El Bautismo del Señor

La primera de las lecturas que la liturgia propone para ésta fiesta del Bautismo del Señor recoge un texto del profeta Isaías adecuado para reflexionar sobre ésa actitud de paz y misericordia que tiene Dios con cada uno de sus hijos[1].

Hablando el otro día con un buen amigo, y saludándole como suelen hacer los hebreos –¡Shalom!- me contó que leyendo un libro teología bíblica hace ya muchos años, encontró que la palabra shalom originalmente significaba lo que un pastor sentía cuando contaba sus ovejas al atardecer y todas estaban ahí[2].

Durante muchos años, ciertas espiritualidades –sin duda movidas por una buena voluntad- han dedicado demasiado tiempo a reflexionar sobre el tema de los novísimos, es decir, sobre las cosas que sucederán al hombre al final de su vida, la muerte, el juicio, el destino eterno: el cielo o el infierno. Si bien es sano de vez en cuando reflexionar sobre esto, es infinitamente más saludable ir creciendo en una espiritualidad de amor y confianza en el Padre, en el Hijo y en Espíritu Santo, al fin y al cabo Dios es un Dios que no rompe la caña resquebrajada ni apaga la mecha que aún humea[3]. A cada uno de sus hijos brinda todas las oportunidades que hacen falta, y el reflexionar en esto llena el alma de paz, de confianza y de serenidad.

Para nadie es una novedad que en muchas personas se observan formas de rigorismo en el trato consigo mismos y en el trato con los demás. Este trato duro consigo mismo se da nada más cometer una falta y llegar el sentimiento de culpa. Muchos cristianos creen en la misericordia de Dios, pero ésta no influye nada en su vida, es entonces cuando vienen las peores autoinculpaciones. Reconciliarse con las propias faltas y debilidades, con las propias pasiones, llevarlas amistosamente en ves de gritarles y reprimirlas, es un proceso que dura toda la vida y que requiere mucha sabiduría –que viene de Dios, naturalmente- y una gran paciencia.

Una ascesis mal entendida puede hacer a una persona agresiva contra sí misma. La tradición occidental ha entendido el concepto griego de ascesis –de ejercicio, de entrenamiento para conseguir algunas destrezas, para progresar interiormente- de forma negativa, a saber, como mera mortificación. La misma palabra expresa ya agresividad: algo en nosotros ha de ser mortificado, eliminado, violentamente suprimido. Así, lo que se pretende con la ascesis es dominarse a sí mismo, ser dueño de todos los pensamientos, sentimientos y pasiones.

Muchos han concebido su ascesis como si se tratara de una alta competición, poniendo el listón cada vez más alto, para ser cada vez más dueños de sí mismos. Desgraciadamente, la ascesis es para muchos cristianos una especie de tiranía sobre las propias necesidades y deseos.

Decía Henry Bremont que el panascetismo es tan peligroso como el panhedonismo. Que renunciar sea siempre mejor que disfrutar no tiene nada que ver con el mensaje de Jesús. Nada. Pero igual de negativa es la postura que piensa que mi vida espiritual siempre me tiene que servir para algo, que siempre ha de tener sentimientos fantásticos.

El panhedonsimo puede presentarse con otros ropajes. Lamentándose, por ejemplo, de lo difícil que es todo. La postura ascética de los siglos pasados muchos la viven hoy dolorosamente: “No hay nada que hacer; así me han educado. Es todo muy difícil. No puedo cambiar de la noche a la mañana. No tengo más remedio que aceptarme como soy”. En esta postura dolorosa hay mucho de falta de esperanza y de ausencia de autoestima, de agresividad ante sí mismo, mientras que una ascesis auténtica adopta una actitud positiva –de lucha- frente a uno mismo.

La comprensión equivocada de la ascesis griega como mera mortificación ha causado mucha infelicidad en occidente. La ascesis mortificante ha perjudicado a menudo al hombre, porque le ha dado muchos consejos sin tener en cuenta su verdadera estructura espiritual.

La perversión de la ascesis en el cristianismo ha sido sobre todo por culpa de los perfeccionistas que han entendido mal las palabras de Jesús: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto[4]. Cuando el Señor afirma que hay que ser perfectos, quiere decir ser plenos, no indefectibles. El perfeccionista quiere parecerse a Dios más cada día, quisiera identificarse con Él. El perfeccionista se ha construido un sistema de presión que se manifiesta en exigencia de renuncia muy concretas y en un gran número de oraciones y de ritos, así los perfeccionistas se imponen la observancia de una serie de oraciones y de buenas obras tan rígida como pedante, cuyo cumplimiento es el objetivo de su vida. Este ritual somete al hombre, no lo libera, sino que cada día le infunde más terror, acrecienta poco a poco el número de ritos o al menos exige un cumplimiento cada vez más intenso.

Quien rechaza todo placer se vuelve insoportable y agresivo. La prohibición absoluta del placer esconde mucha agresividad, y es que el mundo para este tipo de personas es decididamente perverso, no podemos ponerlo a nuestro servicio, no podemos disfrutarlo. El hombre está ahí para ofrecer sacrificios, no para disfrutar ni para tener una vida hermosa.

A esta actitud condujo también una falsa inteligencia de la pasión de Jesús. Que el sufrimiento forma parte de la vida es evidente, pero no podemos ir por la vida solamente buscando el sufrimiento por el sufrimiento. Dios nos ha creado lo primero de todo para vivir, y su Hijo se encarnó para darnos la vida en plenitud[5]. Quien quiera vivir de verdad, tiene que estar también preparado para decir sí a lo que le crucifica, al sufrimiento que puede salirle al paso. Sin embargo, quien dice sí a su pasión, también puede disfrutar de la vida, pues no tiene por qué vivir siempre angustiado pensando que Dios puede quitarle alguna vez todo lo que tiene. Esta es una actitud típicamente pagana, tal como se presenta en la lucha de Polícrates[6].

La actitud cristiana debe ser la de una gran alegría por lo que Dios nos regala, por la capacidad de disfrutar que nos da, y también por ayudarnos a comprender que debemos imitarlo en su sufrimiento. Ni más Tabor ni menos Calvario, ni viceversa. En los dos montes el Señor es el mismo: perfecto Dios y perfecto Hombre, en algunos momentos toca acompañarlo en su gloria, y bendito sea; en otros [momentos] toca acompañarlo en su pasión y muerte. Y bendito sea también.

[1] Homilía pronunciada el 13.I.2008, en la fiesta del Bautismo del Señor, en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[2] ¡muchas gracias, querido amigo Miguel, por tan enriquecedor comentario!
[3] Cfr Is 42, 1-4.6-7.
[4] Mt. 5, 48
[5] Cfr Jn 10, 10.
[6] Polícrates tiene la sensación de que nunca podrá ser feliz, de que tras la felicidad viene necesariamente la infelicidad. Por eso no puede alegrarse con su felicidad

Ilustración: Jacob de Wit, Baptism of Christ in the Jordan (1716), Chalk and pen drawing, 260 x 180 mm, Amstelkring Museum (Amsterdam).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris