Solemnidad de San Pedro y San Pablo

Alguien ha escrito que después de Jesús de Nazaret, Pablo es la figura más importante de la historia del cristianismo. Sin él, el cristianismo hubiera sido otra cosa, a no ser que Dios hubiera suscitado otro como él. Hay quien le ha llamado vaso de elección y el primero después del Único. El Papa Benedicto XVI, en la audiencia del miércoles, 25 octubre 2006, decía de él que “brilla como una estrella de primera grandeza en la historia de la Iglesia, y no sólo en la de los orígenes”[1].

En los Hechos de los Apóstoles y en la Epístolas escritas por él, queda reflejada la rica personalidad del Apóstol San Pablo, descrita así por la Biblia de Jerusalén, al hacer la Introducción a sus Cartas: “Pablo es un apasionado, un alma de fuego que se entrega sin medida a un ideal. Y este ideal es esencialmente religioso. Dios es todo para él, y a Dios sirve con lealtad absoluta, primero persiguiendo a los que considera herejes[2], luego predicando a Cristo, cuando por revelación, ha comprendido que sólo en él está la salvación. Este celo incondicional se traduce en una vida de abnegación total al servicio de Aquél a quien ama”.

No es extraño, por lo tanto, que San Pablo, en la vida de la Iglesia, haya sido considerado –después de Jesucristo, naturalmente- como el prototipo de apóstol cristiano, el modelo de tantos y tantos misioneros sacerdotes, consagrados y laicos. Él ha sido, es y será modelo para todos los que toman sobre sus espaldas la noble y algunas veces pesada tarea de evangelizar.

Es verdad que Pablo fue una figura excepcional, un gigante del cristianismo, pero esto no es un obstáculo para que lo imitemos en su amor al Señor, en su gastarse y desgastarse por Él, en su celo por anunciar el Evangelio, teniendo siempre claro –San Pablo lo tenía- que la eficacia de la evangelización es obra de la gracia, y no fruto de las cualidades personales.

El Papa Benedicto XVI proclamó en la basílica de San Pablo Extramuros, al sur de Roma, el Año Paulino,[3] dedicado a San Pablo, con motivo de los dos mil años del nacimiento del Apóstol de los Gentiles. El Papa habla constantemente de la unidad de los cristianos y nos dice a cada uno que al igual que en los inicios, Cristo también necesita hoy de apóstoles dispuestos a dar su vida por Él.

El Año Paulino, que estamos todos llamados a vivir, comenzará el 28 de junio de 2008 y se prolongará hasta el 29 de junio de 2009 y brindará la ocasión para redescubrir la figura del Apóstol, releer sus numerosas cartas dirigidas a las primeras comunidades cristianas, revivir los primeros tiempos de nuestra iglesia, profundizar en sus ricas enseñanzas a los gentiles, meditando en su vigorosa espiritualidad de fe, esperanza y caridad, peregrinar a su tumba y a los numerosos lugares que visitó, fundando las primeras comunidades eclesiales, pero sobre todo para revitalizar nuestra fe y nuestro papel en la Iglesia de hoy a la luz de sus enseñanzas, y para rezar y trabajar –como tanto ha insistido el Papa- por la unidad de todos los cristianos en una Iglesia unida[4]

[1] Homilía pronunciada el 29.VI.2008, Solemnidad de San Pedro y San Pablo, en St. Matthew Catholic Church, en San Antonio (Texas).
[2] Cfr 1 Tim 1,13
[3] www.annopaolino.org
[4] Hablando por último del aspecto ecuménico, la capilla destinada al baptisterio, que se encuentra entre la basílica y el claustro de San Pablo Extramuros, se transformará en “Capilla Ecuménica”, manteniendo la característica de baptisterio con pila bautismal por una parte, pero se destinará a ofrecer a los hermanos cristianos que lo soliciten un lugar especial de oración, tanto para rezar en grupo como para orar unidos a los católicos, sin celebración de sacramentos.
Ilustración: RESTOUT, Jean Restout II, Ananias devolviendo la vista a San Pablo (1719), óleo sobre tela (90 x 80 cm), Musée du Louvre (Paris).
Restout fue uno de los más célebres pintores en la Francia del s. XVIII. Este cuadro es una versión más pequeña de la que hizo por encargo de la Congregación de la Abadua de SAn Mauricio en Saint-Germain-des-Près, en Paris. En el cuadro se representa a Ananías devolviendo la vista a Pablo, que la había perdido en el camino a Damasco cuando cegado por una luz de cielo cayo por tierra. En el cuadro vemos a Saulo, de rodillas, junto a la armadura, que yace en el suelo. El Espíritu Santo en forma de paloma ilumina la escena, mientras que otro personaje brinda el agua para el bautismo del que sería llamado el Apóstol de los gentiles.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris