V Domingo de Pascua

Sin duda somos muchos los que a lo largo de éstos días hemos acompañado espiritualmente al Papa Benedicto XVI en su visita a éste país[1]. Ahora mismo está a punto de iniciar la Misa en el Yankee Stadium de New York con la que finaliza su viaje apostólico[2]. Nos unimos, pues a las intenciones del Papa y de los obispos americanos y le pedimos a nuestro Señor de manera especial por nuestro Arzobispo, Mons. Gómez, y su nuevo obispo auxiliar, el P. Oscar Cantú que será consagrado obispo aquí en la Arquidiócesis el próximo dos de junio[3].

Acabamos de escuchar la voz del Señor en el evangelio diciéndole a Tomás que él mismo es la Verdad[4].

La verdad va siempre muy de la mano con el buen humor, con la cortesía, con la amabilidad. O por lo menos así debería ser.

Hemos de aprender que todo, absolutamente todo, puede decirse con claridad y cortesía. La razón expuesta con malos modos no convence. Nunca. Sino que enfurece. Nadie es infalible. Todas las cosas las sabemos entre todos. Todos necesitamos de indulgencia, y el que no la otorga a los demás, difícilmente la encontrará para sí mismo.

Una de las ideas más claras del Papa Juan XXIII –y en en el fondo es una idea que atraviesa todo el Concilio Vaticano II- es esa de que es tan importante el modo en que se dice la verdad, como la verdad misma.

Puede asegurarse que de cada diez veces que una verdad es rechazada, tal vez dos o tres sea porque quien la recibe no quiere escucharla, pero ocho al menos es porque quien la dice trata de imponerla a la fuerza, o de manejarla sin el suficiente amor.

[Y es que] Una verdad tiene que encontrar el momento para ser dicha, el tono en que debe ser dicha, el tiempo necesario para dejarla que madure en el alma del que oye, y siempre una sonrisa que sirva de introducción.

Si lo que queremos con nuestras razones es aplastar, imponer, demostrar qué listos somos, ¿Qué esperanza tendremos de que alguien nos abra las puertas de su comprensión?

La verdad, además, va siempre acompañada dos sentidos: el sentido común y el sentido del humor.

Le preguntaron al Papa hace poco sobre el sentido del humor, y respondió «personalmente creo que Dios tiene un gran sentido del humor. Él es el Sentido del Humor, con mayúscula. A veces nos da un empujón y nos dice “¡No te des tanta importancia, hombre!”.

En realidad, el buen humor es un componente de la alegría de la creación. En muchas ocasiones de nuestra vida se nota que Dios también nos quiere impulsar a ser un poco más ligeros; a percibir la alegría; a descender de nuestro pedestal y a no olvidar el gusto por lo divertido».

Nuestro Dios insistirá siempre en que gritemos menos, en que no juguemos al cascarrabias o al berrinche, a que digamos la verdad con claridad y cortesía, buscando el momento adecuado para decirla, usando el tono correcto, esperando el tiempo que haga falta para que germine en quien nos escucha y sonriendo antes y después.

El Papa –que no ha parado de sonreír desde que bajo del avión que lo trajo a los Estados Unidos- decía el pasado miércoles en su discurso en la Casa Blanca: «(…) confío que los americanos y todos aquellos que viven en ésta país encuentren en sus creencias religiosas una fuente preciosa de discernimiento y una inspiración para buscar un diálogo razonable, responsable y respetuoso en el esfuerzo de edificar una sociedad más humana y más libre»[5].


[1] Homilía pronunciada el 20.IV.2008, V Domingo del Tiempo de Pascua, en St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[2] http://www.uspapalvisit.org/
[3] http://www.archdiosa.org
[4] Cfr Jn 14, 6-9.
[5] http://www.zenit.org/article-26962?l=spanish

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris