XIX Domingo del Tiempo Ordinario

La virtud de la caridad que estamos invitados a vivir, tiene como modelo el amor que Dios tiene al hombre, es decir, Dios quiere a su criatura humana deseándole el bien, llamándola constantemente a la bienaventuranza, pero de tal forma que no se lo impone sino que la hace ser ella misma, por eso es que es posible afirmar que el amor de Dios es el principio de la libertad de la criatura[1].

Por eso "querer bien" a alguien no se puede expresar adecuadamente diciendo solamente que es "querer lo mejor" para esa persona. Ciertamente, si se toma esa expresión en sentido pleno, es decir, considerando que lo mejor es Dios, es indudable que esa frase dice verdad. Pero hay que tener en cuenta que a Dios se puede llegar de muy diversos modos. Dios se reveló como el Dios "Altísimo", es decir, el que está por encima de todas las opciones concretas y de los modos culturales o incluso –entiéndase bien- institucionales.

Existe un tipo de amor que pone muy directamente en presente la persona del que ama. Este es el caso del amor humano, del enamoramiento. En esta forma de amor, la persona que ama se hace objeto directo del amor, y es a través de ese amor a su persona como lleva al amado a mejor.

Existe sin embargo un amor distinto, el amor llamado de caridad, que no debe poner a quien ama como objeto del amor del amado, sino que debe buscar sencillamente el bien del amado. Éste es justamente el equívoco de quienes piensan ayudar a que los demás sean mejores en base a su propio cariño. Cuando esto se acentúa mucho, la caridad se hace untuosa, y entonces el cariño que pretende ayudar se hace equívoco: se asemeja demasiado al amor de enamoramiento, y da lugar a problemas afectivos inquietantes.

Todo esto significa que el que quiere de verdad desea ciertamente las buenas cualidades, pero lo hace de manera que facilita que la persona amada ponga en juego sus propias virtudes con libertad y confianza.

Aquel que tiene auténtica caridad no avasalla con su actitud, no entra con violencia en la vida de la otra persona, no fuerza a la persona que quiere. El que quiere de verdad no se hace notar demasiado. El efecto de su afecto no es hacer ver que él quiere mucho sino que cada cual se siente capaz de dar lo mejor de sí mismo. Por eso, la posición de quien se alza destacando y mostrando una solicitud vehemente por alguien, no está queriendo de verdad. Probablemente esté adoptando esa actitud para reprochar indirectamente a otros que no han tenido esos detalles[2].

El amor bueno se llama benevolencia, que es el respeto de cada uno. El fruto de la benevolencia es que la persona querida sea mejor, según ella es en sí misma, es decir, que pueda cumplir su propia finalidad. Esto supone que se ha respetado su libertad.

Es irrenunciable por tanto el respeto a la libertad de cada uno y, de manera particular, el respeto a su intimidad. En este sentido la Iglesia nos ha dado siempre una muestra egregia de respeto a la persona con su institución del sigilo sacramental. En efectos en el sigilo, que no puede ser violado absolutamente, se muestra que la intimidad de la conciencia no puede ser violada ni siquiera con la presunta intención de ayudar más a la persona. Esto enseña que el bien de la persona no se puede procurar a costa de ella misma. En esta práctica multisecular y ampliamente experimentada se advierte que la intimidad de las personas pertenece sólo a ella misma y a Dios.

Quien quiere de verdad saca de la persona a la que quiere "lo mejor" de ella misma, haciendo que descubra sus posibilidades, sin embargo lo hace de forma que quien ha ayudado casi desaparece. El buen maestro no es que el suscita admiración de sus discípulos, sino el que hace que el discípulo se advierta a sí mismo capaz de cosas grandes, como caminar en el agua, por poner el ejemplo que escuchamos en el Evangelio[3].

Cuando quien ayuda se muestra demasiado, quizá no está buscando el bien de la persona, sino que se está buscando a ella misma, posiblemente con el deseo de dejar constancia pública de su solicitud por los demás. Eso no es amor de verdadera caridad sino lo que C. S. Lewis llama afecto[4]

Quien ama no se escandaliza de la conducta de los demás, ni pretende que los demás sean buenos de la misma manera que ella pretende ser buena. La bondad tiene muchos caminos, y casi todos pasan por trances de dificultad.

Quien ama intenta conocer más profundamente a las personas, y por eso no las juzga, y esto es así porque quien quiere con amor auténtico no toma como medida de su conocimiento las "constantes" que le interesan por el motivo que sea, sino que toma como medida el fin de las personas. Esto exige atención, actitud de fondo contemplativa, abandonando la propia centralidad interesada.

Todo esto implica que quien quiere bien adopta por ello mismo una actitud de servicio. Cuando alguien se muestra celosa de su posición preeminente, y mucho más si a busca o pretende lucirla aún sin tenerla, es seguro que su caridad es fingida y engañosa. Al punto Jesús, extendiendo su mano, lo sostuvo y le dijo: hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? [5].

Cuando quien debe ayudar a los demás adopta una actitud de recibir servicios o respeto y aparece especialmente celoso de su dignidad, es seguro que no podrá ayudar según el espíritu de Cristo, es decir, según aquellas palabras del Señor: Yo estoy en medio de vosotros como quien sirve.

La clave de todo esto está y por decirlo con pocas palabras se podría expresar haciendo referencia al principio general de que la gracia no quita la naturaleza, ni prescinde de ella, sino que la supone, la sana y la eleva.

La Virgen se definió como la Esclava del Señor, y eso la hizo esclava de todos: de su prima Isabel, de los que estaban en las Bodas de Caná. De todos. Que su materna y poderosa intercesión nos ayude a todos meditar a lo largo de éste día sobre nuestra actitud de servicio y la manera en la que queremos a los demás ■

[1] Cfr. A. Ruiz Retegui, Lo mejor: Caridad versus Servicio. Don Antonio Ruiz Retegui nació en Cádiz, el 7 de septiembre de 1945, y murió en Madrid, el 13 de marzo de 2000, a consecuencia de una repentina hemorragia cerebral. Cursó la carrera de ciencias físicas con brillantes calificaciones en las universidades de Sevilla (1962-64) y Barcelona (1964-67). Como miembro de la Prelatura Personal Opus Dei se trasladó a Roma en 1967 para continuar sus estudios de teología. En 1969 se trasladó a Pamplona donde realizó la licenciatura en teología (1969-71) y el doctorado (1971-74). Tras su ordenación sacerdotal en 1971, desempeñó diversas funciones académicas y pastorales. Desde 1974 fue profesor adjunto de Antropología cristiana en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Desde 1989, profesor agregado de "Teología moral" en la misma Facultad. Desde 1984 hasta 1990, fue director del Departamento de Teología para universitarios de la Universidad de Navarra. Y desde 1982 hasta 1990, profesor de "filosofía de la religión y visión cristiana del mundo" en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Navarra. A partir de 1990, se dedicó a otras tareas pastorales en Madrid.
[2] Tampoco quiere para afirmar su propia caridad. Esto es especialmente importante cuando se presenta la tentación que tener detalles de cariño con alguien con el fin de ganarlo para una causa específica. Y mucho más cuando se pretende apartarlo de otra persona. Por eso cuando alguien adopta una actitud de tener unos detalles con otros que las otras personas no han tenido, no está velando sinceramente por esa persona, sino que está marcando la diferencia entre su cariño y el de los demás, con el fin de mostrar la propia superioridad. Actitud peligrosa.
[3] Cfr Mt 14, 23.
[4] Cfr Los Cuatro Amores, Harper Collins, New York 2006, p. 43.
[5] Cfr Mt, 14, v. 31.
Ilustración: Domenico Beccafumi, La Anunciación (1545), óleo sobre tela, SS. Martino and Vittorio, Sarteano (Siena)

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris