Jueves Santo

Los racionalistas del s. XIX[1] dirigieron todos sus fuegos y el rencor que llevaban dentro contra los textos que narran la institución de la Eucaristía[2], e hicieron preguntas que tambaleaban a cualquiera ¿Realizó realmente Jesús la doble acción, sobre el pan y el vino durante su última cena? ¿Se trata de algo realmente histórico o es un algo añadido tomado de las primitivas liturgias cristianas? ¿Quiso realmente Jesús establecer un rito estable y permanente o se limito a unos gestos simbólicos de fraternidad y amistad que, luego, fueron ritualizados, institucionalizados, por los cristianos?[3].

Es mucho más útil y mucho más positivo plantear la cuestión desde otro punto de vista mucho menos amargo y sobre todo menos crítico. Desde el punto de vista de aquellos hombres que compartían esa noche la mesa con el Señor.

¿Comprendieron Pedro y los once en aquel momento que Jesús estaba ordenándoles de sacerdotes, transmitiéndoles su poder? Jesús no pudo mandarles hacer algo imposible, sin darles, al mismo tiempo, el poder de hacerlo. Su orden –haced esto en memoria mía- era ¡una ordenación! Todo aquello era menos y nada más que la coronación de la vocación nacida tres años antes[4]. Jesús les había iniciado en su doctrina; les había hecho participar de su misión; les había convertido en pescadores de hombres; había dicho con fuerza que no eran ellos quienes le habían elegido a él, sino que era él quien les había elegido; les había recordado –¡con qué ternura lo haría!- que ya no eran sus servidores, sino sus amigos[5]. Ahora era la coronación de todo: les mandaba que hicieran lo mismo que él acababa de hacer y, con ello, les capacitaba para hacerlo.

Desde aquel momento, sus apóstoles empezaban a ser sus sucesores, sus prolongadores. Y la cena dejaba de ser algo ocasional para convertirse en una institución permanente. Cuando él faltara, seguiría en la Iglesia y, con ello, esta presencia suya en el pan no sería sólo para estos doce, sino para todos los que creyeran en él por los siglos de los siglos. Con la eucaristía había nacido el sacerdocio.

El Señor, al instituir la nueva alianza, da a aquellos amigos suyos –desde entonces sacerdotes- una orden muy clara y muy precisa: haced esto en memoria mía. Y esto es lo que hoy realizamos en miles y miles de altares, miles y miles de sacerdotes.

Temblando, con nuestras manos de hombres –que no son santas ni venerables, como las del Maestro[6]- levantamos y repartimos el pan. Y a veces no lo entendemos. Quizá en nuestro rostro se puede ver la misma sorpresa de los primeros discípulos, pero el milagro se vuelve a repetir: Jesucristo vuelve a ser alimento para los suyos, y él sigue estando en medio de los que creen en él como en aquella noche de víspera de morir.

La tarde de Jueves Santo, al visitar al Señor en el Monumento, es un espacio bueno para agradecer el sacerdocio ministerial, para recordar a aquellos que ya llevan muchos años en la entrega diaria del servicio y del ministerio y que no sólo no pierden la alegría sino que cada día se ven más felices y más llenos. Y por nuestros hermanos sacerdotes ancianos que en profunda paz contemplan lo que ha sido su vida y esperan con serenidad un premio maravilloso que ya casi tocan con sus almas. Y por los que tienen mucho fruto en su trabajo y en los que no logran identificarse con su actual misión. También por los que están pasando por un momento difícil y la gente no quiere darles la comprensión y el cariño que merecen. Y por los que han tenido un tropiezo o un error y los que lo saben no quieren perdonarlos aunque ellos se hayan pasado la vida perdonando.

Tarde de Jueves Santo: fiesta de la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial, un espacio, también, para llenarse de esperanza y de alegría y recordar lo dicho por Dios hace miles de años por boca Jeremías, su profeta:

nunca le faltará a David un descendiente para ocupar el trono de la casa de Israel. Nunca les faltarán descendientes a los sacerdotes levitas para presentarse ante mí y hacer subir el holocausto, y hacer humear la oblación, y para celebrar el sacrificio cotidiano[7].

[1] Fundamentalmente Lammenais, Bautain, Hermes y Günter
[2] Cfr Mt 26, 26.
[3] Homilía para el Jueves Santo del 2008.
[4] Cfr Mc 1,17.20.
[5] Cfr Jn 15, 9. 16
[6] Accepit panem in sanctas ac venerabilis manus suas, del Canon, del Misal Romano.
[7] 33, 17-18.
Ilustración: Sadao Watanabe, La Última Cena (1984) Japón, colección particular.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris