XVII Domingo del Tiempo Ordinario

El gran riesgo que corremos los cristianos cuando escuchamos las parábolas del Reino[1] es considerarlas como una serie de ejemplos morales que más o menos vamos adaptando a nuestra época. Ciertamente hay normas de conducta en las parábolas, pero hay mucho más[2].

En los textos que la liturgia nos presenta a lo largo de éstos domingos del Tiempo Ordinario[3] descubrimos –si estamos atentos- que el Reino es en realidad don de Dios. No es algo que los hombres podamos construir con nuestras manos. Todos los méritos juntos de todos los santos, toda la inteligencia de todos los teólogos y toda la sangre de los mártires no nos acercaría ni a la puerta de ése reino de Dios. Es Dios quien siembra la semilla. Y se nos olvida con sorprendente frecuencia. La tierra más fecunda y limpia que puede imaginarse, jamás podría dar fruto si Alguien superior no siembra en ella.

Y al mismo tiempo la obra de Dios también precisa una respuesta humana, es decir Dios abre la puerta, pero es el hombre quien debe cruzarla libremente.

En el Reino, además, el hombre encuentra el sentido de su destino y de su vida, de sus sufrimientos y de sus alegrías, justamente por eso es que la predicación del Reino que sale de la boca del Señor es ante todo una predicación muy alegre y muy llena de luz. El hombre libremente puede decidir no entrar en el Reino, sin embargo debe tener la certeza –y de hecho la tiene porque Jesús no se cansa de decirlo- de que el Reino le espera[4].

Y el Reino vendrá sin duda. Junto a la alegría está la confianza. Jesús sabe que hay tierras sucias y mediocres, pero sabe -¡vaya que lo sabe!- que el granero se llenará, la mies crecerá, incluso si duermen los campesinos. El Señor sabe, incluso, que existe un enemigo que siembra la cizaña, como escuchamos en el Evangelio el domingo pasado.

El secreto para entender mejor la llegada del Reino, para corresponder a la llamada de Dios y para cooperar con lo que somos y tenemos es un corazón sensato y prudente. ¿Cómo alcanzarlo? Pidiéndolo humilde y sencillamente a Dios, quizá con las mismas palabras que recoge la primera de las lecturas y que el autor pone en boca del rey Salomón[5]: Te pido que me concedas sabiduría de corazón (…) para distinguir entre el bien y el mal[6].

En la medida en que uno va echando la mano –aún con sus miserias, con sus deficiencias- a que el reino de Dios llegue a los corazones de todos, va aprendiendo a ver la vida como Dios mismo la ve: gente sin disfraces, sin máscaras. Y en su camino por los caminos de la tierra se encuentra con vidas muy primarias, miseria al descubierto. Se mezcla lo sórdido con lo sagrado. Se confunden los pecados de los solitarios, de los pervertidos, de los infames, del egoísmo más atroz: blasfemos de un Dios que no ven, junto a la necesidad de sobrevivir, la supervivencia del día a día, y a la vez, la ternura, la sinceridad más salvaje, el dolor. En dos palabras: La gloria y el infierno. El trigo y la cizaña. Si se remueve con un palo un charco de agua inmunda se puede ver el reflejo del sol entre las miasmas: sí, Dios también está allí. La luz – Yo soy la Luz del mundo- también se refleja ¡y de qué modo! ■

[1] Capítulo 13 del evangelio de San Mateo.
[2] Homilía preparada para el XVII Domingo del Tiempo Ordinario (27.VII.2008).
[3] XVI, XVI y XVI del Tiempo Ordinario.
[4] Cfr Mt 22, 1-14; Lc 14, 15-24.
[5] Llamado también Jedidías en el Antiguo Testamento, Salomón fue el tercer y último rey de Israel, incluyendo el reino de Judá. Construyó el Templo de Jerusalén y fue célebre por su sabiduría, riqueza y poder. Según la Sagrada Escritura, se le considera el hombre más sabio que ha existido en la Tierra. Se le atribuye la autoría del Cantar de los Cantares, así como del libro de los Proverbios y es protagonista de relatos extrabíblicos posteriores.
[6] Cfr 1 Re 3, 5-13.

Ilustración: Georges de La Tour, Cristo en el taller del carpintero (detalle) 1645, óleo sobre tela, Museo de Louvre (Paris).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris