XII Domingo del Tiempo Ordinario

En la primera de las lecturas escuchamos la voz de Jeremías que se dirige a Dios recordándole que Él mismo conoce lo más profundo de los corazones. Un gran consuelo sin duda saber que Dios nos conoce bien por dentro, y que está muchísimo más allá de nuestros juicios y de nuestras tantas veces pobres y limitadas percepciones[1].

La religión y el impulso religioso en general habitan de diferentes maneras en todos los hombres y mujeres de nuestro planeta. Es un poder elemental de nuestra existencia humana que busca un horizonte de trascendencia para la vida en el mundo, así como una respuesta a las preguntas últimas que desde sus albores se ha planteado la humanidad[2].

A pesar de las dificultades objetivas y subjetivas para valorar las experiencias que viven y actúan en las diferentes tradiciones religiosas de la humanidad, es conveniente acercarse a lo que podemos saber de ellas, para avanzar en nuestro conocimiento del hombre como ser religioso.

Los cristianos, con el paso de los siglos, hemos aprendido gradualmente a respetar las otras religiones, y a mirar e interpretar con aprecio las experiencias de hombres y mujeres que se toman en serio a Dios. La Iglesia no tiene inconveniente en rendir un medido pero sincero homenaje a las religiones de la humanidad, si bien al mismo tiempo les dice adiós, porque considera que de algún modo pertenecen al pasado[3].

Es cierto a la vez que es en sus religiones donde se salvan o se pierden los hombres. En su relatividad y ambigüedad salvíficas, las religiones poseen, sin embargo, un peso propio y específico en los planes de la Providencia, que no somos capaces de determinar y hemos de respetar en silencio[4]. Es así que escribe San Agustin que no se debe dudar que también los gentiles tienen sus profetas[5], afirmación que apunta en una dirección válida y que nos recuerda además el hecho de que Miguel Ángel pintó en el techo de la Capilla Sixtina no solamente los profetas de Israel sino también a los Sibilas de las tradiciones y leyendas paganas[6]. La revelación final de Dios en Jesucristo no escribe sobre una página religiosa que esté completamente en blanco. Cuando Dios se auto revela a los hombres en la plenitud del Evangelio no ha partido de cero.

Las religiones no son probablemente la preparatio evangelica, pero múltiples aspectos del mundo religioso ajeno a la Biblia apuntan en dirección del Cristianismo y van sembrando en la historia de la humanidad señales de lo que ha de venir. En otras y mejores palabras, el buen Dios es un Ser ecónomo que aprovecha todo[7].

Su Santidad Benedicto XVI escribe en Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo…«¿En dónde consta que el tema de la salvación debe asociarse únicamente con las religiones? ¿No habría que abordarlo, de manera mucho más diferenciada, a partir de la totalidad de la existencia humana? ¿Y no debe seguir guiándonos siempre el supremo respeto hacia el misterio de la acción de Dios? ¿Tendremos que inventar necesariamente una teoría acerca de cómo Dios es capaz de salvar, sin perjudicar en nada la singularidad única de Cristo?.

»Por ejemplo, hoy en día contemplamos diversas maneras en las que se puede vivir el Islam: formas destructoras y formas en los que podemos reconocer cierta cercanía el misterio de Cristo. ¿Podrá y tendrá el hombre que arreglárselas simplemente con la forma que encuentre ante sí, por la forma que en que se practica en su entorno la religión que le ha correspondido? ¿O acaso no tendrá que ser una persona que tiende a la purificación de su conciencia y que –al menos eso- va así en pos de las formas más puras de su religión»[8].

Lo que no debemos hacer quienes formamos parte de la Iglesia –laicos y sacerdotes, todos- es ir diciendo que somos los únicos que poseemos la verdad y cuidadin con asomarnos a otros sitios, “como decía Jesucristo”. Porque Jesucristo no decía eso.

Tristemente hay personas para quienes no hay vuelta atrás: o blanco o negro. Se mueven en el mundo de la justicia, ligada a la medida. Pero Dios no debe nada a nadie, y aunque hagamos sacrificios increíbles y admirables por Él sus recompensas siguen siendo gratuitas y generosas.

Para fortuna de muchos, ha quedado –y para siempre- en el Evangelio la parábola del obrero de la undécima hora: los trabajadores contratados desde la mañana hablan con el lenguaje de la justicia –exigen equivalencia entre trabajo y salario-: ¿Por qué le das a ése, que no ha trabajado más que una hora, lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor?.

Porque me sale de las ganas, podría haber contestado yo mismo, por ejemplo. Pero el dueño de la tierra esa es más fino y que tiene un corazón grande, contesta: ¿y tú por qué ves mal que yo sea bueno?

Y es que ese afán de ortodoxia y justicia mal enfocado termina en una visión deformada del amor. La justicia sin amor se encuentra muy cerca de la intolerancia, y el resentimiento, la soberbia, en una palabra, y bien sabemos todos que esto último no es lo que debe distinguir a los hijos de Dios ■

[1] Texto preparado para http://ideasueltas-father.blogspot.com/
[2] J. Morales, La experiencia de Dios, Rialp, Madrid 2007, p. 133.
[3] Cfr www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decree_19641121_unitatis-redintegratio_sp.html
[4] Ídem.
[5] Contra Faustum 19, 2: PL 42, 348.
[6] La palabra Sibila proviene de un personaje de la mitología griega y romana. Era una mujer que disponía de poderes para la profecía, inspirados por el dios Apolo. Desde entonces vienen llamándose así a todas las mujeres que ejercieron esa capacidad de profetizar. Según algunas tradiciones, hubo una joven hija del troyano Dárdano y de Neso (a su vez hija del gobernador Teucro), que estaba dotada del don de la profecía y tenía una gran reputación como adivina. Esta joven se llamaba Sibila. Las sibilas tenían su vivienda en las grutas o cerca de corrientes de agua. Las profecías eran manifestadas siempre en estado de trance y expresadas en hexámetros griegos que se transmitían por escrito. El primer autor griego del que tengamos referencias, que hable de la sibila es Heráclito (Siglo V a. C.), que habla de una sibila. Igualmente Platón habla de sólo una sibila. Con el tiempo el número se incrementa a tres, diez o hasta doce. En todos los casos, más que por su nombre, que no poseían, se conocían por el gentilicio del paraje donde moraban. De forma majestuosa, Miguel Ángel pintó en la Bóveda de la Capilla Sixtina, intercaladas con cinco profetas, las cinco sibilas más representativas en su época, que son: Sibila eritrea, Sibila pérsica, Sibila líbica, Sibila cumana, y Sibila délfica. La iconografía católica renacentista mantiene las sibilas porque consideraban que estaban dotadas de la facultad de ver el futuro, anunciaron la llegada de Cristo.
[7] P. Claudel, Memories, Paris 1940, 216.
[8] J. Ratzinger, Fe, Verdad y Tolerancia: el Cristianismo y las religiones del mundo, Salamanca, Sígueme (Traducción de Constantino Ruiz-Garrido), 3ª edición, 2005. ISBN 84-301-1519-6, p. 48.
Ilustración: Miguel Angel Buonarroti, la Sibila de DElfos (1509) Fresco (350 x 380 cm) Capilla Sixtina, Ciudad del Vaticano (Roma).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris