y salario, y no está bien. “¿Por qué le das a ése, que no ha trabajado más que una hora, lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor?”. –¿Y tú por qué ves mal que yo sea bueno?” Contesta el dueño de la viña que es fino y educado[5].

Termina el año litúrgico. Gran oportunidad para meditar sobre lo que canta el Prefacio de la Liturgia: El de Jesucristo es un Reino de la verdad y de la vida, Reino de la santidad y de la gracia, Reino de la justicia, del amor y de la paz

[1] Clive Staples Lewis (1898-1963), popularmente conocido como C. S. Lewis y llamado Jack por sus amigos, fue un medievalista, apologeta cristiano, crítico literario, académico, locutor de radio y ensayista. Es también conocido por sus novelas de ficción, especialmente por Cartas del diablo a su sobrino, Crónicas de Narnia y la Trilogía Cósmica. Lewis fue un amigo cercano de J. R. R. Tolkien, el autor de El señor de los anillos. Ambos autores fueron prominentes figuras de la facultad de Inglés de la Universidad de Oxford y en el grupo literario informal de Oxford fueron conocidos como los Inklings. De acuerdo a sus memorias Cautivado por la alegría, Lewis fue bautizado en la Iglesia de Irlanda cuando nació, pero durante su adolescencia se alejó de su fe. Debido a la influencia de Tolkien y otros amigos, cuando tenía cerca de 30 años, Lewis se reconvirtió al cristianismo, siendo "un miembro ordinario de la Iglesia de Inglaterra". Su conversión tuvo un profundo efecto en sus obras, y sus transmisiones radiales en tiempo de guerra sobre temas relacionados al cristianismo fueron aclamadas ampliamente.
[2] Homilía preparada para el XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, Noviembre 23 del 2008.
[3] Para que se les pongan los pelos de punta a algunos que nos leen y que caminan por el camino del fanatismo; estoy aprovechando que hoy no predico, sólo escrito para el blog.
[4] Ed. Sígueme, Salamanca, 2005, p. 48.
[5] Cfr Mt 20, 1-16.
Ilustración: Matthias Grünewald, El despojo de Cristo (detalle), 1503, óleo sobre tabla, Alte Pinakothek (Munich).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris