Segundo Domingo de Pascua

La liturgia de la Iglesia celebra el segundo domingo del tiempo de Pascua, desde hace algunos años llamado Domingo de la divina Misericordia[1]. Escuchamos el pasaje del encuentro entre Tomás y el Señor al tiempo que somos invitados a reflexionar sobre la misericordia de Jesús con los suyos. Con cada uno de nosotros[2].
Naturalmente viene a la mente la pregunta de si Tomás no amaba a su maestro. Evidentemente sí, pero era testarudo, positivista y obstinado. No sólo quería pruebas, sino que las exigía a la medida de su capricho. Y Jesús se somete a aquella actitud de su apóstol con una mezcla de ironía, realismo y una profunda y verdadera ternura.
Aquella tarde los apóstoles se han reunido para orar en común. Tomás se siente posiblemente incómodo en medio de la fe de todos, pero el paso de los días parece haber robustecido su incredulidad. Mas no por ello piensa en separarse de sus hermanos. Hay una fe más honda que sus dudas que sigue uniéndole a ellos. Esta fue su salvación: seguir con los suyos a pesar de la oscuridad.
Hace pocos días, uno de ésos buenos y grandes amigos que Dios y la vida nos han puesto en el camino, nos escribía «ayer estuve en la misa de resurrección en mi parroquia que justamente es la de Nuestro Señor de la Resurrección. La misa estuvo verdaderamente hermosa, con un coro maravilloso; concelebrada por tres sacerdotes y presidida por el obispo. Estaban también algunos de los Caballeros de Colón que le dieron solemnidad a la celebración… Llegué a la conclusión que nuestra Iglesia está en un gran momento; después de cincuenta años de materialismo como religión oficial, de la increíble secularización, de la desbandada posconciliar, la vapuleada que le han puesto los medios de comunicación, los escándalos en que se vio envuelta en sus últimos años y su clarísima e inamovible postura en temas que los liberales pensaban que iba a cambiar y que no lo ha hecho, hemos quedado solamente quienes estamos convencidos de su santidad… es decir estamos todos los que somos y somos todos los que estamos y eso le da (desde mi punto de vista) un nuevo brío de juventud; siento que siendo minoría, somos más comunidad y eso es vital (valga la redundancia) para su vitalidad».
Pienso exactamente lo mismo que tú, amigo: que la Iglesia está muy viva. Vivísima a pesar lo sucedido a lo largo de veinte siglos. Tan viva y palpitante como aquella tarde en la que el Señor se presentó resucitado a los suyos, con Tomás delante. Un Tomás lleno de miedo y al mismo tiempo lleno de fe[3]. Un Tomás que nos representa de una manera perfecta a cada uno.
Aquel apóstol se dio cuenta de que allá en el fondo siempre había creído en la resurrección, que la deseaba con todo su corazón, y que si se negaba a ella era por miedo a ser engañado en algo que deseaba tanto; que se había estado muriendo de deseo y de miedo de creer al mismo tiempo[4].
Los dos que en la tarde de la Resurrección van camino de Emaús creían que creían[5]. Tomás creía que no creía. Jesús les trajo, a los tres, la sencillez alegre de creer sin sueños y sin miedos[6]. En el fondo Tomás se dio cuenta que si se negaba a creer era por la rabia de no haber estado allí cuando Jesús vino. ¿Los demás iban a verle y él tendría que creer sólo por la palabra de otros? Y con aún con todo, Tomás no pensó en separarse de sus hermanos, y ése sentimiento de fraternidad fue su salvación: seguir con los suyos a pesar de la oscuridad.
No cabe duda: El mejor lugar para refugiarse cuando sobrevienen las crisis de fe es el seno de la Iglesia, que siempre ha sido, es y será Madre y Maestra; comprensiva y prudente.
De aquel pobre Tomás Jesús ha sacado el acto de fe más hermoso que conocemos. Jesús lo ha amado tanto, lo ha curado con tanto esmero, que de esta falta, de esta amargura, de esta humillación, ha hecho un recuerdo maravilloso. Dios sabe perdonar así los pecados. Dios es el único que sabe hacer de nuestras faltas, unas faltas benditas, unas faltas que no nos recordarán mas que la maravillosa ternura que se ha revelado con ocasión de las mismas.
Dudas y luz, miedo y valentía, solamente en el corazón del hombre –y antes en el de Jesús, el Hombre- pueden unirse. Lo decía el Papa el año pasado en Roma: «Éste es el júbilo de la Vigilia Pascual: nosotros somos liberados. Por medio de la resurrección de Jesús el amor se ha revelado más fuerte que la muerte, más fuerte que el mal. El amor lo ha hecho descender y, al mismo tiempo, es la fuerza con la que Él asciende. La fuerza por medio de la cual nos lleva consigo. Unidos con su amor, llevados sobre las alas del amor, como personas que aman, bajamos con Él a las tinieblas del mundo, sabiendo que precisamente así subimos también con Él. Pidamos, pues, en esta noche: Señor, demuestra también hoy que el amor es más fuerte que el odio. Que es más fuerte que la muerte. Baja también en las noches y a los infiernos de nuestro tiempo moderno y toma de la mano a los que esperan. ¡Llévalos a la luz! ¡Estate también conmigo en mis noches oscuras y llévame fuera! ¡Ayúdame, ayúdanos a bajar contigo a la oscuridad de quienes esperan, que claman hacia ti desde el vientre del infierno! ¡Ayúdanos a llevarles tu luz! ¡Ayúdanos a llegar al “sí” del amor, que nos hace bajar y precisamente así subir contigo! Amén.»[7].

[1] La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos publicó el 23 de mayo del 2000 un decreto en el que se establece, por indicación de Juan Pablo II, la fiesta de la Divina Misericordia, que tendrá lugar el segundo domingo de Pascua. La denominación oficial de este día litúrgico será «segundo domingo de Pascua o de la Divina Misericordia». Ya el Papa lo había anunciado durante la canonización de Sor Faustina Kowalska, el 30 de abril: «En todo el mundo, el segundo domingo de Pascua recibirá el nombre de domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al género humano en los años venideros». La Fiesta de la Divina Misericordia tiene como fin principal hacer llegar a los corazones de cada persona el siguiente mensaje: Dios es Misericordioso y nos ama a todos ... "y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia" (Diario, 723).
[2] Homilía pronunciada el 30.III.2008, II Domingo de Pascua (Domingo de la Misericordia), en St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[3] Cfr Jn 20, 24.
[4] Cfr J.L. Martín Descalzo, Vida y misterio de Jesús de Nazaret, Sígueme, Salamanca 1996, pp. 1201-1205.
[5] Cfr Lc 24, 13.
[7] VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA, HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI, Basílica Vaticana, Sábado Santo 7 de abril de 2007. El texto completo puede encontrarse en: www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2007/documents/hf_ben-xvi_hom_20070407_veglia-pasquale_sp.html

Ilustración: Marfil de la duda de Santo Tomás (Cristo, Tomás y los Apóstoles), Monasterio de Santo domingo de Silos (España).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris