IV Domingo de Cuaresma

El cuarto Domingo del tiempo de Cuaresma, el domingo en el que la liturgia nos presenta el pasaje del ciego de nacimiento que acabamos de escuchar, es un momento adecuado, oportuno, para pedirle a nuestro Señor que cure, como sólo Él sabe hacerlo, cada una de nuestras cegueras; que sea él la única Luz de nuestra vida –la Luz del mundo- , y que caminemos hacia él todos los días, aunque haya caídas, aunque haya errores, como se dice popularmente: mientras hay vida, hay esperanza.

El momento de la consagración en concreto, cuando el pan se convierte en el Cuerpo del Señor y el vino en su Sangre, es el momento para pedir nos ayude a ver en los que nos rodean, hermanos, no escalones para subir económica o socialmente.

Que nos ayude a ver en los demás personas, no objetos para usar y tirar; mucho menos maquinas de placer o emociones.

Que nos ayude a ver en los divorciados, personas que han tenido un tropiezo en su vida, pero que siguen caminando y teniendo corazón y sentimientos, y que son dignos de respeto, jamás de desprecio.

Que nos ayuda ver en las personas que sufren alguna adicción –alcohol, drogas, etc.- hombres y mujeres necesitados de misericordia, ayuda y de palabras de aliento.

Que nos ayude a ver en las personas que sufren el drama de la homosexualidad, hombres y mujeres con sentimientos, con espiritualidad. No se trata de ser tolerantes, sino de ser profundamente respetuosos.

Que nos ayude a ver en las personas que sufren depresiones o cualquier desequilibrio emocional o mental, seres humanos que necesitan especial paciencia y atención.

Que nos ayude a perdonar a la luz de Su presencia y de Su perdón. El día en que nuestro Señor de tome en serio algunas de las frases del Padre Nuestro, vamos a estar en un serio problema [es decir] decimos todos los días: “perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos”. Y la verdad es que nosotros perdonamos a medias, juzgando, condicionando, con cierto deseo de venganza….que nuestro Señor no nos haga demasiado caso, ni nos perdone así, mejor que nos enseñe a perdonar como Él lo hace: bien, pronto, todo y para siempre.

Hemos de tomar conciencia que todos estamos un poco –o un mucho- ciegos, y que necesitamos de Su luz y Su medicina, que sin Él no vamos a ningún sitio, ni nada de lo que hacemos tiene sentido. Parecería que lo tiene, incluso podemos caminar por la vida con cierta seguridad de que Él no hace demasiada falta ¡gran error!

Digámosle con todo el corazón ése himno tan bonito que recoge la Liturgia de las Horas para éste tiempo de Cuaresma

Señor Libra mis ojos de la muerte;
dales la luz que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milagro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos
una herramienta constructiva;
cura su fiebre posesiva
y ábrela al bien de mis hermanos.

Que yo comprenda, Señor mío,
al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo
(¡tantos me dicen que estás muerto!)
Tú que conoces el desierto,
dame tu mano y ven conmigo.


Amen

Ilustración: Sir John Everett Millais, The Blind Girl (1856), óleo sobre lienzo, Birmingham City Museum and Art Gallery (Birmingham, UK).


Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris