II Domingo del Tiempo Ordinario

De entre las muchas cosas que el cristiano debe aprender con el paso de los años –además de lo que ha recogido y conservado la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio- está el distinguir con claridad entre lo fundamental y lo accidental, entre lo accesorio y lo esencial[1].

El evangelio de éste segundo domingo del Tiempo Ordinario narra el episodio en el que Juan Bautista señala claramente el camino de aquellos que lo seguían: Jesucristo.

Si cuando a lo largo de nuestra vida nos acercamos a comunidades parroquiales o instituciones de la iglesia que viven una espiritualidad o un carisma concretos, y vemos claramente y con rasgos muy definidos la persona de Jesucristo, buena señal. Si por el contrario tropezamos con personas, fundadores, constituciones o costumbres que van enfriando y difuminan la imagen del Señor, y al mismo tiempo hacen especialmente complicada la vida espiritual, es momento de corregir el rumbo y de emprender nuevamente el camino hacia Jesús, pero siguiendo otra ruta.

Dentro de algunos domingos escucharemos la misma voz del Señor que nos dice que es la Luz del mundo[2]. Hemos de tener en cuenta siempre que la luz es invisible, y que de hecho sólo vemos objetos iluminados, pero no la luz. Del mismo modo que no vemos a Dios, pero sí podemos ver objetos iluminados por el amor de Dios. Si afinásemos el oído, si supiéramos vivir en el silencio, si aprendiéramos a contemplar lo que nos rodea con la mirada de la trascendencia distinguiríamos esa Belleza que el Amor de Dios ilumina aquí y allá.

Sin esa trascendencia no queda nada entre las manos más que objetos con las fronteras muy limitadas, mil veces exploradas y conocidas…y ése regusto de no creer en nada, de pensar que el misterio que puede haber en la vida no es más que el resultado de una borrachera. Sin Dios la vida es un monumental desastre, es vivir sin sentido, sin rumbo.

Humanos, al fin, muchas veces negamos el misterio, y lo llamamos ilusión, porque pensamos que está en el objeto mismo (sea mujer, sea hombre, sea paisaje, sea poesía, sea música, sea institución, sea ideología, sea animal o cosa). Allí está el error: el misterio de nuestra belleza no termina y acaba en nosotros mismos ¡con qué frecuencia se nos olvida que somos criaturas, y que dependemos total y absolutamente de un creador. Del Creador! -con mayúscula- y que es Él y sólo Él quien da sentido a nuestra vida.

La más humilde nube atravesada por los rayos del sol se viste de colores de sueño y de infinito, nos recuerda nostalgias de imposible belleza. Después el sol se pone, y la nube no es más que una mancha oscura en el cielo. Es una nube en el sentido más vulgar de la palabra.

Y es verdad que sólo es una nube –somos una nube-, que aquello fue una ilusión…¡pero el resplandor del sol era verdadero!.

El secreto está en no dejarnos engañar e idolatrar los objetos iluminados por la Luz que los inunda…porque al término de nuestras decepciones llegaríamos a negar la Luz misma.

El secreto está en mirar hacia la persona de Jesucristo, y en caminar hacia Él, con los errores y caídas propios de nuestra condición humana –frágil y resbaladiza- pero contando, por encima de todo, con su grande ternura y su profunda misericordia.

Dirijamos éste domingo –con palabras del Cardenal Newman[3]- a la amable Luz, pidiéndole que nos ayude e ilumine en nuestro diario caminar para que sepas distinguir lo fundamental de lo accesorio, lo esencial de lo accidental, y que sepamos dar a las cosas su debida altura y profundidad.

Guía, Amable Luz, a través de la penumbra,
¡Guíame Tú!
La noche es oscura, estoy lejos de casa;
¡Guíame Tú!
Cuida mis pies; no pido ver
el horizonte a lo lejos –me basta un paso.

empre como ahora; no acostumbraba pedirte
que me guiaras;
siempre quise elegir y ver mi camino, pero ahora
¡Guíame Tú!
Amé los días relumbrantes, y por encima del miedo
el orgullo me podía: no recuerdes esos años.

Desde lejos tu poder me bendecía; de seguro
podrá guiarme ahora
por rastrojos y malezas, por pendientes y quebradas, hasta
que cese la noche.
Con la mañana sonríen aquellos Angeles
que yo había amado de lejos y que un tiempo había perdido
[4].


[1] Homilía pronunciada el 20.I.2008, II Domingo del Tiempo Ordinario, en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[2] Cfr Jn 8, 12.
[3] Una de las figuras más conocidas y queridas del catolicismo irlandés es la del Cardenal John Henry Newman (1801-1890). El motivo principal es, sin duda, que este hombre, grande por su palabra y sus letras, grande por su virtud y su honestidad intelectual, habiendo nacido anglicano se convirtió a la Iglesia Católica. Juan Pablo II celebró en su momento el segundo centenario del nacimiento de Newman, y en aquella ocasión escribió una breve carta de congratulación a Mons. Vincent Nichols, arzobispo de Birmingham. Con singular agudeza, el Papa destaca la particularidad de ese siglo XIX en que se desarrolló íntegra la vida de este autor y pastor de almas. En efecto, dice el Papa: “Newman nació en un tiempo agitado, que no sólo sufrió convulsiones políticas y militares, sino también espirituales. Las antiguas certezas se debilitaban, y los creyentes afrontaban, por una parte, la amenaza del racionalismo, y, por otra, la del fideísmo. El racionalismo implicaba un rechazo tanto de la autoridad como de la trascendencia, mientras que el fideísmo alejaba a la gente de los desafíos de la historia y de las tareas de este mundo, produciendo una dependencia deformada de la autoridad y de lo sobrenatural.“
[4] Hay una biografía del Card. Newman en: http://www.aciprensa.com/vejemplares/newman.htm, y el texto inglés de éste himno puede consultarse en: http://www.oremus.org/hymnal/l/l014.html, música incluida.

Ilustración: Caspar David Friedrich, Drifting Clouds (c. 1820), Oil on canvas, 18,3 x 24,5 cm, Kunsthalle, (Hamburg)

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris