XXVI Domingo del Tiempo Ordinario


La parábola de éste domingo nos recuerda sin duda la que escuchamos el domingo pasado[1] y que trata de explicar –ese es el sentido de las parábolas- que Dios no actúa con criterios humanos. Para Él es tan valioso aquel o aquella que ha pasado su vida entera dentro del cristianismo, como aquel o aquella que ha llegado a la hora del ocaso –lleno de lodo y con el alma hecha pedazos- o aquel o aquella que incluso a trabajado en otra viña que no se llama precisamente católica, pero que ha hecho el bien porque ha seguido lo más rectamente posible su conciencia[2].

¿Por qué afirma Jesús que publicanos y prostitutas van por delante en el camino hacia el Reino de los cielos? Puede haber muchas explicaciones, una de ella es que se aceptaron a si mismos como publicanos y prostitutas, y se dieron cuenta, humildemente, de la miseria en la que vivían; entendieron la necesidad de vivir junto a Dios, y decidieron convertirse. Posiblemente con caídas, con algunos retrocesos, pero con los ojos puestos en las manos de Dios[3] y confiando en su infinita misericordia, que es la garantía de la conversión.

A lo largo de evangelio vemos que Jesús perdona con mucha facilidad las debilidades de los humanos. El Señor no iba metiendo broncas a la gente que pecaba por exceso. Tampoco las bendecía, pero llama la atención que no las trataba con la dureza que sí tenía con fariseos, y los sumos sacerdotes[4].

Pareciera como si para Jesús los pecados de la carne y cosas así fueran como un río que se desborda, pero tarde o temprano vuelve a su cauce.
El fariseo –y eso es lo que realmente sacaba de quicio a Jesús- era a los ojos de los demás como un río tranquilo, en su cauce, sereno, limpio, pero... ¡ay!, estaba envenenado.

San Pablo sabía bien lo que les decía a los cristianos de Filipo; lo acabamos de escuchar en la segunda de las lecturas: Nada hagan por espíritu de rivalidad ni presunción (…) por humildad cada uno considere a los demás como superiores a sí mismo (…)[5].

Gran error el de los fariseos creerse superiores a los demás, o más puros, o con un conocimiento de Dios y de la ley mejor que el de los demás.

Que no se nos olvide que Dios es un Dios humilde. Humilde en su Revelación. Humilde también en su Iglesia que NO construyó como una élite de perfectos, sino como una esposa indefensa y mil veces equivocada, tartamudeante y armada sólo con una modesta honda y unas pocas piedras frente al Goliat del mundo[6].

Y a éste Dios humilde, [pues]… le atrae la gente humilde y sencilla[7].

Esta vida es como una montaña, Dios está en la cima y todos vamos subiendo.

Y hay dos caminos. Uno es el escarpado, el de los grandes santos, el camino en el que algunos van dejando pedazos de piel. Camino durísimo, empinadísimo. Difícil de recorrer.

Y está también el camino de las carretas, que sube como en zig-zag hasta la punta. Camino mucho más fácil y más llevadero. Por ése vamos la mayoría de los seres humanos.

Al que Dios le de el coraje y la vocación y la fuerza para subir por el primero de los caminos, ¡bendito sea! En definitiva lo importante es subir, lo necesario es amar, aunque sea con un amor tartamudo: Dios sabrá valorarlo ¡vaya que lo valora! y como a los viñadores de la última hora o a las prostitutas o a los publicanos que van por delante de nosotros en el camino de la conversión, también nos dará nuestra recompensa. Porque Él es bueno y generoso.

Al final de la subida, ya muy cerca de la cúspide, los dos caminos desaparecen y ya solo queda la roca viva. Desde allí sólo se puede subir con guía. O llevados en brazos. De hecho Dios mismo nos lleva así –en sus brazos- en los últimos momentos de nuestra vida. La muerte no es otra cosa que ese abrazo de Dios en el último instante, el abrazo fuerte que nos lleva a la Vida ■

[1] Cfr Mt 20, 1-16a.
[2] Homilía pronunciada el 28.IX.2008, en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[3] Cfr Sal 122.
[4] Cfr Mt 23, 13-36; Mc 12, 38-40; Lc 20, 45-47.
[5] Cfr Fil 2, 1-11.
[6] Goliat, fue un guerrero filisteo que, según la Biblia, combatió contra el rey David en el siglo XI a. C. Es un gigante oriundo de la ciudad de Gath y miembro del ejército de los filisteos. Goliat es descendiente de Anak, el cual provenía de una raza conocida como Anakim o Nephilim, los cuales, se dice, eran gigantes. El relato bíblico se encuentra en el capítulo 17 del Primer libro de Samuel.
[7] Cfr 1 Pe 5, 5.


Ilustración: Lucas Cranach (the Elder), Portrait of Dr. Johannes Cuspinian (detail), c. 1502, óleo sobre mandera, Oscar Reinhardt Collection (Winterthur)

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris