X Domingo del Tiempo Ordinario

Después de muchas semanas volvemos a la serena tranquilidad del llamado Tiempo Ordinario, la parte más larga del año litúrgico. Éste año se extiende hasta el 16 de noviembre, cuando celebraremos a Jesucristo como Rey del Universo[1]. Una parte de la espiritualidad de algunos de nosotros fue educada en una idea de Dios que, vamos a decirlo de una buena vez, no es del todo correcta ni del todo saludable. Fuimos formados en una espiritualidad que nos puso delante de un Dios ¿cómo decirlo? Pues como castigador, o demasiado justiciero, cuando no vengativo. Un Dios para el que sólo existiría el blanco y el negro –nada de gris- y así las buenas obras traerían al premio y las malas el castigo, además de que la mejor manera –y casi la única- que tendríamos solucionar el mal que hay en nuestra vida serían el sufrimiento, el dolor y el sacrificio.

Sin restarle importancia a lo que de importante tiene el dolor y el sacrificio en la vida del cristiano, y recordando sobre todo que el Señor murió en la cruz y que además premiará a los buenos y castigará a los malos[2], hay que decir de una vez y para siempre que el cristiano no puede ir por la vida buscando el dolor por el dolor, ni el sacrificio por el sacrificio ni el sufrimiento por el sufrimiento.

¡Qué pena dan esas personas que constantemente están recordando sus miserias, colocándolas encima de la mesa de su vida; hay algo enfermizo en todo eso!

Hemos de tener muy claro que Dios no es un sargento o un juez que impone sanciones. Es una realidad que cometemos equivocaciones y errores grandes –pecados, no le cambiemos el nombre- pero no olvidemos que tenemos también la oportunidad de pedir perdón, de rectificar y de mirar hacia adelante.

¡Tendríamos que ser muchísimo más conscientes que estamos invadidos por el gran sentimiento de indulgencia de Dios y que al final Dios no nos abandonará!

En muchas personas hay mucho de escrupuloso, atormentado y algo resentido, porque no han comprendido el lenguaje de Dios, que es silencioso, que habla bajito, pero que ofrece muchas señales

Como escuchamos hoy en toda la Liturgia de la Palabra nuestro Dios quiere amor y no sacrificios[3]; Jesucristo resucitó para nuestra Salvación[4], y Él mismo vino a llamar no a los justos sino a los pecadores[5].

Nuestro Dios es un Dios infinitamente positivo, amigable y que confía en el ser humano. Si queremos hacerle un favor a nuestra espiritualidad, a nuestra alma y a nuestro sentido del humor, tratemos de vivir con un Dios amable y cariñoso, comprensivo y lleno de paciencia.

Quizá nos ayude lo que escribió Jaime Sabines hace no demasiado tiempo:

«Me encanta Dios. Es un viejo magnifico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega. Y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna y nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe de las manos.

»Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero eso a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida -no tú ni yo- la vida sea para siempre.

»Ahora los científicos salen con su teoría del Bing Bang... Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.

»A mi me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho -frente al ataque de los antibióticos- ¡bacterias mutantes!

»Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble.

»Mueve una mano y hace el mar, mueve otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.

»Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia -y se agita y crece- cuando Dios se aleja.

»Dios siempre esta de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy. A mi me gusta, a mi me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios»[6]


[1] Homilía pronunciada el 8.VI.2008, X Domingo del Tiempo Ordinario, en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[2] Cfr Mt 25, 31-46.
[3] Cfr Os 6, 3-6.
[4] Cfr Rom 4, 18.25
[5] Cfr Mt 9, 9-13.
[6] Jaime Sabines Gutiérrez (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas; 25 de marzo de 1926 - Ciudad de México; 19 de marzo de 1999). Fue un poeta y escritor mexicano, hijo de Julio Sabines, quien emigró del Líbano en 1902. Don Julio llegó a Chiapas en 1914, ahí conoció a Doña Luz Gutiérrez, hija de una familia burguesa de la zona y posteriormente madre de Jaime Sabines. Jaime tuvo una infancia normal, fue jugador de trompo, canicas y básquetbol. Declamador desde la primaria, lo fue oficialmente en la secundaria. En 1945 viajó a la Ciudad de México para comenzar sus estudios como médico, pronto se dio cuenta de que la carrera de medicina no era para él, en ese momento es cuando comienza su carrera de escritor. Regresó a Chiapas por una corta temporada y estuvo trabajando en la mueblería de su hermano Juan. En 1953 se casó con Josefa Rodríguez Zebadúa con quien tuvo cuatro hijos: Julio, Julieta, Judith y Jazmín. Falleció el 19 de marzo de 1999 en la Ciudad de México, víctima de cáncer, a la edad de 72 años.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris