El Sagrado Corazón de Jesús

Cómo entender hoy la devoción al Sagrado Corazón de Jesús? ¿Sigue siendo un lenguaje válido para el cristiano del siglo XXI? ¿Qué hay de forma y qué hay de fondo?, ¿cómo ir más allá de ciertas imágenes y formulaciones que remiten a teologías de épocas pasadas?

Tal vez lo más característico del Corazón de Jesús es su actitud de amorosa ofrenda al Padre, la disponibilidad de cumplir siempre aquella voluntad; una actitud de generosa entrega, de auto donación en amor a su Padre y a sus hermanos. Jesús es el Hombre para los demás. El del Señor es un corazón que muere a su propio querer, un corazón kenótico –anonadado- humilde, obediente, a la vez que valiente y amante.

Cuando san Pablo invita a los cristianos de Filipos a tener los mismos sentimientos de Cristo y luego desarrolla el bello himno cristológico[1] nos está invitando a todos los que formamos parte de la Iglesia a este tipo de identificación con Cristo: unir nuestra vida a la entrega amorosa entrega de Jesús.

La mejor expresión de su auto donación y el retrato máximo de su Corazón entregado lo encontramos en la imagen del costado abierto del Crucificado, del cual brotó sangre y agua[2]. Benedicto XVI lo ha dicho con meridiana claridad: «La contemplación del ‘costado traspasado por la lanza’, en la que resplandece la voluntad de salvación sin confines por parte de Dios, no puede ser considerada por tanto como una forma pasajera de culto o devoción: la adoración del amor de Dios, que ha encontrado en el símbolo del ‘corazón traspasado’ su expresión histórico-devocional, sigue siendo imprescindible para una relación viva con Dios»[3].

Jesús anticipó y expresó de manera inesperada esta entrega de su Corazón en los gestos y palabras de la Última Cena: Tomad, esto es mi cuerpo, (…) Esta es mi sangre de la Nueva Alianza que será derramada por muchos [4]. Aquella noche Jesús dejó instituido como signo y sacramento el impulso de amor permanente de su Corazón entregado por nosotros. Aceptaba, por amor, la dolorosa e injusta muerte que le era impuesta. Aceptaba dar la vida por los suyos, demostrando el amor más grande.

El Señor constantemente nos está invitando –a través de la Sagrada Escritura, de la liturgia y de la personal conversación que tiene con cada uno de nosotros- a asociar nuestro corazón al suyo, haciendo nuestro su querer y su sentir. Entregar la vida diaria y ofrecer sinceramente las actividades –grandes o sencillas- por el Reino es vivir la espiritualidad eucarística: por Cristo, con Él y en Él.

Los pobres, los pecadores, los enfermos, los niños, los marginados, todos encontraron refugio y consuelo en el cariño y la bondad de Jesús que pasó haciendo el bien[5]. Jesús fue el rostro visible y amable de Dios para los abatidos y los desesperanzados, que recibieron acogida, comprensión, aliento. Del amor abundante de ese Corazón los humildes recibieron dignidad y vida nueva[6].

En la devoción al Sagrado Corazón de Jesús encontramos, pues un Corazón. Es Amor gratuito, incondicional, sin marginaciones[7]; un Amor sin medida[8]; un Amor de amistad[9]; un Amor valiente, que no teme enemistarse con los poderosos[10]; un Amor tierno, que abraza a los niños[11], un Amor misericordioso[12], un amor que corre a darnos su perdón[13] y que al mismo tiempo es paciente y humilde[14]. Un amor desafiante, que invita a seguirlo[15]; un amor que, en fin, se ofrece a los que nadie amaba[16]. Este es el amor ardiente e incontenible que está en el Corazón de Jesús, el corazón más humano de todos, por ser también divino.

En este Corazón queremos hacer nuestra morada. Él suple con su infinita misericordia nuestras limitaciones e incoherencias. A Él nos acogemos con la confianza de no ser rechazados, porque su amor sana nuestras miserias. Entendemos así y nos hacemos cargo de las palabras de Juan Pablo II al P. Kolvenbach, superior de la Compañía de Jesús, en Paray -le –Monial hace algunos años: «Padre, es urgente que el mundo sepa que el Cristianismo es la religión del amor».

La piedad clásica del Sagrado Corazón de Jesús invita a una oración de reparación ante los ultrajes que sufre un Corazón que tanto ha amado a la humanidad y que no recibe más que desprecios e indiferencia, un Corazón triste por la ingratitud del mundo:

“He aquí este Corazón que tanto amó a los hombres hasta consumirse para testimoniarles su amor. Y como reconocimiento sólo recibe de la mayoría ingratitudes, por las irreverencias y sacrilegios, y por la frialdad y desprecio que tienen conmigo en este Sacramento de amor. Y lo que me duele más es que son corazones a mi consagrados que también proceden de esta manera”[17]

Este lenguaje quejumbroso y sentimentalista puede hoy chocar nuestra sensibilidad moderna, pero nos da luces para entender mejor la verdadera humanidad de Jesús y tomar conciencia de una dimensión que nos resulta sorprendente: Jesús, al igual que nosotros, necesita cariño. Jesucristo, aunque perfecto Dios, fue hombre como nosotros, lo cual significa que era como cada uno de nosotros en sus sentimientos, penas y alegrías; en sus necesidades de afecto. El hecho de ser también Dios no le resta nada a su verdadera humanidad. Le gusta que lo quieran, tal como nos ocurre a todos nosotros, y le duele el rechazo. Esto es simplemente un corolario de la Encarnación. Viene a la memoria el grito de San Francisco de Asís recorriendo Umbría: ¡El Amor no es amado!.

La humanidad de Jesús deseosa de ser querida no es anulada por la resurrección, a orillas del lago de Tiberíades el Resucitado le reclama a Pedro su amor: Simón, ¿me amas?[18]. El Amor pide ser amado, incluso en su actual estado glorioso.

No sería fiel a la realidad del Corazón de Jesús quedarnos sólo con su tristeza por el amor rechazado. ¡Él es ante todo un Corazón feliz! Feliz con sus hijos e hijas, feliz de que estemos con él, feliz cuando ve nuestras luchas honestas por ser más fieles y mejores apóstoles. Feliz con la sonrisa de los niños y el amor de una mamá. Está contento cuando a los pobres (muchas veces nosotros mismos) se les anuncia el Evangelio. El Señor se goza con nosotros y le gusta querernos, nos alienta en los esfuerzos pastorales y se alegra con nuestros logros (que en realidad son de Él).

El Corazón misericordioso de Jesús siente especial predilección y compasión por aquellos que la sociedad olvida y desprecia, los humildes y pequeños. Como el corazón de una mamá, Dios desea dar más cuidado a los más desvalidos.

Lejos de un sentimentalismo auto referente, la verdadera tristeza del Corazón de Jesús es entonces el dolor de todos los no amados de la historia, de los tristes por su soledad y miseria, de los perdedores y abandonados. En ellos Jesús sigue sufriendo y para ellos Jesús pide amor y justicia, que es la reparación que más le interesa[19].

Aliviamos y reparamos su corazón afligido cuando socorremos al hermano pobre y desamparado, cuando atendemos al necesitado, cuando hacemos justicia. «De este modo –y esta es la verdadera reparación exigida por el Corazón del Salvador – sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia podrá edificarse la civilización del Corazón de Cristo»[20].

A este tipo de amor nos llama la espiritualidad del Corazón de Jesús, porque así nos ama él. Amar entregando la vida como él la entregó. Amar con gratuidad, sin esperar nada a cambio. Amarlo a él porque a su corazón humano le gusta que lo quieran. Amar como él amó, amar a quienes él amó ■

[1] 2,5-11.
[2] Jn 19,34
[3] Carta del 15 de mayo de 2006
[4] Mc 14, 22.24
[5] Cfr Hch 10,38
[6] “Dado que el amor de Dios ha encontrado su expresión más profunda en la entrega que Cristo hizo de su vida en la cruz, al contemplar su sufrimiento y muerte podemos reconocer de manera cada vez más clara el amor sin límites de Dios por nosotros: ‘tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna’. (Jn 3,16)” (Benedicto XVI, carta del 15 de mayo de 2006)
[7] Mt 5,44
[8] Jn 15,9
[9] Jn 15,11-17
[10] Mc 3,1-6
[11] Mc 10,13-16
[12] Jn 8,11
[13] Lc 15,11-32
[14] Mt 11,29
[15] Mc 10,21
[16] Lc 7,36-50
[17] Palabras de Jesús a Santa Margarita María en junio de 1675.
[18] Jn 21,15
[19] El ayuno que me agrada es que suelten las prisiones injustas (Is 58).
[20] Benedicto XVI citando a Juan Pablo II, carta del 15 de mayo de 2006.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris