III Domingo de Pascua

La pregunta que el Señor hace a aquellos dos que caminan hacia Emaús la tarde del domingo, bien podría hacérnosla a cada uno de nosotros ahora mismo: ¿De qué cosas vienen hablando tan llenos de tristeza?[1]. Por decirlo en palabras más modernas aquellos dos hombres estaban deprimidos, estresados. Y ésa depresión, o tristeza o amargura que llevan en el corazón por lo vivido es lo que les impide reconocer a Jesús[2].

Y de la misma manera que Tomás, en medio de sus hermanos y sostenido por ellos y con la ayuda de la gracia reconoció a Jesús como su Dios y Señor[3], a éstos dos les hará falta que Jesús les explique el sentido de las Escrituras y que lo vean partir el pan –como sólo Él sabía hacerlo- para que comprendan y entonces y sólo entonces sus ojos se abran y lo reconozcan.

Para los que creemos en Cristo y decimos profesar la fe católica; para cada uno de los que nos encontramos hoy aquí, la manera más fundamental que tenemos para conocer a Jesús y vivir cerca de Él es la lectura de la Sagrada Escritura y la celebración de la Eucaristía. No hay más. Así de fácil, así de sencillo. Puede haber otros cientos de actividades espirituales, pero si faltan éstas dos, la vida espiritual es débil y sin duda pronto caerá en la superficialidad, o peor aún en la superstición.

Si en nuestra vida hay tristeza, o angustia, o amargura o incluso soledad, es porque falta la presencia del Señor. Cuando Él está de verdad, cuando se vive lealmente junto a Él, ni la tristeza, ni la angustia, ni la amargura llegan. Y todos lo sabemos.

Todo esto no significa que Jesús nos quiera impecables. No. Él sabe bien –es el principal motivo de su Encarnación- que formamos parte de la condición humana, y que las faltas y debilidades nos habrán de acompañar hasta el último de nuestros días. Lo único que nos pide que es que reconozcamos humildemente –porque además nos lo dice expresamente en el evangelio- que sin Él no podemos hacer nada[4], y que sólo en Él tienen solución y explicación todas y cada una de las cosas que suceden en nuestra vida: lo más bajo y trivial, lo más elevado y majestuoso, lo empírico y lo divino, lo más flotante e impreciso y lo más firme y estable, lo superficial y lo más real y absoluto[5]. Todo.

San Agustín, que había experimentado mucho todas éstas cosas y que durante años buscó a Dios, lo expresa de manera admirable cuando escribe sus Confesiones: Dios mío (…) tú estabas dentro de mí y yo afuera y así por fuera te buscaba y, deforme como era, me lanzaba sobre esas cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo pero yo no estaba contigo. Me llamaste y clamaste y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré y ahora te anhelo; gusté de Ti y ahora siento hambre y sed de Ti. ¡Ay de mí, Señor! ¡Ten misericordia de mí! Yo no te oculto mis llagas. Tú eres médico y yo estoy enfermo; Tú eres misericordioso y yo soy miserable. Toda mi esperanza estriba en tu muy grande misericordia. Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras[6].

Un propósito sencillo y claro para éste tercer domingo del tiempo de Pascua podría ser el pedirle sinceramente al Espíritu de Dios que nos llene de amor hacia ésas dos fuentes del conocimiento de Jesucristo: La Sagrada Escritura y la Eucaristía. Que nos ayude a leer y escuchar con atención y cariño, y a participar de la mesa del Señor con agradecimiento y amor, con la firme certeza de que de la misma manera que hizo con los discípulos de Emaús será el mismo quien nos explicará las Escrituras y partirá para nosotros el pan[7].

[1] Lc 24, 13.
[2] Homilía pronunciada el 6.IV.2008, en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas), III Domingo del Tiempo de Pascua.
[3] Cfr Jn 20, 19-31.
[4] Cfr Jn 15, 5.
[5] J. Morales, La experiencia de Dios, Rialp, Madrid 2007, p. 12
[6] S. Agustin, Confesiones, X, 26. 37. las obras completas de San Agustin en una excelente traducción pueden encontrarse en: http://www.augustinus.it/spagnolo/index.htm
[7] Misal Romano, Plegaria Eucarística V.

Ilustración: Jean-Louis Forain, La Cena de Emaús (1912-1913), Rosenwald Collection

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris