Solemnidad de la Epifanía del Señor

Los sabios que llegan hasta Belén para adorar a Jesús -Reyes Magos les ha llamado la tradición- no se nos olvide, ni conocían antes a Jesús, ni la Escritura nos dice que decidieran abrazar el cristianismo, que dicho sea de paso, no existía todavía como lo entendemos ahora. Los magos reconocen en la persona de Jesús al rey de los judíos por la estrella que han visto en el Oriente y le rinden la adoración que su corazón les sugiere[1].

En ésos magos venidos de Oriente hasta Belén están representadas aquellas personas que a lo largo de su vida buscarán sinceramente a Dios, hasta encontrarlo.

Salta, desde luego, la pregunta: ¿Le es lícito, pues a un hombre, a una mujer, ir buscando, a lo largo de su vida, la Verdad hasta encontrarla? Si. Y no sólo le es lícito, sino que además tiene obligación de hacerlo. Es quizá lo único que le dará sentido a su vida y a sus acciones.

Los magos de Oriente eran unos auténticos buscadores, y a eso estamos llamados cada uno de nosotros: a buscar la Verdad –con mayúscula- hasta encontrarla, teniendo en cuenta que si hemos nacido en una familia católica YA conocemos que Jesucristo es el Camino, la Verdad, y la Vida[2]. Es hacia Él –perfecto Dios y perfecto Hombre- hacia donde debemos caminar.

Y en ése caminar seguramente encontraremos a personas, distintas a nosotros, que también van haciendo su búsqueda de Dios.

Ciertamente el apostolado es algo muy bueno; el hablar de Dios a los demás es a lo que, como católicos estamos llamados, pero ¡qué respetuosos debemos ser con la espiritualidad de las personas; qué cuidadosos al observar su manera de relacionarse con Dios; que prudentes a la hora de externar nuestras opiniones sobre la espiritualidad de los demás!

[y es que] Nadie, absolutamente nadie, tiene el monopolio de la Salvación. La Salvación es de Dios, y de nadie más.

El Catecismo de la Iglesia Católica, siguiendo la enseñanza milenaria de la Iglesia nos recuerda que la Iglesia Católica es instrumento de salvación universal[3].

Durante mucho tiempo la frase de San Cipriano de Cartago afirmando que fuera de la Iglesia no hay salvación ha sido mal entendida[4], hay que comprenderla bien, comprenderla en el contexto en que fue escrita y de forma positiva, es decir, que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su Cuerpo. En otras y más sencillas palabras: quien se salve, dentro o fuera de la Iglesia, se salva por la gracia de Cristo y a través de su Iglesia.

Si aquellos que buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna[5].
Hay personas que afirman haber encontrado a Dios, pero que luego son intolerantes e hirientes con los demás, precisamente porque no comparten su misma espiritualidad.

El cáncer -¡quién lo duda!- de cualquier religión y de cualquier espiritualidad son sus fans, es decir, aquellos miembros que piensan que tienen la razón por encima de todo y que la fe ha de ser defendida a capa y espada, sin importar que la sangre llegue hasta los frenos de los caballos, como dice el libro del Apocalipsis[6]. Craso error. Grande error.

Que tengamos todos –y es así lo pedimos en ésta celebración Eucarística- la misma actitud de los magos: buscar a Dios hasta encontrarlo. Cada uno tiene su camino. Cada uno tiene su manera de relacionarse con su creador. Cada uno tiene su forma específica de construir su espiritualidad. Al Espíritu Santo no se le puede meter en un jaula y hacerle que trine cuando a uno le conviene, y con los sonsonetes que a uno le placen, sino que sopla donde quiere[7].

Que no se nos olvide: Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común[8].

[1] Cfr Mt 2, 1.
[2] Cfr Jn 14, 6.
[3] Constitución Lumen Gentium, n. 9. “La Iglesia es, en este mundo, el sacramento de la salvación, el signo y el instrumento de la comunión con Dios y entre los hombres” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 780).
[4] Conocido también como Cecilio Cipriano Tascio (c. 210 - 258), es uno de los primeros Padres de la Iglesia en Occidente; se lo consideraba caritativo, enérgico y prudente, y se le ha tenido en la Iglesia como ejemplo de buen pastor y fiel gobernante. Su amplia obra escrita siguió teniendo gran difusión después su muerte por martirio. Quien tenga tiempo para leer, recomendamos ampliamente el estupendo excursus de Ignacio Falgueras sobre el tema, que puede encontrarse en: www.theologoumena.com/articulos_ifs/El_otro_extremo.htm
[5] Lumen Gentium n. 16; Cfr. También Catecismo de la Iglesia Católica, n. 847. En resumidas cuentas, el dogma Extra Ecclesiam nulla salus ha de ser entendido conforme a como lo entiende la Santa Madre Iglesia, no según nuestras particulares opiniones. Y según la doctrina de la Iglesia, madurada a lo largo de los siglos, pero cimentada desde el principio en la enseñanza evangélica y apostólica, tal como se resume en el credo, ese dogma se refiere a la Iglesia universal, aquella que estará integrada por los creyentes de toda tribu, pueblo y nación, quienes sólo son conocidos ahora por Dios, y en contados casos (María Santísima y los santos canonizados) también por nosotros. Pero nadie puede formar parte de ella por iniciativa, mérito o conquista propia, sino por la gracia de Cristo salvador, creada por Él para nosotros en el árbol de la cruz. Precisamente por la ilimitada grandeza del escándalo de la cruz, o sea, de la victoria de Jesucristo sobre la muerte, la Iglesia universal no se reduce a la Iglesia visible, sino que incluye a todos cuantos crean en Él y le amen. Con todo, no es suficiente con creer y amar durante un tiempo, es preciso que el don de nuestro Señor sea aceptado de modo especial en el momento de la muerte, y justo entonces queda uno salvado para siempre. Igualmente, quienes no lo han conocido o no han creído en Él durante su vida pueden, si aceptan su gracia en el momento de la muerte, ser salvados por Él. Las gracias que recibimos los católicos en vida son verdaderos adelantos de la vida eterna en esta vida temporal, pero requieren la corona final de la muerte con Cristo. En cambio, fuera de la Iglesia católica, las gracias de Cristo recibidas son disposiciones para la conversión y la fe, y, en especial, las semillas de ésta dispersas por las religiones son sólo preparaciones que facilitan el recibir en vida, o al menos en el último instante, el anuncio del evangelio, porque el evangelio se anuncia también a los muertos . Gracias al don de la muerte del Señor, aun habiendo diferencias entre los que se salven, la justicia de Dios reinará junto a su misericordia sobre la entera historia humana, pues nadie morirá sin haber recibido el anuncio del evangelio ni se condenará más que por su resistencia a la gracia divina que se le ofrece.
[6] Cfr 14, 20.
[7] Jn 3, 8.
[8] 1Co 12, 4-7


Ilustración: Giotto di Bondone, La Epifanía (1320-25), óleo sobre madera, 45,1 x 43,8 cm, Metropolitan Museum of Art (New York).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris